Las colecciones de nuestro Museo Nacional del Prado, son objeto de la apetencia de los amigos de lo ajeno, lo que ha llevado (y lleva a sus encargados) a una constante vigilancia de los tesoros allí depositados, vigilancia que normalmente resulta eficaz pero que en alguna ocasión los amigos de lo ajeno han ganado la partida con mejor o peor suerte.
Entre las colecciones que guarda el Museo Nacional del Prado se encuentra la muy espectacular colección de joyas conocida como “El Tesoro del Delfín”, llamada así por ser un regalo que hizo Luis XIV de Francia al Gran Delfín Luis, padre éste que fue del rey Felipe V (1) , llegando a España el tesoro, a la muerte del Delfín (acaecida en 1712), como herencia paterna recibida por el referido primer rey Borbón de España; de dichas joyas se hicieron dos grupos o lotes, uno de los cuales se conserva en el Museo del Louvre, de París, y el otro, o lo que queda de él, que es la mayor parte, está en el Museo Nacional del Prado.
La parte de alhajas que vino a España las conservó mucho tiempo el pintor D. Domingo Sauni, Conserje y aposentador del Palacio y Sitio Real de San Ildefonso, y en el reinado de Carlos III, sin duda, como estaban pasadas de moda, y de ellas no se hacía uso ni se estimaba su mérito, se destinaron por Real Orden de 1 de Septiembre de 1775, al Gabinete de Historia Natural, y allí estuvieron hasta 1813, año en que se las llevaron los franceses a París, sin tener el cuidado de embalarlas, siendo restituidas en 1815 y depositadas nuevamente en el mencionado Gabinete hasta que se llevaron al Museo (2) .
El 14 de Agosto de 1839 se entregan al director del Museo, D. José Madrazo, procediendo a limpiarse y componerse en 1866, sin poner ni quitar piedra alguna, y al año siguiente se colocan en dos escaparates ochavados, en forma de linterna –proyecto de D. Juan de Madrazo–, en la galería central del Museo; dichos escaparates o vitrinas tienen unos dos metros de altura, y están guarnecidas de cristales, con sólidos marcos que se cierran herméticamente por fuertes y complicadas cerraduras de muy difícil fractura.
En uno de los escaparates, se colocaron las piezas de orfebrería de mesa y tocados, primorosamente labradas en el siglo XVI, eran 78 de los 86 objetos inventariados en tiempo de Carlos III.
En el otro se colocaron los vasos de cristal de roca, de bellas formas que, en opinión de D. Pedro de Madrazo, solo podían ser de Valerio Vicantino, los Misseronis o Sarrachis, en este escaparate se exhibían 47 piezas.
Con fecha 20 de Septiembre de 1918, por Don José Garnelo, subdirector entonces del Museo del Prado, se presenta denuncia sobre un importante robo en el Museo del Prado, manifestando que se echaron en falta 16 ánforas y varias copas de cristal de Bohemia, y que los objetos que quedaban se habían recolocado en el escaparate convenientemente espaciados para que no se advirtiese por los encargados de la su custodia la sustracción realizada, haciendo notar que los objetos robados eran de incalculable valor, no solo intrínseco, sino también artístico e histórico.
No se sabía cuando pudo haberse cometido el robo, pero se había llevado a cabo con tal habilidad, que la vitrina no había sido desvalijada por completo, dado que solo habían desaparecido de ella las joyas mas valiosas, lo que demostraba que el ladrón o ladrones sabían del mayor y menor valor artístico de los objetos que allí se encontraban, y dado que de algunos objetos dejados se habían llevado basamentos y pedrería, dejando allí lo demás, se podía pensar que el robo se había cometido en un largo lapso de tiempo o en varias etapas; por otro lado la puerta de la vitrina tenía descorrido el pestillo de la cerradura, en la que no aparecía fractura de ningún tipo, por lo que igualmente se pensaba que los ladrones se habían tenido que valer de una llave falsa, pues la llave de la de la vitrina asaltada, como todas las del museo, estaba depositada en la caja de caudales de aquel Centro, cuya custodia corría a cargo del director del Museo, Sr. Villegas.
Según la declaración del referido D. José Garnelo, descubrió el robo el día de la denuncia, a eso de las once y media de la mañana, pues al pasar por el salón grande del edificio, fijó por casualidad la vista en una de tales vitrinas, y advirtió la falta de un camafeo; alarmado ante la desaparición del valioso objeto artístico, llamó inmediatamente al conserje, D. José García, para que le llevase las llaves que cierran la vitrina, y que se hallaba depositada en la caja de caudales del Museo; una vez poder del Señor Garnelo la llave, fue introducida la misma en la cerradura de la vitrina, y observó que ésta se encontraba abierta y que faltaban otros diversos objetos artísticos de valor considerable, ordenando en ese momento que se cerraran las puertas del Museo, procediendo a desplazarse desplazo hasta el Juzgado interponiendo la correspondiente denuncia.
El Juez de guardia, que lo era el del Distrito de la Inclusa, se trasladó inmediatamente al Mueso, previo avisar por teléfono al jefe de la brigada de Investigación criminal, acudiendo al Museo el inspector de policía Sr. Fernández Luna, que procedió inmediatamente a un minucioso registro del museo sin obtener resultado alguno; se detuvo a los treinta y ocho visitantes que en el momento de descubrirse el robo se encontraban en el museo y que no habían podido salir por haberse cerrado las puertas del museo, y por el referido inspector se procedió a interrogar a los mismos y a los empleados del museo, en tanto por otro lado se observaron en los cristales y en algunas de las joyas que no habían sido robadas, huellas de varios dedos y de una mano, si bien con tales datos no era posible en aquel momento concretar ninguna acusación, procediéndose a sellar la vitrina, y se dieron ordenes para que nadie, ni siquiera los empleados, se acercase a ella.
La prensa de la época se lanza a obtener las versiones de los empleados del Museo sobre quien y como había podido ser el autor o autores del robo (aun se dudaba de si habría sido uno o varios), así surgen versiones sobre las sospechas que tenían algunos empleados de ser un ciudadano alemán que unos dos meses antes se dedicaba, durante largas horas de la tarde y de la mañana, a sacar reproducciones de las ánforas desaparecidas, y también algún empleado supone que el robo no se ha cometido de un solo golpe, sino que sus autores han ido en distintos días, y poco a poco, haciendo desaparecer los objetos que faltan.
También se publica que unas pocas semanas antes un empleado manifestó al conserje que le parecía faltaban algunos objetos de la vitrina, y que este le dijo que era imposible, porque se revisaban casi todos los días.
Lo que aparecía fuera de toda duda era que el ladrón o ladrones conocían el valor de los objetos robados, lo que se resultaba obvio por haber aparecido desmontada un ánfora, cuyo pie estaba incrustado de brillantes y piedras preciosas, y que dado que el pie podía separarse del resto del ánfora, por estar atornillado, el ladrón lo destornilló y se lo llevó, dejando las otras piezas, que, aunque siendo de oro finísimo, no tenían tanto valor.
El conserje del museo, Don José García, antes pocero especialista, declaró a la prensa que no podía explicarse como se pudo realizar el robo, siendo tal la vigilancia existente día y noche que, de no haber ocurrido tal robo, consideraba imposible tal sustracción; que durante el día, cada sala tiene su correspondiente celador, cuya única misión es vigilar cuanto en ella existe. Que por la noche, antes de marcharse los celadores, se cierran todas las puertas y ventanas, y después el conserje y otro empleado van cerrando con llave todas las ventanas que dan al exterior del edificio, retirándose los celadores de día una vez que los vigilantes de noche han ocupado sus puestos, iniciando la vigilancia y recorrido por las diferentes salas, y que cada diez minutos tienen que introducir una llave en los relojes de seguridad, y siendo el tiempo escaso apenas si les queda el suficiente para ir de extremo en extremo de las salas para cumplir su misión, por lo que la inspección es continua.
Por otro lado que la fractura de ventanas que dan al exterior también se hace imposible, porque puertas y ventanas tienen timbre de seguridad, que suena en la casa del conserje, y que debajo de la casa de éste está el cuartelillo de la Guardia Civil, que vigila la parte exterior del edificio, que impide a toda persona que se acerque a las paredes murales del Museo.
De los escaparates o vitrinas, y de las alhajas que contenían hace la siguiente descripción: “En el escaparate que mira hacia la entrada están los objetos de orfebrería, propiamente dicha, en que se comprenden vasos, tazas, copas y copones, cofrecillos y otros recipientes en forma de tibores, perfumadores, pomos, salvillas, jarros, urnas, saleros, vinagreras, fuentes, bandejillas, conchas, platillos, barcos y huevos, ya de diáspero sanguíneo, ya de amatista o jaspe oriental, o lápiz lazuli, o ágata o jade, etc. y con preciosas guarniciones de oro y plata, cinceladas o esmaltadas, y figurando bichas, amores, sierpes y demás seres animados, con incrustaciones, ora de pedrería fina, ora de camafeos y piedras grabadas.
Algunos de estos objetos parecen primorosos ejemplares del arte de Benvenuto Cellini, de Cardosso y de Firenzuela. Acaso otros provienen del celebrado tesoro de Francisco I y Enrique II de Francia, y salieron de los talleres de aquellos famosos plateros de París, Nicolás Maiel, Guillermo Castillón y Luis Benoist. Hay en este escaparate 71 objetos: 32 en el anden inferior, 27 en el medio y 12 en el superior. En el otro escaparate, que mira al final de la galería, están las alhajas o vasos de cristal de roca, entre cuyas elegantes formas se divisan el barro, el carro, la taza, el ave, el delfín, la sierpe, el perfumador, el jarro, el canastillo, el cáliz, la bandeja, el frasco, la salvilla, el azafate y la flamenquilla.
Las roturas y desperfectos que en estas alhajas se advierten, están consignadas en el inventario bajo el cual fueron entregados, en 14 de Agosto de 1839, al director de este Museo, D. José de Madrazo, y provienen de la mala manera en que fueron llevadas a Francia en 1813, dejando sus estuches en Madrid”.
Días después se descubre que también faltan algunos objetos de la otra vitrina, que hasta ese momento se consideraba intacta, objetos que también pertenecían al tesoro del Delfín. Y se da cuenta de un detalle que demostraba claramente que entre los autores del robo había alguno gran conocedor de las joyas artísticas que formaban el “Tesoro del Delfín”, pues los pies de los objetos robados todos son de oro, y en cambio, no se han llevado ninguna de las que eran de metal o plata sobredorada.
Pocos días después el diario “LA ÉPOCA” del miércoles 25 de Septiembre de 1918, informa que “a las tres y media de la madrugada fue detenido e incomunicado en un calabozo de la Dirección un joven llamado Pedro Viallar, que esta empleado en una Compañía de seguros” y que asimismo se habrían producido otras detenciones, y que agentes de policía realizaron también determinados registros, durante la noche, en dos casas de la calle del Espíritu Santo, recuperándose parte de un adorno de uno de los jarrones”.
El jueves 26 de Septiembre de 1918, “EL PAIS, DIARIO REPUBLICANO”, informa de lo siguiente: “Un anticuario de la calle Ancha de San Bernardo, hace pocos días supo que dos amigos suyos, que se dedican a la compra y venta de antigüedades y objetos artísticos, recibieron la visita de unos sujetos desconocidos que les propusieron la venta de unas copas que les llamaron extraordinariamente la atención.
Los dos amigos del anticuario no quisieron comprar aquellos objetos en firme, y se limitaron a entregar al vendedor un recibo reservándose el examinarlos detenidamente”.
También se informa que “además dichas copas poseían algunas esmeraldas, que se comprobó procedían también del Museo del Prado”, y que los objetos hallados correspondían a los que estaban en la segunda vitrina recogiéndose fragmentos de lo robado, por lo que parecía que hubiera realizado el robo solo estaba interesado por el valor de las joyas y no por el valor artístico de la pieza en su conjunto, y que por eso estaban deshaciendo los objetos para arrancarles el oro, la plata y las piedras preciosas.
En definitiva se empieza a pensar en que el robo era de una gran vulgaridad y que había sido realizado por rateros de poca monta, así en la revista Hispano Americana Cervantes de Octubre de 1918 se dice:
“La misma vulgaridad del robo ha sido causa del ridículo que sobre España ha caído, demostrando al mundo entero la incompetencia con que aquí tratamos las cuestiones de arte; incompetencia que ha hecho posible que un ratero despreciable destroce objetos preciadísimos que eran una de las galas de nuestro simpar Museo”, diciendo mas adelante el periodista que no se explicaba como a estas fechas aún no han presentado la dimisión de sus cargos el Director y el Subdirector de la Pinacoteca.
El Sr. Lázaro Galdiano (patrono del Museo), que presentó su dimisión a tal cargo, en dos conferencias que dio en el Ateneo a raíz de ser descubierto el robo, expuso suficientes argumentos y razones para que cualquier ministro hubiese mandado a sus casas, y con la condición de que de ellas no se moviesen en todo lo que les restase de vida, a esos hombres que son los principales causantes de que el Museo del Prado haya perdido para siempre objetos de incalculable valor artístico e histórico.
Por fin “Nuevo Mundo” del 4 de Octubre de 1918, informa de lo siguiente: “Descubriose al fin quienes eran los autores materiales del estúpido robo del Museo del Prado; tan estúpido, que ha podido descubrirse porque uno de ellos fue a vender los objetos robados a un platero que le conocía, que había vivido con él en una casa de huéspedes y sabía todas las andanzas sospechosas de su mala vida. Pero si están, ya empapelados los autores materiales –unos guardas mal guardados, unos vigilantes mal vigilados–, quedan sueltos, libres e irresponsables, los autores morales del hecho. Lázaro Galdiano –a quien tanto debe la cultura española, desde que hace treinta años fundara La España Moderna y editara centenares de obras europeas, aquí desconocidas– ha expuesto en el Ateneo el cuadro espantable de la ignorancia oficial, de la desidia, del abandono y de la ineptitud de los gobernantes y los burócratas. En cualquier país donde la opinión tuviese un poco de sensibilidad, los discursos de Lázaro Galdiano y sus acusaciones serían a estas horas un affaire, un escándalo nacional. Un escritor meritísimo, Antonio G. de Linares, clama desde La Iberia, indignado y airado, porque nadie se indigna ni se aíra. Tal es la realidad. La opinión padece una mortal desesperanza. Sabe, por reiterados sucesos y sucesivas experiencias, que no pueden nada sus iras contra la confabulación del favor político y de la influencia, y no quiere tomarse la inútil molestia de indignarse. La opinión sabe que hay dos Españas, una la que está por encima de la Justicia y de la Ley; una que está exenta de toda suerte de responsabilidades; una que es inmune; una que es duchillo en el tajo del presupuesto, del poder público, del Parlamento, y contra la que no prevalecerá ninguna petición de justicia.
“El Imparcial” del martes 15 de Octubre de 1918, informa de la captura de Rafael Coba, delito en que, no obstante lo mucho que se ha sabido y las distintas manifestaciones descubiertas, están aun por esclarecer muchos detalles, no exentos de interés.
La detención se hizo en La Carolina (Jaén), que el detenido había sido guarda del Museo, y que durante el viaje a Madrid confesó a los policías que le acompañaban algo de lo que hacía con los artísticos objetos sustraído, sigue diciendo el diario:
“Rafael Coba, se encerraba en su domicilio de la calle de San Vicente, cogía el objeto, y a punta de navaja le quitaba todas las guarniciones y adornos de oro y piedras preciosas y luego, ya de madrugada, cuando por las calles de la villa apenas circulaban transeúntes, salía de su casa, y con grandes precauciones para evitar cualquier sorpresa desagradable, se dirigía a la Corredera de San Pablo, y por una boca de alcantarilla situada a espaldas del edificio donde está instalado el Tribunal de Cuentas, arrojaba los restos de vasos, jarrones, ánforas y copas que constituía “El Tesoro del Delfín”.
El ladrón utilizaba también la boca de alcantarilla que hay en la calle de la Puebla, esquina al Refugio, por donde también arrojó objetos en diferentes ocasiones. Por este procedimiento, Rafael Coba ha destrozado un verdadero tesoro artístico, que ha ido a parar a las alcantarillas matritenses.
En cuanto a la venta de adornos de oro y piedras preciosas y camafeos, se asegura que Coba ha entregado a la Policía una lista completa de los establecimientos donde vendió los objetos robados, y dicha policía ha comenzado a trabajar, y no tendría nada de extraño que algún platero que negó haber comprado camafeos sufriese algún disgusto por su falta de memoria”.
“La Época” del jueves 15 de Octubre de 1918, reproduce una carta del padre de Rafael Coba, en la que dice “que solo se propone disminuir, valiéndose de la verdad, el novelesco éxito policiaco con que la prensa madrileña ha encomiado la presentación de su hijo, y cuenta que él –Juan Coba–, con sus otros hijos, Juan y Francisco, celebró un “consejo de familia”, en el que adoptaron la determinación de presentar a Rafael a las autoridades, lo que tenían la seguridad de poder verificar, porque Rafael se había amparado en su hermano Francisco”, finalizando la carta con la narración del encuentro casual de Francisco con los policías Sres.…