Entre los ilustres madrileños me resulta especialmente significativa CLARA CAMPOAMOR RODRÍGUEZ, que fue una luchadora, “mi ley es la lucha” decía, y es a quien debemos el sufragio universal en España. Con mi agradecimiento por su lucha a favor del voto universal en España, he querido que sea Clara Campoamor la primera (y deseo no sea la última) persona natural de Madrid sobre la que escribo esta corta reseña.
Esta madrileña nace el 12 de Febrero de 1888 en el Barrio de Maravillas, de familia humilde, pues su padre, Don Manuel Campoamor Martínez, era contable de un periódico madrileño, y su madre, Doña Pilar Rodríguez Martínez, era modista.
Teniendo doce años de edad muere su padre y Clara no puede seguir en la escuela debido a la critica situación económica de la familia, teniendo que ayudar a su madre a repartir ropa, hasta que mas adelante se coloca como dependienta en una tienda, permaneciendo en ese empleo hasta los 21 años en que se presenta y aprueba una oposición a auxiliar del Cuerpo de Correos y Telégrafos (uno de los pocos sitios donde se admitía a trabajar a las mujeres), siendo destinada a San Sebastián.
En 1914 hace oposiciones para profesora de adultas en el Ministerio de Instrucción Pública, donde las gana con el número 1; no obstante y al no tener terminado el Bachillerato solo puede dar clases de taquigrafía y mecanografía, trabajando también como mecanógrafa en el Ministerio y como Secretaria del Director en el diario “La Tribuna”, siendo a través de su trabajo en este diario donde empieza a interesarse por la política, y en su afán intelectual en 1920 se matricula como alumna de Bachillerato en el Instituto Cisneros de Madrid, terminando el mismo en dos años; a continuación se matricula en la Facultad de Derecho, terminando la carrera también en dos años y convirtiéndose en una de las pocas mujeres licenciadas en España dispuesta a ejercer su profesión, dándose de alta en 1925 en el Colegio de Abogados, siendo, también, la primera mujer que intervino ante el Tribunal Supremo.
Ideológicamente es republicana con algún acercamiento al P.S.O.E., (escribe el prologo del libro de María Cambrils “Feminismo Socialista”), a la pregunta de un periódico “¿Monarquía o República?, responde ¡República, República siempre!. Me parece la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos. Y en muchos casos la más adecuada a la situación de un país específicamente considerado, verbigracia, España”.
Forma parte de la Asociación Liberal Socialista, que abandonara mas tarde al no conseguir que la asociación se defina como republicana.
Fue miembro de la Asociación Femenina Universitaria y de la Academia de Jurisprudencia, donde fue nombrada Secretaria de la Sección Cuarta, formó parte de la Comisión de Trabajos Prácticos y de la de Publicaciones, recibiendo el 30 de marzo de 1928 el nombramiento de Académico Profesor, cuando la Academia de Jurisprudencia otorgó a Clara Campoamor la Cruz de Alfonso XII, por su Premio Extraordinario, la rechazó como gesto republicano.
Por el régimen de Primo de Rivera se ofreció a Clara entrar en la Junta del Ateneo, la Campoamor lo rechaza, si bien con Azaña si formara parte de la junta directiva del Ateneo de Madrid.
Entre 1928 y 1929 fue delegada del Tribunal de Menores, donde trabaja junto a Victoria Kent y Matilde Huici
Entre 1931 y 1933, fue delegada de España ante la Sociedad de Naciones.
En diciembre de 1933 es nombrada Directora General de Beneficiencia, de dicho cargo dimite al año siguiente por discrepancia con el ministro.
Funda la Unión Republicana Feminista, para trabajar por el voto femenino.
Siempre luchando en defensa de la igualdad de la mujer, su ideal era la total equiparación legal de los sexos, sin que ninguno goce de un trato preferencial sobre el otro, ni siquiera cuando la beneficiada sea la mujer.
En todo momento mantuvo una gran actividad como conferenciante.
Tras la sublevación de Galán y García Hernández en Jaca, su fusilamiento y el proceso del Comité Revolucionario, Clara asumió la defensa de los implicados, entre ellos su hermano Ignacio, “los pobres lo pagaron más caro que los ricos”, recordaría.
Tras el triunfo republicano que supuso la marcha de Alfonso XIII, se convocan elecciones a Cortes Constituyentes en las que la mujer pudo ser elegida, no electora, saliendo Clara Campoamor diputada en las listas del Partido Radical, al que se afilió por ser “republicano, liberal, laico y democrático”, fue una de las primeras mujeres en obtener un escaño, junto a Margarita Kelken y Victoria Kent.
Clara Campoamor formo parte de la Comisión Constitucional, de 21 diputados; en dicha Comisión se esforzó acertadamente por establecer la no discriminación por razón de sexo, la igualdad legal de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal, aceptándose todo en Comisión menos el llamado “voto femenino” que hubo que debatir en el Pleno.
La concesión del voto femenino planteaba problemas controvertidos tanto a la izquierda como a la derecha; en cuanto a la izquierda, con algunas honrosas excepciones, no quería concederles el voto porque creían que la mujer, al estar mas influenciada por la Iglesia iba a votar a las derechas; y en cuanto a la derecha, que siempre se había opuesto ahora lo apoyaba porque les podía favorecer en las elecciones.
Cuando la derecha abandonó el Parlamento por la Ley de Congregaciones se hizo el último intento para impedir el voto femenino, llevado el tema al Pleno, el partido Radical Socialista puso frente a Clara a la diputada, Victoria Kent, para negar el voto de la mujer aplazándolo sine die, Clara Campoamor no sólo se impuso en el debate sino que, contra pronóstico y por sólo cuatro votos, lo ganó, apoyándose en el PSOE y en algunos republicanos de derecha, derrotó a los socialistas de Prieto y a los republicanos de su propio partido, el Radical, el Radical Socialista y el de Azaña, Prieto salió diciendo que aquello era «una puñalada trapera a la República», y cuando en el 33 la CEDA ganó las elecciones y Lerroux formó gobierno, toda la izquierda le echó la culpa de su derrota a Clara Campoamor.
A estos ataques contestó con una carta publicada en El Heraldo de Madrid, el 26 de noviembre de 1933, en la que analiza los resultados electorales de varias ciudades, y llega a la conclusión de que la causa de la victoria electoral conservadora se debe a la escisión que se produce dentro del bloque republicano y en la falta de eficacia del gobierno en algunos aspectos, como la Ley Agraria, el caso de Casas Viejas, y otros.
En el 33 no consiguió renovar su escaño, en el 34 abandonó el Partido Radical por su subordinación a la CEDA y los excesos en la represión del golpe revolucionario de Asturias, que denuncio diciendo: “Se torturaba a los acusados en las prisiones; se fusilaba a los presos sin formación de causa en los patios de los cuarteles y se cerraban los ojos a las persecuciones y atrocidades perpetradas por la policía durante aquellos dieciséis meses. Hubo sólo tres ejecuciones oficiales: ¡Cuánta clemencia! Pero hubo millares de presos y centenares de muertos, torturados y mutilados. ¡Execrable crueldad! He aquí el trágico balance de una represión, que, de haber sido severa, pero legal, limpia y justa en sus métodos, hubiera causado mucho menos daño al país.”
Al año siguiente pidió, con la mediación de Casares Quiroga, ingresar en Izquierda Republicana siendo sometida a la humillación de abrirle un expediente y votar en público su admisión, que fue denegada. Tampoco entro en las listas del Frente Popular, que ganó por una mayoría más amplia que la derecha en 1933, evidentemente, con el voto femenino, si bien nadie se acordó de pedir disculpas a Clara Campoamor.
Cuando tuvo lugar la rebelión de Asturias (Octubre de 1934), Clara Campoamor se instala en Oviedo con el fin de socorrer a los niños de los mineros muertos o encarcelados. La dura represión la lleva a salir del Partido Radical y es nombrada entonces presidenta de la Organización Pro Infancia Obrera, dedicada a atender y a colocar a los niños asturianos, víctimas inocentes de la crisis de octubre.
En mayo de 1935, escribió “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo”, donde recoge sus luchas parlamentarias, uno de los libros políticos más admirables y menos divulgados del siglo XX, donde escribe: «Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo; una sola persona que, por estímulos de ética, de mínima reparación, clame y confiese la verdad y proclame al menos que no fui la equivocada yo, sobre quien se han acumulado las pasiones y la injusticia».
En su presentación nos dice:
«Yo no advine a la República ni el 14 ni el 16 de abril. Me he formado en el clima paterno, de un hombre que batalló en las épocas difíciles de Menéndez Pallarés, Castrovido y Pi y Arsuaga. Durante la Monarquía ni tuve contactos ni acepté mercedes. Cuando en 1927 la Academia de Jurisprudencia me brindó, como a don Enrique Moret, la Gran Cruz de Alfonso XII –que varios republicanos, seguramente de los que no votaron a mi favor, lucieron y arrumbaron cuidadosos después– como corolario al premio extraordinario anual, rechacé la distinción. En la Dictadura ni acaté órdenes injustas ni acepté conexiones: cuando el dictador dio al Ateneo una Junta de real orden y en ella incluyó mi modesto nombre de ateneísta constante desde 1916, rechacé el nombramiento, con la consecuencia indirecta de tener que pedir la excedencia de mi cargo de Instrucción Pública perdiendo cien puestos en el Escalafón, que no recobré después; y cuando el Sr. Aunós, ministro de Trabajo de la Dictadura, quiso injertar en sus Comités paritarios la modernidad de savia femenina, ofreciendo a tres abogadas en Madrid, Victoria Kent, Matilde Huici y yo, tres flamantes nombramientos de asesores en otros tantos organismos, yo, con Matilde Huici, rehusé el fructífero honor, que otros sirvieron».
Cuando se inicia la guerra Clara Campoamor abandona Madrid, temiendo que la pasearan sus republicanos, dirigiéndose a París, donde en 1937 publicó “La revolución española vista por una republicana”, libro que escribe en francés y que parece que nunca se ha editado en español,
Escribe denunciando lo que entiende como mala gestión del Frente Popular, “Los principios liberales y democráticos no son sino una vergonzante y culpable mixtificación cuando unos hombres o unos partidos los invocan para encubrir todos los horrores, crueldades y expoliaciones que en Madrid he visto perpetrar durante las seis semanas en que me fue imposible abandonarlo. Contra esa abominable facción criminal levantaré siempre mi voz, mi protesta, mi espíritu. Yo no estoy al lado de las fuerzas que han hundido en lodo y sangre la República de 1931. Los que hace cinco años saludamos a la República como el triunfo de nuestros ideales y de nuestras esperanzas, hemos podido aprender anchamente en este estadio, que importan menos las palabras que su contenido virtual, y que el símbolo en que pusimos nuestra fe, puede devenir, si sus rectores se transforman en explotadores, continente de cuanto hiere nuestro anhelo liberal y justiciero”.
Igualmente dice: “Si el futuro tiene que depararnos el triunfo de los ejércitos gubernamentales, este triunfo no traerá consigo un régimen democrático, pues los republicanos ya no cuentan en el grupo gubernamental. El triunfo de los gubernamentales sería el de las masas proletarias, y, como éstas están divididas, serán otras nuevas luchas las que decidan si se quedarán con la hegemonía los socialistas, los comunistas o los anarcosindicalistas. Pero el resultado sólo puede ser una dictadura del proletariado, más o menos temporal, en detrimento de la República democrática. Si, tal y como hemos indicado, las causas de la debilidad de los gubernamentales traen consigo el triunfo de los nacionalistas, éstos también deberán empezar por instaurar un régimen que detenga las disputas internas y establezca el orden. Este régimen, lo suficientemente fuerte como para imponerse a todos, sólo puede ser una dictadura militar”.
Desde París se traslada a Buenos Aires donde se dedica a traducir, escribir biografías y dar conferencias, tras algún intento por volver a España, que no se materializa por el miedo a ser depurada, en 1955 se instaló en Lausanne (Suiza), trabajando en un bufete hasta que perdió la vista. Murió de cáncer en abril de 1972 y mandó que sus restos fueran incinerados en San Sebastián, donde se hallaba al instaurarse la II República.
Concha Fagoaga y Paloma Saavedra, en su reedición de El voto femenino y yo, en 1981, citan de una carta de Clara Campoamor en 1959 a Martín Telo: «Creo que lo único que ha quedado de la República fue lo que hice yo: el voto femenino».
El Discurso que Clara Campoamor pronuncia ante las Cortes el 1 de Octubre de 1931, donde se aprueba el voto universal en España (entonces llamado voto femenino) es el siguiente:
“Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.
Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Que cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres?.
¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?.
Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.
No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Victor Considerant se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al doméstico y al analfabeto –que en España existe– no puede negárselo a la mujer. No es desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del ámbito del principio –cosa dolorosa para un abogado–, como se puede venir a discutir el derecho de la mujer a que sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España.
Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado en 73.082, el de la mujer analfabeta ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del analfabetismo en la población global, la disminución en los varones es sólo de 12,7 por cien, en tanto que en las hembras es del 20,2 por cien. Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910. Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente, y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho.
Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer.
A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.
Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer.
Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino.
No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención.
Cada uno habla en virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella.
Señores diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os molesté, considero que es mi convicción la que habla; que ante un ideal lo defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer, y que además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española.”
por Gonzalo de la Sen
BIBLIOGRAFIA:
Diario “El Mundo”, de 26 de Abril de 1998.
Web de la biblioteca de la U.N.E.D.
Web de la Asociación Clara Campoamor.
Web de ciudaddemujeres
Web de la Universidad de Valencia.
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