Al venir a Madrid vivíamos en la calle de Almadén, que baja desde Fúcar hasta el paseo del Prado. Mi casa era uno de esos edificios que hacía guiños a la calle a través de sus balcones, pero en los que la vida se volcaba sobre todo hacia dentro a través de su patio y de las galerías que daban acceso a los pisos interiores. Entonces se vivía mucho en los patios de vecindad. De lado a lado de los corredores parloteaban las vecinas, se tendía la ropa, se fusionaban aromas de pucheros, y jugaban los más pequeños, mientras los abuelos permanecían durante horas junto al quicio de sus puertas en las sillas de anea. Era un foro abierto donde se podían seguir las celebraciones o trifulcas de cada uno de sus habitantes.
En medio de esta mezcolanza estaba siempre el sonido de la radio. Por las mañanas llegaba ‘Conozca a sus vecinos’, un programa que daba la oportunidad a cualquier espontáneo de lanzarse con alguna copla de moda, acompañado por un esforzado pianista que intentaba, las más veces en vano, conciliar las notas de Quiroga con la voz del concursante. En ese espacio lució por primera vez la gracia de una niña desconocida aún, que andando el tiempo sería Rocío Dúrcal. Luego, a la hora de la comida, el turno de los informativos, el ‘parte’ como se decía entonces recordando que vivíamos bajo un régimen militar, y por las tardes les tocaba el turno a las radionovelas. La favorita de los chicos era ‘Diego Valor’, donde unos paladines del espacio metían en cintura a todo el sistema solar. También oíamos ‘Dos hombres buenos’, que era del oeste. Es curioso recordar que los héroes de estas novelas eran españoles o descendientes de españoles, y aunque no puedo asegurar si tal circunstancia se debía a designios de la censura o fueron concebidas así por el guionista, lo cierto es que aquello queda muy alejado del actual papanatismo por lo foráneo.
A la hora del colegio, con el último intento por aplacar los pelos rebeldes de la coronilla, mi madre me recomendaba invariablemente que tuviera cuidado al cruzar la calle de Atocha. Por allí pasaba una línea del tranvía y en general cierto tráfico, pero sobre todo era frecuente ver, con sus chaquetas de pana y cargados de paquetes, a los viajeros que subían de la estación del Mediodía. Esta proximidad hacía que en Atocha proliferasen los bares de ‘chato’ y bocadillo, además de numerosas pensiones que ostentaban el reclamo del ‘trato familiar’.
Muchos niños humildes del barrio asistíamos al Colegio Academia de Santa Isabel, en la calle de ese nombre, mientras que en la misma acera, separado sólo por unos portales, estaba el San Estanislao de Koska, de más postín, donde era obligatorio que los alumnos llevasen uniforme. Nuestra indumentaria, bastante menos formal, se componía de una abigarrada colección de jerseys de ochos, ropa que pasaba de hermano en hermano, trajes de comunión degradados de forma fulminante al quitarles las charreteras, pantalones cortos en los que no podían salir rodilleras, y gabanes de incierto pasado que habían visto el mundo del derecho y del revés.
Desde la clase, en un segundo piso, se oía nítidamente el reclamo de los vendedores callejeros con sus típicos e inconfundibles sonsonetes. El mielero de la alcarria que pregonaba buena miel, el trapero que entregaba cacharros a cambio de ropa vieja, el cacharrero de los ‘botijos finos’ con su burro cargado de forma inverosímil, el paragüero y lañador que arreglaba ollas desfondadas, o el sonido característico de la flauta del afilador.
Justo frente a los balcones de nuestro colegio se alzaba la mole neoclásica del antiguo palacio de los Fernán Núñez, en la esquina de San Cosme y San Damián, una calle que comienza casi completamente plana para precipitarse luego por una empinada cuesta contra los muros de la parroquia de San Lorenzo. Por allí huía a veces nuestra imaginación con el sonsonete de la tabla de multiplicar o los afluentes del Guadiana.
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Palacio de los Fernán Núñez. |
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(Calle de Santa Isabel esquina a San Cosme y San Damián) |
Calle de Santa Isabel abajo, la manzana que empezaba en el palacio se completaba con tres edificios de carácter religioso. Primero estaba un colegio de niñas regentado por monjas, le seguía la capilla de agustinas recoletas, a la que se accedía por unas gradas de granito, y finalmente el conjunto se cerraba con el convento de clausura de la orden mencionada, que entonces cubría sus venerables muros de ladrillo y argamasa tras un maquillaje grisáceo con desconchones en algunos puntos.
A la salida del colegio era preceptivo estirar al máximo la licencia familiar retrasando la vuelta a casa para jugar un rato. En las breves tardes de invierno, solíamos elegir un ensanchamiento de la calle conocido como plazoleta de Santa Isabel, para dar patadas a una pelota en medio de una tremenda algarabía. La plazoleta era un espacio que al igual que toda la calle tenía cierto desnivel, pero ese era un inconveniente menor para nuestra voluntad. Un montón de carteras y jerseys simulaban las porterías, y esa precaria definición daba lugar a frecuentes discusiones y peleas sobre si había sido gol o había salido fuera.
En el buen tiempo preferíamos ir al comienzo de la calle del Salitre, que entonces se llamaba de Baltasar Bachero, y provistos en cada caso de nuestra chapa favorita disputábamos etapas de una imaginaria vuelta ciclista por enrevesados itinerarios marcados con tiza del colegio sobre los adoquines. A veces terminaba la etapa sin que ningún coche inoportuno viniera a molestarnos, y en otras ocasiones nos interrumpían las galeras del reparto de la cerveza, que iban tiradas por imponentes caballos percherones.
El ‘jardinillo’ de Santa Isabel era la zona verde más próxima al colegio. Era un minúsculo parque situado ante el Hospital Provincial, ahora Museo Reina Sofía, y aunque el espacio permanezca, hoy está totalmente enlosado y con unos raquíticos arbolillos que no dejan adivinar que allí hubo un pequeño jardín con sus paseos de arena, sus espacios de césped y sus árboles, sus faroles de gas y en el centro, sobre un pedestal, el busto del doctor Esquerdo.
Por nuestra zona de actuación aparecía a veces una vieja mendiga, que se buscaba la vida recogiendo cartones. La llamábamos la Princesita, y en cuanto descubríamos a la pobre mujer, con la crueldad típica de los niños y sin acercarnos demasiado por miedo a sus malas pulgas, nos burlábamos de ella gritando cosas como: ‘princesita guapa’ o ‘reina de los papeles’. Ella, bien consciente de que no podía echarnos mano, se consolaba haciendo caer sobre nuestras desprevenidas familias todo un rosario de insultos.
Otras veces, nuestras correrías nos llevaban hasta el edificio que hoy ocupa la Sociedad Cervantina, calle de Atocha esquina a la Costanilla de los Desamparados, donde dicen que se imprimió la primera edición del Quijote. Era por entonces una casa completamente deshabitada y en ruinas que, en su parte trasera, tenía un solar lleno de escombros donde nos avituallábamos de munición para las pedreas que de vez en cuando manteníamos con los levantiscos muchachos de Zurita y Buenavista. Estas luchas era raro que no terminaran con alguna baja, pero de verdad nos asustamos el día que le dieron en la frente a Eugenio, un chico callado que ni siquiera gritó y cuando nos dimos cuenta tenía la cara y el jersey lleno de sangre. Este mismo muchacho, protagonizó de forma involuntaria una anécdota aquel día que se presentó en el colegio con una hora de retraso y esmeradamente repeinado. Cuando el profesor le preguntó ante toda la clase por el motivo del retraso, el chico, que desde luego no era Castelar, titubeó un rato y finalmente no se le ocurrió otra cosa que contestar que se había lavado. El profesor, aplicando un razonamiento totalmente lógico, le preguntó si pensaba que quienes llegaban puntualmente no se lavaban o, por el contrario, si había que entender que él solo se lavaba los días que llegaba tarde. Durante un tiempo, el pobre chaval tuvo que aguantar la rechifla de los demás.
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En este lugar se imprimió la primera edición del Quijote (1605). |
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Calle de Atocha esquina a la Costanilla de los desamparados. |
Las ocasiones en que teníamos algún dinero comprábamos tebeos. Siempre he pensado que esta palabra procede de una publicación de humor que se llamó TBO, donde aparecían historietas de Carpanta, Angel Siseñor, Zipi y Zape, Las hermanas Gilda, La familia Cebolleta, y en etcétera que se fue modificando durante la larga etapa en que se publicó. Pero las aventuras del Guerrero del Antifaz eran el principal alimento de nuestra imaginación, y todos los niños de entonces hemos soñado alguna vez con ser el personaje enmascarado, para castigar como se merecía al pérfido Alí Khan y rescatar a la gentil condesa Ana María. Estos tebeos debían costar más o menos una peseta, y una vez leídos se podían cambiar en el quiosco, de forma que entregando uno y una perra gorda te hacías con otro, más o menos tan manoseado como el que llevábamos.
Los sábados, sobre todo en invierno y si no teníamos pendiente ningún castigo que cumplir, íbamos al cine. Siempre a las grandes sesiones dobles aderezadas con diez de pipas, con mucha frecuencia en el cine Doré, hoy flamante sala de la Filmoteca, pero también en el Olimpia, que estaba en la plaza de Lavapiés, entre las calles de Argumosa y Valencia. Este cine tenía terraza de verano y daba sesiones al aire libre cuando el tiempo lo permitía, además de las matinales de los domingos con películas cortas de Charlot, Laurel y Hardi, Harold Lloyd, Buster Keaton, y en fin, toda una colección de auténtica mitología cinematográfica con pocos efectos especiales y muchísima más imaginación de lo que hoy ofrecen las carteleras.
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Cine Doré. |
Para concluir, diré que a pesar de la proximidad del Retiro, en aquellos años sólo de vez en cuando íbamos a jugar a ese parque. Además de que estaba algo más retirado, teníamos la experiencia de que en la Chopera los chicos mayores echaban a los más pequeños de cualquier lugar donde se pudiera jugar al fútbol, con lo cual el parque nos ofrecía poco más que la posibilidad de disfrutar de bucólicos paseos al frescor de sus árboles frondosos. Pero ese plan, desde luego, no era una buena opción para los inquietos chavales de aquella época.
Texto y fotos por José Luís Ramírez, miembro de nuestra Asociación.
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