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El Cementerio Civil de Madrid
Santiago Giménez Roldán
Neurólogo
Asociación Cultural Amigos del Foro de Madrid
Paseaba de la mano de mis padres, uno de los recuerdos remotos de mi infancia, carretera de Vicalvaro abajo. Frente al interminable tapial de La Almudena, un portón herrumbroso, y sobre él un letrero emborronado. Los escuché comentar en voz queda: “Es que solo lo abren para los diplomáticos”. Tardaría muchos años en comprender que allí también estaban los innombrables, heterodoxos de la doctrina oficial, muchos de ellos hombres de ciencia y también magníficos españoles [1 ]. He vuelto a pasear con melancólica tristeza entre sus tumbas, algunas quebradas ya por el tiempo y el olvido (fig. 1).
Fig 1.Entrada al Cementerio Civil de Madrid, frente al enorme tapial de La Almudena, hoy Avenida de Daroca. A unos pasos, el Crematorio.En elarco de la entrada podía leerse tras la Guerra Civil “Cementerio Municipal”, hoy ilegible. Iglesias como tumbas
Pasar a la eternidad en proximidad de las reliquias de mártires y santos podría traer beneficios, al igual que las misas y plegarias de los vivos, acortar quizás al paso por el Purgatorio. No fue otro el origen de los enterramientos en el interior de las iglesias o en su proximidad (no sólo en España: en el Reino Unido es común encontrar aún viejos cementerios a la entrada de los templos, incluso en el centro de las ciudades). Y cuanto más cerca del presbiterio, mejor. Derechos y estipendios marcarán inevitablemente estratos sociales. No todos alcanzarían a costeárselo: será origen del dicho “no tener donde caerse muerto”. Sus cuerpos vendrían a ocupar los patios de hospitales de misericordia, aliviados de tanto en tanto por lo que se denominaban “mondas”, un término que hoy se nos antojaría como humor negro. No ha sido raro en nuestros días que obras de cimentación sacaran a la luz viejos osarios. Ha sido el caso en el actual Parlamento de Andalucía, que funcionó como hospital hasta 1972 o, sin ir más lejos, en las obras del aparcamiento frente al antiguo Hospital General de Madrid, hoy Museo Reina Sofía.
Pero el enterramiento en las iglesias origina preocupantes problemas de espacio y de salubridad. En el reinado de Carlos III (1787) se hacen recomendaciones para retornar a los antiguos cementerios alejados de las poblaciones, una propuesta por lo demás bien acogida por el Cardenal Primado de Toledo. Con todo, el gran arraigo social y religioso de los enterramientos en el interior de las iglesias dificultará que la recomendación y sus buenas razones sean llevadas a la práctica. Seguramente con métodos más eclécticos, el afán modernizador de José I Bonaparte, el “rey usurpador”, vino a imponerlos durante su corto reinado.
Fue así, junto a la Puerta de Fuencarral, en 1809, cuando e se inauguró formalmente el primer cementerio de Madrid fuera del ámbito físico de las iglesias. Un año más tarde le seguiría otro en las proximidades de la Puerta de Toledo. Promovida por sus cofrades la Sacramental de San Isidro surgió poco después [2 ]. Tardó tiempo en entrar la idea en la población, pero las grandes epidemias de cólera en nuestro país (1855 y 1865) acabarán convenciendo de las razones higienistas de los cementerios construidos lejos de la población, tal y como los conocemos hoy día.
Quedaría por resolver un grave conflicto, nada menos que definir a quien correspondía su propiedad, si a la Iglesia – tal como venía siéndolo en la práctica- o a los ayuntamientos locales.
“El corralillo”, prolegómeno de los cementerios civiles
El “corralillo”, término “entre cínico y burlón”, infame lugar al que se condenaba a apostatas o suicidas así como recién nacidos que no alcanzaron recibir un Bautismo “de necesidad”, el que todo cristiano puede imponer de apremiar un inminente peligro de muerte para el recién nacido [3]. La lista de los condenados sería ampliada con los años. Una ley canónica promulgada por Benedicto XV añadía como indignos de recibir sepultura eclesiástica “los cuerpos de quienes hubieran contraído únicamente matrimonio civil o vivieran manifiestamente amancebados”. Más tarde, en 1869, las censuras establecidas por Pio IX incluían, además, “a todos y cada uno de los que sean heréticos, apostatas o que propugnen la herejía o lean libros prohibidos y los que los retienen”. Cualquier lugar en el campo, cubierto con algunas piedras para evitar que escarbaran los perros, podría valer para los excluidos.
Sería tras la Vicalvarada, el pronunciamiento militar que llevó al bienio progresista (1854-1856) durante el reinado de Isabel II. Un decreto del 29 de abril de 1855 establecía que, en toda población con más de 600 habitantes, habría un lugar en el cementerio en el que confinar a los excluidos de recibir sepultura “en sagrado”. Sería, en la práctica, un rincón de la infamia; un tapial establecería una ostensible separación entre ambos. Convertidos en eriales y basureros, contrastarán estos despreciables rincones con la profusa ornamentación floral de nuestros camposantos, un sitio maldito al que se avergonzaría de visitar familiar alguno.
En muchos pueblos de nuestra geografía todavía pueden verse vestigios de rincones delimitados por una valla semiderruida y abrumada cardos y zarzales.
Un lugar en el Cementerio General del Sur de Madrid
Para sorpresa y escándalo de la sociedad más conservadora, estos lugares malditos comenzarán a ser también solicitados por racionalistas convencidos de lo que la ciencia demostraba con ostensible evidencia. No lo solicitarían, como podría suponerse, personas significadas por posturas abiertamente, anticlericales: también exigirán una tumba laica republicanos, librepensadores y, como tragedia personal, cristianos que se sentían contrarios a los inflexibles dogmas de la Iglesia Católica.
Tras “La Septembrina” de 1868, fue acotado en el Cementerio General del Sur, en Madrid, un espacio para quienes explícitamente hubieran solicitado un enterramiento laico (el Cementerio del Este tardaría aún años en levantarse). Sería, por así decir, el primer cementerio civil formalmente establecido distinto de los infamantes “corralillos”. Separado, eso sí, por gruesa pared que les alejara del lugar que acogía, unos metros más allá, otros menos inconformes con la norma oficial. Serán los seguidores de la doctrina krausista (tolerancia y libertad de cátedra frente al dogmatismo) como Julián Sanz del Río (1814-1869) , el primero en ser así enterrado fuera del tutelaje de la Iglesia, quienes aceptarán con más entusiasmo la idea del Cementerio Civil de Madrid. Fue el drama de muchos clérigos de la época, como el franciscano descalzo, más tarde entregado krausista, Fernando De Castro (1814-1917), alejando paulatinamente de la Iglesia Católica, incapaz de reconciliar los dogmas cristianos con las nuevas evidencias ofrecidas por la ciencia. Sus publicaciones, tenidas por heterodoxas, fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos. Como muchos krausistas, vivió angustiado el problema religioso hasta sus últimos días suspiros. Siguió celebrando Misa y pidió ser enterrado vistiendo su sotana (fig. 2).
Fig 2. Cementerio Civil de Madrid.Lápida que cubre los restos de don Fernando de Castro (814-1874) . Franciscano descalzo y krausista convencido, sus obras fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos. El escritor Jiménez Lozano relata cómo siguió celebrando Misa y pidió ser enterrado con sus hábitos eclesiales.
El cementerio municipal de Madrid
“La Septembrina” de 1868 no sólo significó el exilio de la reina Isabel I. Un decreto del 17 de noviembre de ese mismo año autorizaba la creación de un “cementerio municipal” en Madrid. Se argumentaba su necesidad en base a “los frecuentes conflictos en épocas de intolerancia y exclusivismo”. En adelante, pues, serán los Ayuntamientos quienes ostenten la propiedad y administración de los cementerios, de todos ellos. Como se preveía, será motivo de reiteradas confrontaciones. Lo considerará la Iglesia un expolio tan grave como la desamortización, acusando a los Ayuntamientos de haber inventado un lucrativo negocio; estos, ofreciendo razones de higiene y de libertad de culto. Localidades hubo en las que, eclécticamente y para obviar conflictos de última hora, se fabricaron dos llaves para entrar en el cementerio de la villa, una para el cura párroco, la otra en manos del alcalde.
Apenas instaurada la Restauración borbónica, en 1877, el alcalde de Madrid don José Abascal propuso la creación en los desmontes de La Elipa la Necrópolis del Este bajo la invocación de Nuestra Señora de la Almudena (los madrileños lo simplificarían luego como “La Almudena”). Se preservó un espacio, considerablemente reducido hasta 1975, destinado a cementerio civil. Ambos iniciaron sus funciones casi simultáneamente, en 1884. Significativo con respecto a los criterios para rechazar enterramientos en La Almudena fue su primera inhumación. Se llamaba Maravillas Leal Martínez, tenía tan sólo veinte años y se había suicidado. Entre los restos que fueron trasladándose en años sucesivos están tres de los cuatro presidentes de la primera república española. El cementerio civil ha expandido enormemente sus terrenos tras el advenimiento de nuestro actual sistema democrático, no sólo por razones políticas sino por acoger a numerosos residentes en nuestra ciudad confesos de otras religiones.
Las infamantes tapias de los cementerios municipales, los viejos “corralitos”, han sido levantadas y derribadas una y otra vez con los traumáticos vaivenes del péndulo de nuestra reciente Historia. Memoria demasiado viva para hacer necesaria su reiteración [4].
Símbolos y epitafios
La visita al Cementerio Civil de Madrid, bordeando viejas lápidas en las que el tiempo ha dejado pátina de verdín y desleído postreros mensajes, es una lección de historia y de tolerancia. Igualados por la muerte, se ofrece una variopinta exhibición de hoces y martillos, el triangulo y la plomada masónicos, palomas de la paz, candelabros judaicos, en fin. Cruces cristianas también, muchísimas cruces (figs. 3-8).

Fig 3.Con gran diferencia, el símbolo que predomina en el Cementerio Civil de Madrid es la cruz deJesucristo.

Fig 4. Cementerio Civil de Madrid.Los símbolos masónicos -plomada, compás y escuadra- encabezan esta curiosa lápida costeada por la Sociedad de Albañiles “El Trabajo”.

Fig 5.El candelabro de siete brazos(“Menorá” ) es el símbolo más antiguo del judaísmo.En la Torá se mencionala existencia de un candelabro en oro en elinterior del tabernáculo. Se supone que representa a la vida.

Fig 6. Cementerio Civil de Madrid. Mausoleo erigido en 1891a labogado y presidente de laPrimera República Españoladon Estanislao Figueras y Moragas(Barcelona, 1819; Madrid, 1882). El Partido Republicano Democrático Federal (“Partido Federal”) tuvo una amplia representación parlamentaria de regiones de lengua catalana. Fue creado tras la Revolución de 1868.
Fig 7. Cementerio Civil de Madrid. No abundan los emblemas de partidos políticos como el que aquí se muestra.

Fig 8.Como en los cementerios católicos, abundan también aquí el símbolo de la Paloma de la Paz.
Son también diversas las leyendas emborronadas por lluvias y soles de años, epitafios en los que se pretendía, en un gesto postrero, resumir en una frase convicciones y dudas. Filosóficas algunas, retadoras las menos. “Nada hay después de la muerte”, proclama una. “La conciencia pura, recta y sencilla es la única gloria de los hombres”, dice otra. Pequeños túmulos, sin símbolo ni nombre, permiten que cada cual imagine su mejor lema para ellas. También lenguas extranjeras, exóticas algunas (figs. 9 y 10)

Fig 9. Un epitafio en caracteres orientales.Además de latinos, pueden encontrarse lápidas inscritas concaracteres cirílicos, hebreos yárabes.

Fig 10.En el Cementerio Civil abundan también epitafios en muy diversas lenguas y caracteres. Esta en inglés dice “Ven hacia Mi, y Yo te daré el descanso”.
La leyenda sepulcral sobre el pequeño mausoleo de don Nicolás Salmerón, tan repetida, reza así:
Por la elevación de su pensamiento
Por la rectitud inflexible de su espíritu
Por la noble dignidad de su vida
“Dio honor y gloria a su país y a la Humanidad “(Clemenceau)
Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte
Tres médicos en el Cementerio Civil
Los anaqueles de las bibliotecas personales de médicos y boticarios del siglo XIX abundaban en obras de Víctor Hugo, Darwin y Renan. La detección perspicaz del signo físico, el tajo preciso del bisturí, la mente lúcida `para comprender la pócima capaz de atenuar tal o cual otro síntoma, había convertido a muchos médicos y boticarios en librepensadores que abrazaron la buena nueva de las ideas positivistas y la evolución, lejos de improbables y arcaicos aforismos. No siempre su ideología fue exactamente coincidente. Valgan por ello aquí breves pinceladas de tres médicos, significativos todos ellos en nuestra Historia, pero por diferentes razones: un masón, como Luis Simarro Lacabra; uno de los fundadores del Partido Socialista Obrero Español, como Jaime Vera y, finalmente, la de Pío Baroja, furibundo anticlericalista y ateo confeso.
El lema vital de Luis Simarro Lacabra (1851-1921) fue “Libertad y Justicia”. De cultura portentosa –el legado de su biblioteca, hoy Fundación Simarro, representa un auténtico tesoro-, la vida de este médico de poliédricos intereses fue de lucha constante contra la intolerancia religiosa, el caciquismo y la pena de muerte. Se le considera fundador de la Psicología Experimental en España, la primera cátedra de esta materia que hubo en nuestro país. Un hecho transcendental fue proporcionar a Ramón y Cajal el método para teñir las células nerviosas mediante el cromato de plata que habría aprendido en Paris, un punto de partida fundamental en Neurobiología. Defensor radical de cementerios fuera del control de la Iglesia Católica y Gran Maestre de la Masonería Española, no es de extrañar que sus restos reposen en el Cementerio Civil de Madrid [5] (fig. 11).

Fig 11.Lápida mortuoria de Luis Simarro Lacabra en el Cementerio Civil de Madrid. Como reza el epitafio, su cátedra de Psicología Experimental fue adscrita, sin duda con poca lógica, a la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid (foto del autor). La lápida actual (2010), unos 30 años después, aparece visiblemente más deteriorada y casi ilegible
Es conocido que el Partido Socialista Obrero Español fue fundado por médicos y tipógrafos, Pablo Iglesias empleado en una imprenta de la calle del Limón y el salmantino Jaime Vera López (1859-1918), neuropsiquiatra del Hospital General de Madrid, entre otros (fig. 12). Su padre, amigo personal de Pi y Margall, le dio una educación basada en los principios krausistas. Al margen de su ideario político, Jaime Vera fue un médico dedicado y bondadoso; don Gregorio Marañón le recuerda cuando, ya muy anciano y casi ciego, seguían sus enfermos solicitando verle, siquiera fuera por escuchar sus palabras de consuelo y sus ponderados consejos [6]. La necrológica publicada por Blanco y Negro el 25 de agosto de 1818 se refiere a él como un intelectual, más estudioso que hombre de acción, capaz de mantener una conversación en latín y excelente clínico en el campo de las enfermedades nerviosas y mentales

Fig 12.Una lápida recuerda al doctor Jaime Vera en un colegio de la calleBravo Murillo de Madrid (foto del autor).Aunque endistintos grabadoslo representan con “txapela”, eledoctor Vera era salmantino.
El 31 de octubre de 1956 la prensa da noticia del fallecimiento de don Pio Baroja, médico rural en algún momento de su vida [7 ] (fig. 13). Ateo confeso y solterón de paseo solitario por las frondas del Ángel Caído, se relata cómo su féretro fue sacado a hombros por Camino José Cela y Ernerst Hemingway desde su piso de la calle Ruíz de Alarcón. Su deteriorada salud no superó una fractura del cuello del fémur. Una foto en la prensa del día siguiente muestra un reducido grupo de personas agrupadas junto a su tumba, pero se soslaya toda referencia al cementerio en el que transcurría la ceremonia. Se silencian también las presiones que su sobrino Julio Caro Baroja hubo de soportar, la única familia que, junto a su hermano Pío, le quedaba al novelista. Se pretendía soslayar con ello que se cumpliera la voluntad de don Pío, un tanto “comecuras” y cascarrabias, de ser enterrado en el Cementerio Civil, su última rebeldía. Debieron de transcurrir años para que se conociese la verdad [8].

Fig 13.Don Pió escribiendo ensu modesta mesa de trabajo, con su inseparable boina,enfundado en grueso gabán
Advertirá el paciente lector que se ha omitido toda referencia a políticos allí enterrados. No es este el lugar. Pero hay una anécdota –tendría muchas que contar- que quiero reseñar. No era verdad, como escuché decir a mis padres como recuerdo remoto de mi niñez, que el Cementerio Civil de Madrid sólo se abriera cuando fallecía un extranjero. Sobre la tumba de Pablo Iglesias siempre hubo flores frescas. Nunca se ha sabido de quien era la mano ni el modo por el que entraba.
Bibliografía
1. Menéndez Pelayo M. Heterodoxia en el siglo XIX. En: Historia de los heterodoxos españoles. Edición nacional de las obras completas de Menéndez Pelayo, vol. 41. Editor, E. Sánchez Reyes. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1948.
2. Martínez Sanz JL. El origen de los cementerios en Madrid. En: Madrid en la Sociedad del siglo XIX, vol. 2. Comunidad de Madrid, Consejería de Cultura 1986: 485-498.
3. Jiménez Lozano JJ. Los destinatarios del corralillo o la negación de sepultura eclesiástica. En: Los cementerios civiles y la heterodoxia española. Taurus Ediciones, S.A., Madrid, 1978.
4. Arbeloa VM. La Iglesia que busca la concordia (1931-1936). Ediciones Encuentro, S.A., Madrid, 2008.
5. Carpintero H, Campos JJ, Bandrés J. Luis Simarro y la Psicología científica en España. Cien años de la cátedra de Psicología Experimental en la Universidad de Madrid. Universidad Complutense, Madrid, 2002.
6. Jaime Vera (1859-1918), En: Valenciano Gayá L. El Doctor Lafora y su época. Ediciones Morata, S.A., Madrid 1977, págs. 39-41.
7. ABC (Madrid). Ayer falleció en Madrid Don Pío Baroja. Hacía meses que había perdido el conocimiento y llevaba varios días agonizando. Miércoles, 31 de octubre de 1956.
8. Pérez Ferrero H. El entierro de don Pío. ABC (Madrid) del 12 de marzo de 1972.
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1 Junio 2010 at 1:09 pm
Me ha recordado un libro que vi en logialosfratres12o.es
6 Junio 2010 at 1:01 pm
Querido Santiago: Te felicito por tu artículo. Magistral e interesante, como a costumbre a ser todo lo que escribes o presentas. Un cordial saludo.
Manuel
10 Junio 2010 at 9:11 am
Santiago:
Gracias por esta divulgación tan interesante sobre el Cementerio Civil de Madrid que has ampliado con un sinnúmero de detalles que obligan a leerlo con detenimiento y, sin duda, te han hecho trabajar duro como acostumbras.
Hasta el próximo artículo que quieras ofrecernos,
Un abrazo
Carlos Méndez
16 Junio 2010 at 2:14 pm
Impresiona leer tu escrito; te felicito sinceramente por un trabajo bien hecho como acostumbras. Es el prólogo de una visita que esta Asociación tiene pendiente, y que de tu mano. conoceremos una bella historia que guarda tantos datos de aquellos que formaron en su tiempo, Madrid.
Al ver la lápida de Fernando de Castro, he recordado la visita a su Fundación, aunque ignoraba donde descansaba.
Gracias por enriquecer nuestra historia.
Un cordial saludo.
Conchy
22 Junio 2010 at 11:24 pm
Me encanta esta entrada. Los cementerios cuentan muchísima historia y más este cementerio que representa todo lo que se salía de la tradición en España.
Enhorabuena por el reportaje.
Fernando
http://www.madsssup.com
4 Septiembre 2010 at 5:43 pm
Hola Santiago. Después de la ultima vez que nos vimos no tenía ni idea del libro que has publicado. Me interesaria mucho. ¿donde puedo encontrarlo?. Seguro que, como todo lo que tu haces, será genial.
Un saludo muy cordial,
Maribel