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Dentro de la galería de los peculiares personajes que llenan el Madrid de Felipe IV nos encontramos con Luis Pacheco de Narváez. Este hombre, nacido en Baeza en 1570 (Fermín Vegara Peñas fija nacimiento en 1553 o 1555) había cursado la carrera de las armas, llegando a ser sargento mayor en las islas Canarias, más concretamente en Fuerteventura y Lanzarote. |
| En 1624, propuesto por el teniente de armas del Alcázar, Sebastián Sánchez, se convierte en maestro mayor de esgrima e instructor de matemáticas de Felipe IV. Tal cargo llevaba aparejada la potestad de ser el examinador de los postulantes a ser maestros en el arte de manejar la espada, y, a la postre, Maestro Mayor del Reino. | |
| Discípulo del gran Jerónimo de Carranza, fundador de la escuela española, que pasa a ser conocida como la Destreza Verdadera para diferenciarla de la Destreza Común, esta última de raíz italiana, se convierte en un perfeccionador de las técnicas e intenta llevar la esgrima a la categoría de ciencia, ampliando y modificando los principios geométricos que caracterizaban esta escuela. | |
Escribe diversos tratados sobre esta materia, siendo el más conocido y popular el “Libro de las grandezas de la espada en que se declaran muchos sectores que compuso el comendador Jerónimo de Carranza” (año 1600). En la misma temática tiene “Cien conclusiones sobre las armas” (1608), “Al duque de Cea” (1618), “Nueva Ciencia y Filosofía de la destreza de las armas” (1632), “Engaño y desengaño de los errores que se han querido interpretar en la destreza de las armas” (1635), “Advertencias sobre la filosofía y destreza de las armas tanto a pie como a caballo” (1639), aparecen como obras póstumas “Modo fácil y nuevo para examinar los maestros en la destreza de las armas” y “Dieciocho conclusiones a la común destreza de las armas”, ambas publicadas en 1659.
Aparte de esto estaba considerado como una de las mejores espadas de Europa, y su nombre era sinónimo de buen espadachín, así en el acto I de “Entre bobos anda el juego” de Rojas Zorrilla un personaje, Cabellera, dice
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“…y a no ser pobre, pudiera competir con los primeros; juega la espada y la daga |
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poco menos que el Pacheco |
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Narváez, que tiene ajustada |
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la punta con el objeto”. |
No sólo escribió sobre esgrima sino que también es autor de “Historia trágica y ejemplar de las dos constantes mujeres españolas”, (1635), que mereció el aplauso de diversos escritores coetáneos, así, por ejemplo Lope de Vega escribe, alabando sus cualidades con la espada y con la pluma:
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“A la esfera de Marte reservada |
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a solos Héroes de inmortal memoria |
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llegó don Luis por última victoria |
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de tanta envidia vanamente armada. |
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La pluma de las armas retirada, |
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esta moral ocupa dulce historia, |
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por dividir entre las dos la gloria, |
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emulación de su famosa espada. |
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A dos ilustres Damas asegura |
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Marte en su esfera, y resplandece en ellas |
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su aspecto y su virtud cándida y pura |
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Las dos eran de Venus luces bellas, |
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mas ya para guardar tanta hermosura |
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en la esfera de Marte son estrellas” |
Por todos sus escritos llegó en el siglo XIX a ser incorporado por la Real Academia en el Catálogo de Autoridades.
Pero por lo que Pacheco de Narváez es conocido comúnmente es por su enemistad irreconciliable con Quevedo. Comienza la historia en 1608, según cuenta Aureliano Fernández Guerra (que a su vez sigue a Pablo Antonio de Tarsia) en la casa del presidente de Castilla, en aquel entonces el Conde de Miranda. Entre las personas que allí se encontraban estaban el poeta y el maestro de armas. Acababa de ver la luz la obra de este último “Cien conclusiones sobre las armas” y se charlaba acerca de su contenido. Quevedo, hombre dado a porfiar, objetó que se afirmaba en la obra que un determinado lance era imparable y sin posibilidad de respuesta, siendo tal falso y totalmente demostrable. La concurrencia les invitó a que probasen con las armas en la mano quien tenía la razón, y Pacheco se mostró remiso arguyendo que la ciencia que emanaba del libro era incontestable de todo punto y que en esa reunión se estaba para hablar y no para usar la espada, pero la presión de la concurrencia hace que los dos acaben desenvainando. El lance termina inmediatamente con un golpe de la espada de D. Francisco en el sombrero del maestro, descubriéndole y dejándole en vergüenza ante toda la reunión. El escrito citado dice que las palabras de D. Francisco cuando le destocó fueron
“Probó muy bien el señor D. Luis Pacheco la verdad de su conclusión; que a haber reparo en el acometimiento, yo, de ningún modo le pegara”
Otra versión de esta historia, en lo que parece ser una especie de leyenda urbana, añade que encima Quevedo estaba sentado y que había pedido permiso para batirse así por su cojera.
Las burlas de Quevedo.
Esto levantó, más que una animadversión, un odio que les duraría toda la vida. Quevedo se burla varias veces en sus escritos del esgrimidor pero especialmente y de la manera mas clara y perfectamente identificable en el capítulo primero del libro segundo del Buscón. No tiene desperdicio su lectura. Nos empieza presentando a una hombre totalmente desquiciado y absurdo:
“…lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando”.
La burla a los sistemas geométricos utilizados por el maestro para esgrimir, evitando la línea recta son constantes en todo el texto:
“…Al fin me determiné, y llegando cerca, sintióme, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo, resbalósele y cayó. Levantéle, y díjome: -No tomé bien el medio de proporción para hacer la circunferencia al subir”, “Preguntóme si iba a Madrid por línea recta o si iba por camino circunflejo”, ,” -Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a V. Md. en el campo denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos. -Eso -me dijo- era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor, continuando la espada para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en términos de matemática”,” me advirtió con grandes voces que hiciese un ángulo obtuso con las piernas, y que reduciéndolas a líneas paralelas me pusiese perpendicular en el suelo”. Etc.
En la escena de la posada de Rejas donde han de pernoctar el extravagante personaje y Don Pablos parece salir a relucir el famoso lance por varios motivos: el esgrimidor intenta demostrar la infalibilidad de su ciencia utilizando dos cucharones, en vez de espadas, y acaba siendo humillado y puesto en ridículo por un bravo “mulatazo” que dice tener la cartilla, o sea certificado de esgrimidor, y fiel defensor de la Destreza del maestro Carranza, que acaba machacando las teorías geométricas, y la inutilidad del libro de Pacheco, por la vía de la demostración práctica:
“-Este libro lo dice, y está impreso con licencia del Rey, y yo sustentaré que es verdad lo que dice, con el cucharón y sin el cucharón, aquí y en otra parte, y, si no, midámoslo.
Y sacó el compás, y empezó a decir:
-Este ángulo es obtuso.
Y entonces, el maestro sacó la daga, y dijo:
-Y no sé quién es Ángulo ni Obtuso, ni en mi vida oí decir tales hombres, pero con esta en la mano le haré yo pedazos.
Acometió al pobre diablo, el cual empezó a huir, dando saltos por la casa, diciendo:
-No me puede dar, que le he ganado los grados del perfil. “
Por si quedase alguna duda de quien es la persona caricaturizada en este episodio nos encontramos con que el huésped de la posada le pregunta a Don Pablos si su extraño acompañante es indio por no entender su jeringonza. Aquí juega Quevedo con un doble sentido, por un lado tenemos lo absurdo del discurso matemático/geométrico y por otro, según Rubén Soto Rivera, una alusión a la estancia en la islas Canarias de Pacheco, que habría influido en su acento y forma de hablar.
El genial cojo no solo ataca en este libro al ya enemigo irreconciliable sino que arremete contra todo lo que le rodea, así convierte en objetivo de sus dardos a Bartolomé Cairasco de Figueroa, que a la sazón era amigo de Pacheco. En los capítulos segundo y tercero del segundo libro aparece otro personaje objeto de burla: el sacristán de Majadahonda, criatura ignorante, sucia, pretenciosa, y pésimo poeta. Son varias las claves, según Soto Ribera, para deducir que el personaje reflejado es el canario Figueroa, el Divino, pero una de las mas claras se encuentra en la parte en que el sacristán dice:
“…pues, oiga v. m. un pedacito de un librillo que tengo hecho a las once mil vírgenes, adonde a cada una he compuesto cincuenta octavas”.
Eso da la impresionante cifra de quinientas cincuenta mil octavas. Aparte de esta barbaridad confiesa tener
“una comedia que tenía más jornadas que el camino de Jerusalén”,
cuyo borrador es de
“hasta cinco manos de papel”
y encima es irrepresentable, porque titulándose el Arca de Noe intervienen en ella multitud de animales. También había escrito a una enamorada novecientos un sonetos. Resulta que Cairasco de Figueroa, al que no hay que confundir con Francisco de Figueroa, también poeta coetáneo, tiene en su haber el ser el autor del “Templo militante, triumphos de virtudes, festividades y vidas de santos”, también conocido como “Flos Sanctorum” y que consta, ni mas ni menos que con quince mil octavas en las que se recoge la vida de los santos que componen el santoral y que le llevó siete años el escribirla.
También parece que hay una intención de insultar a Pacheco, haciendo que este es la mula sobre la que cabalga el sacristán. Esto está apoyado en que en la obra del esgrimidor, en su principio, aparece una carta de Cairasco. Esta carta habría sido el vehículo usado por el canario para introducirse en el ámbito culto de Madrid, es decir, habría usado el libro como mula y por tanto a su autor.
Continúa esta guerra implacable en los “Sueños y Discursos”, en concreto en el “Sueño del Juicio Final” donde aparece un maestro de esgrima que no sabe como se va en línea recta al infierno:
“Llegó en esto un hombre desaforado de ceño y alargando la mano dijo:
-Esta es la carta de examen.
Admiráronse todos y dijeron los porteros que quién era, y él en altas voces respondió:
-Maestro de esgrima examinado, y de los más diestros del mundo.
Y sacando otros papeles de un lado, dijo que aquellos eran los testimonios de sus hazañas. Cayéronsele en el suelo por descuido los testimonios y fueron a un tiempo a levantarlos dos diablos y un alguacil y él los levantó primero que los diablos. Llegó un ángel y alargó el brazo para asirle y meterle dentro, y él, retirándose, alargó el suyo y dando un salto dijo:
-Esta de puño es irreparable, y si me queréis probar yo daré buena cuenta.
Riéronse todos, y un oficial algo moreno le preguntó qué nuevas tenía de su alma; pidiéronle no sé qué cosas y respondió que no sabía tretas contra los enemigos de ella. Mandáronle que se fuese por línea recta al infierno, a lo cual replicó diciendo que debían de tenerlo por diestro del libro matemático, que él no sabía qué era línea recta; hiciéronselo aprender y diciendo: «Entre otro», se arrojó.”
Y, todavía arremete en el “Poema heroico de la necedades y locuras de Orlando el Enamorado”, haciéndolo desde la misma dedicatoria:
“al hombre mas maldito del mundo”
le dedica lindezas tales como
“embelecador de geometría y falso esgrimidor” o “Don Hez, el cornudo esgrimista”.
Los ataques de Pacheco.
Si al comportamiento de Quevedo lo podemos tachar de cruel, el de su contrario no merece mejores opiniones. Es la suya una actitud mezquina, vengativa y claramente rencorosa.
Pacheco de Narváez hacia 1629 le acusa ante la Inquisición escribiendo un “Memorial“ [1] donde denuncia cuatro obras, entre ellas “El Buscón”. Oculta el de Baeza sus resentimientos y dirige el memorial en su condición de
“católico y fiel cristiano, teniendo como tiene y cree, todo lo que cree y tiene la Santa Iglesia Católica Romana”,
y lo hace no como denuncia en el sentido estricto de la palabra, sino como un “aviso”, (según Victoriano Roncero-López), pero lo que pide es que se retire el “Buscón” porque aparte de las expresiones contrarias a la moral
“mezcla las cosas divinas con las profanas haciendo alusión de las unas a las otras en desprecio y ofensa de nuestros sagrados ritos y lo dedicado a ellos”.
La intención de evitar el escarnio de su figura es mas que obvia, pero hay que fijarse en que en ningún momento hace alusión a la parte en que él es protagonista sino que lleva la atención al aspecto religioso y al erótico, lógicamente las que motivarían mas la intervención de la Inquisición.
El genial Quevedo consiguió salir con bien de la delación y el Santo Oficio no hizo caso a la demanda. El caso es curioso ya que “El Buscón” fue considerado por censores de su tiempo de peligroso, pero, afortunadamente, siguió editándose normalmente.
Mas adelante, en 1635, vuelve Pacheco a la carga e interviene junto a Pérez de Montalbán, fray Diego Niseno y otros, de forma anónima en el libelo “El Tribunal de la Justa Venganza” (el título completo es “El tribunal de la justa venganza, erigido contra los escritos de Francisco de Quevedo, maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres”). El sólo título lo dice todo.
En 1639 o 1640 escribe otra obra que había permanecido desconocida hasta fines del siglo XX [2], por no haber sido editada, los “Peregrinos discursos y tardes bien empleadas”. En este manuscrito, del final de la vida de su autor, está dedicado a atacar la “Política de Dios” de su encarnizado contrario, que para aquel entonces estaría probablemente encarcelado en León, en San Marcos (diciembre de 1639). En esta obra no se limita al simple ataque sino que busca el enfrentamiento entre D. Francisco y Felipe IV y el Conde Duque de Olivares, probablemente intentando darle el remate final y tal vez siendo sabedor de la delicada situación del escritor.
Luís Pacheco de Narváez acabó sus días el 6 de diciembre de 1640. en la calle de las Huertas, viviendo de alquiler en una casa del Marqués de Castañeda a unas casas llamadas de Sánchez [3], a donde había cambiado la residencia desde el Alcázar. Recibió sepultura en la iglesia de San Sebastián.
Texto por Alfonso Martínez, miembro de nuestra Asociación.
NOTAS
1.- Aunque se considera normalmente a Pacheco el autor del “Memorial” hay quien sostiene – Vegara Peñas – que fue escrito también por Pérez de Montalbán y Diego Niseno.
2.- Aurelio Valladares Reguero en 1997.
3.- Las cuales no he conseguido identificar en la Planimetría.
NOVEDADES

10 Julio 2009 at 1:09 am
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