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El perro Paco. Bosquejo del Madrid de la Restauración.

De los innumerables chuchos que han merodeado en todas las épocas por las calles de Madrid, sólo uno que se sepa consiguió escapar de la condición de anónimo, destacando entre sus iguales hasta el punto de hacerse un hueco en la pequeña historia de nuestra ciudad. Nos referimos naturalmente al perro Paco.

Según los cronistas, era un ejemplar de mediano tamaño, con el pelaje totalmente negro y sin raza definida al que, no obstante su humilde origen, una legión de panegiristas acabó atribuyendo todo tipo de cualidades. Sin caer en esas evidentes exageraciones hay que reconocer que era avispado y zascandil, como todos los de su especie que han de buscar el sustento diario correteando plazuelas. Mencionan también las viejas crónicas que antes de ser popular solía buscar refugio por las noches en unas dependencias de los Tranvías del Norte, compañía propietaria de una línea de aquellos tranvías primitivos, tirados por mulas, que subiendo por Fuencarral unían la Puerta del Sol con la glorieta de los Cuatro Caminos.

Sin embargo, un golpe de suerte vino a cambiar su rutinaria vida de perro callejero. Un atardecer, en pleno centro de Madrid, acertó a cruzarse en el camino de don Gonzalo Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya y grande de España, que acompañado de su círculo de paniaguados se dirigía a cenar al cercano café de Fornos. El marqués, que pocos años más tarde sería alcalde de Madrid, era un juerguista de saneada fortuna, siempre dispuesto a disfrutar de un rato de diversión, y como casualmente era cuatro de octubre, festividad de San Francisco, decidió invitar a su mesa al todavía innominado can, como estaba seguro de que hubiera hecho el santo de Asís de encontrarse en su lugar.

Estamos en el año 1879 y el café Fornos era por entonces, sin duda alguna, el más elegante de la capital y el favorito de la sociedad madrileña, en especial desde la remodelación que el año anterior había conseguido convertirlo en un lugar casi suntuoso. En sus salones y tertulias solían encontrarse los nombres más conocidos de la vida política, el arte o los negocios. Su situación era inmejorable, ocupando la planta baja y entresuelo en la esquina de la calle de Alcalá con la de Virgen de los Peligros, en el lugar donde había estado durante tres siglos el convento de las monjas Vallecas.

Hasta allí se encaminó la pequeña comitiva, mostrándose el can sumamente receloso a la hora de franquear la entrada, cohibido sin duda por la presencia de los camareros y el recuerdo de otras vivencias.

Una vez que los invitados hubieron saciado cumplidamente su apetito gracias a la proverbial generosidad del marqués, comenzó éste una extravagante ceremonia durante la cual, a modo de rito iniciático, mojó la cabeza del chucho con champagne, y en medio de un recitado de latines macarrónicos le impuso el nombre de Paco en honor del santo patrón del día y protector de los animales. El neófito, al parecer consciente de la trascendencia del momento, se sometió al ritual sin un respingo, calibrando sin duda en su justo valor aquellas nuevas amistades que tan opíparamente comían.

Aquella ocurrencia del marqués fue muy comentada por todo Madrid y pronto otros quisieron imitarle, de forma que se puso de moda invitar a Paco allá donde se le encontrase, y se tomó como signo de distinción hacerse acompañar por él de acá para allá, lo que acabó proporcionando a Paco una existencia regalada, radicalmente opuesta de lo que entendemos como una ‘vida perra’.

A su creciente notoriedad contribuyeron también las crónicas de numerosos periodistas locales, en las que con frecuencia se reservaba al ídolo canino una buena dosis de protagonismo en cualquier evento. De esta forma, si un concierto resultaba un fiasco, el articulista contaba a sus lectores como el inteligente can había mostrado su disconformidad con la interpretación uniendo sus ladridos a las protestas de los concurrentes.

Ningún lugar donde se reuniera la sociedad madrileña estaba vedado a Paco y se le podía encontrar hasta en los estrenos del emblemático teatro Apolo, que abría sus puertas en la calle de Alcalá junto a la iglesia de San José, si bien prefería los espacios al aire libre, como la plaza de toros o los Jardines del Buen Retiro.

Eran estos jardines uno de los lugares favoritos para quienes, de grado o por fuerza, habían de permanecer en la ciudad durante los meses de estío. En su interior había un teatro descubierto, un templete para la orquesta, restaurante, café y quiosco de refrescos, y durante muchos años Felipe Ducazcal el más famoso empresario madrileño de la época, se encargó de la programación de sus espectáculos. Estaban situados en la confluencia del Paseo del Prado con la plaza de Cibeles, en los solares que ocupan en la actualidad el palacio de Comunicaciones y el Ministerio de Marina. Los Jardines habían formado parte del Real Sitio del Buen Retiro hasta que tras ser cedido por los reyes al pueblo de Madrid, el ayuntamiento decidió enajenar una parte de aquel regio regalo causando una notable disminución del primitivo jardín, además del hecho poco comprensible de que el Casón del Retiro haya quedado definitivamente fuera del parque del mismo nombre.

Pero la gran afición que el perro Paco compartía con los madrileños eran los toros. Los días de corrida se le podía ver, como un aficionado más, subir calle Alcalá arriba hasta el coso de la Fuente del Berro, entre las calles de Goya y Jorge Juan, en un emplazamiento realmente alejado del centro para las costumbres de la época.

A pesar de que Paco no pertenecía a nadie en concreto, y guardaba celosamente su independencia, era festejado por todos los madrileños hasta el punto de que hubo quien puso el nombre de perro Paco a una composición musical, o a una marca de manzanilla y hasta se llamó El perro Paco un periódico del que salieron pocos números.

Esta fama acabó llegando hasta Palacio y existe constancia de que la familia real pidió al marqués de Bogaraya que se ocupase del protocolo necesario para las presentaciones. El marqués, que había trabajado junto al duque de Sexto por la restauración borbónica, era hombre de la absoluta confianza del rey, y cumplió el encargo real montando el ceremonial que la ocasión exigía para la mayor brillantez de la recepción.

Pero tanto éxito, a la larga, tuvo algunos efectos negativos sobre el comportamiento de Paco, que según se vio encumbrado fue abandonando la astucia y discreción que tantos problemas evita a los perros callejeros.

Se daba el caso de que en la plaza de toros, Paco había tomado por costumbre intervenir cuando el público abroncaba a toros o toreros, hasta el punto de que a veces, cuando los pitos arreciaban, saltaba a la arena y se ponía a ladrar gallardamente junto al hocico del toro. Esto, que provocaba aplausos e hilaridad entre una parte del público, desagradaba a otros entre los que se encontraba el acreditado periodista Mariano de Cavia, que bajo el seudónimo de Sobaquillo escribía la crónica taurina de El Liberal, y mostró en más de una ocasión su total rechazo por la irrupción en el albero del perro estrella.

Finalmente, Paco vino a pagar cara esta costumbre una tarde en junio de 1882, cuando en el punto álgido de una pita de las que hacen época, saltó el callejón como solía y se fue ladrando derecho al morlaco. Al arrancarse el toro de improviso, se dice que tropezaron torero y perro, pero sea como fuere, el caso es que Paco salió del lance herido de una estocada en todo lo alto.

 
Plaza de toros de la Fuente del Berro, donde fue herido de muerte el perro Paco.

Alguien se ocupó de recoger al herido y lo llevó hasta una taberna de la calle de Alcalá donde se ofrecieron a cuidarlo, y hasta donde acudieron de vez en cuando algunos periodistas que dieron noticia del estado de salud del can como si se tratase de un ciudadano destacado. Finalmente Paco, tras algunos altibajos en su estado de salud, acabó muriendo.

El dueño de la taberna le mandó disecar a su costa, posiblemente con la idea de que sirviera de reclamo para su establecimiento, y así Paco, un infatigable trotacalles, permaneció durante algún tiempo como estático guardián en aquella tienda de vinos.

Pero bien sea porque no funcionó de reclamo como de él se esperaba, o quizás por otras razones que ignoramos, la realidad del caso es que finalmente la momia del famoso perro, siguiendo indicaciones de Felipe Ducazcal, fue enterrada en los Jardines del Buen Retiro, y hasta hubo una iniciativa para levantarle un monumento por suscripción popular que finalmente no cuajó. Los madrileños ya estaban dedicados a crear su leyenda, mientras le buscaban sustituto.

Por José Luis Ramírez, miembro de nuestra Asociación.

1 comentario en El perro Paco. Bosquejo del Madrid de la Restauración.

  1. ROMO XIII
    13 Octubre 2009 at 3:37 pm

    ¡Lástima que no se llevara a cabo el monumento al castizo perro!
    Siempre hemos despreciado lo del suelo patrio y hemos ensalzado lo añadido de allende los mares. Ahí tenemos en lo alto de un pedestal al Chulín que vino de China.
    Como dijo el poeta: “Hay cosas que no tienen remedio y ésta es una de ellas”

    ¡Bonito y didáctico artículo!

    Un saludo.

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