La Parroquia de Santa Cruz de nuestra Villa posee un cuadro de altar que, según piadosa leyenda, fue testigo de un milagro. Tal fervor despertó aquel suceso entre los madrileños de antaño, que los devotos del taumaturgo fundaron en 1720 una congregación en su honor, la “Real, Ilustre y Primitiva Congregación de San Antonio de Padua ‘El Guindero”, que todavía existe y en aquélla tiene su sede.
Se halla el templo en el nº 6 de la calle Atocha (sinónimo de “esparto”, es palabra de origen prerromano), que según Gonzalo Arias, estudioso de las vías romanas en Hispania, en su inicio fue camino romano: la “vía espartaria” de la que habla el Itinerario de Antonino por la que el esparto cultivado en las dos Mesetas –esencial para fabricar el cordaje de los barcos- llegaba a Cartagena.
Exaltacion de Cristo. Aniceto Marinas
Ocupa parte del solar en el que tuvo asiento el Colegio Convento de Santo Tomás, de la Orden de Predicadores (o sea, los dominicos), fundado en 1584, aunque el edificio fue levantado en 1656 y desgraciadamente derribado en 1876. Conocemos su grandiosa fachada de tres puertas monumentales, obra de los Churriguera (padre y sus dos hijos), y su bellísimo claustro barroco, éste labrado en piedra por José Jiménez Donoso, gracias a viejas fotografías tomadas por Laurent en 1875, que custodian la Biblioteca Nacional y el Archivo Ruiz – Vernacci, hoy propiedad del Instituto del Patrimonio Cultural de España, del Ministerio de Cultura.
Placa colocada en el suelo de la plaza de Sta Cruz, donde los cimientos de la torre
Como institución, la Parroquia es antiquísima. No es una de las diez que menciona el Fuero de Madrid de 1202, pues se encontraba en un arrabal, a extramuros de la Villa, pero nadie discute que su erección tuvo lugar en el S. XIII. A lo largo del tiempo se albergó en diversos edificios, que, por ruina o por incendio, acabaron destruidos (el último, derribado en 1869, pudo ser fotografiado por J. Suárez cuando ya le mordía la piqueta), si bien todos ellos se alzaron en la inmediata Plaza de Santa Cruz (que por eso se llama así). No hace muchos años, al vaciar su terreno para construir un aparcamiento para residentes, salieron a la luz los cimientos de la alta torre de la iglesia (la segunda de Madrid tras la de El Salvador) y unos enterramientos. También se conserva una de las capillas que tuvo, la de los Ajusticiados, barroca, reconvertida en moderno restaurante al que se accede por la calle de La Bolsa. No te sorprenda, amigo lector, tan siniestro nombre pues has de saber que en el templo tuvieron sede dos Congregaciones “tan célebres –dice Répide-, como las de la Paz y la Caridad, que cuidan de la asistencia (religiosa antes del suplicio, se entiende) y entierro de los que mueren por sentencia de la Justicia”. Además, y seguimos al citado cronista, “allí eran exhibidos los cuerpos de quienes morían por accidentes o violencia, expuestos en espera de que llegase alguien a identificarlos”.
Alta torre
El edificio actual de la calle Atocha, de ladrillo y piedra blanca, fue proyectado en 1888 por Francisco de Cubas y González Montes, 1er. Marqués de Cubas, arquitecto y fugaz alcalde de Madrid (sólo un mes duró su mandato), siguiendo el eclecticismo propio de su época: neogótico con detalles decorativos neomudéjares (como el paño de sebka que rodea el reloj encastrado en el campanario). Y alta torre (85 metros) en recuerdo de la que tuvo la primitiva iglesia, llamada en su tiempo “la atalaya de la Corte”. A su fallecimiento, acaecido en 1898, su discípulo Miguel de Olabarría Zuaxuabar dirigió la obra hasta su conclusión en 1902. El escultor Aniceto Marinas labró el tímpano de la portada principal, de estética modernista, una más de las varias obras de arte que enriquecen este templo que cuenta, además, con un pequeño museo parroquial según algunas guías.
A esta iglesia llegó en 1940 el cuadro al que antes aludía, después de peregrinar por otros templos y de sobrevivir en 1935 al intencionado incendio de la iglesia de San Luis Obispo, donde se hallaba depositado, y a la Guerra Civil.
El reconocimiento
Se halla en la segunda capilla del lado de la epístola si se empieza a contar desde la entrada, en el centro de un retablo neogótico que le sirve de marco. Se trata de un óleo sobre lienzo, anónimo, de la escuela madrileña del S. XVII, de agradable factura. Efigia al Santo lisboeta muerto en Padua, de cuerpo entero, con hábito franciscano, sobre fondo de paisaje y cielo. La figura, que mira al espectador, porta los tradicionales atributos iconográficos de este santo: lirios (símbolo de pureza) en su mano derecha y en la izquierda, libro cerrado sobre el que, como si de una bandeja se tratare, lleva al Niño Jesús que sostiene la bola del Mundo (Se cuenta que, leyendo –o rezando, según otra versión-, se le apareció la Virgen con su Hijo, y permitió que a Éste le abrazara el santo). Le rodean otras dos pinturas al óleo, ejecutadas por Emilio Tudanca –autor también del retablo- hacia 1962, que representan las dos escenas del milagro acaecido en Madrid.
Del maravilloso suceso se cuentan hasta tres versiones distintas aunque coincidentes en lo esencial. Nada extraño, pues estas leyendas no tienen una narración canónica, oficial, sino que los detalles accesorios quedan al arbitrio del narrador, como por lo demás ocurre en otras manifestaciones artísticas. Y digo esto para que ningún posible lector se sorprenda si lo que relataré en las siguientes líneas no coincide exactamente con lo que en otro momento leyó o escuchó.
Cuentan los cronistas que en un tórrido día, a comienzos del verano de sabrá Dios que año (del S XVII para uno de ellos), por la Cuesta de la Vega subía un pollino cargado con unos serones repletos de guindas al que conducía un labriego. En un momento dado, y vuesa merced vaya a saber por qué, el asno se para y, tozudo, se niega a seguir subiendo pese a que el aldeano tira del ronzal con todas sus fuerzas. Entonces, como nuestro buen hombre no puede más, para “ablandarle”, le aplica una dosis de jarabe de palo en los cuartos traseros. El animal, enfurecido, rebuzna, se revuelve y cocea. Se rompe la cincha, caen los serones, y la fruta, desparramada por el suelo, es aplastada por los cascos de la caballería, ya fuera de sí. El aldeano, que ve su trabajo arruinado, en vez de jurar en arameo, reza e invoca la ayuda de San Antonio de Padua (momento que recoge el cuadro que está a nuestra izquierda), de quien era devoto. Al punto, como por casualidad, aparece por allí un frailecillo franciscano que apacigua al animal y ayuda al campesino a recoger, y a cargar, la fruta caída y pisoteada. Ninguna guinda se pierde y, además, quedan todas limpias y frescas, como recién cogidas del árbol. El paisano, agradecido, le da de ellas un buen puñado (o una cesta según algunos). El tonsurado no las acepta, pero le dice que las lleve a la Iglesia de San Nicolás donde él le esperará. Tras lo cual se despiden. Una vez vendida el resto de la carga en el mercado, el campesino va a esa iglesia, lo que sucede a primera hora de la tarde para unos o al día siguiente para otros. El sacristán de San Nicolás, una vez supo a qué venía, al tiempo que con un ademán señalaba nuestro óleo, le dijo al labriego que allí no había más fraile que el que aparecía en aquel cuadro (motivo del lienzo de nuestra derecha). Y en él el piadoso campesino reconoció sin ningún género de duda los rasgos del clérigo que le había ayudado. Entonces, según un cronista malicioso, puesto en jarras, exclamó con chulería digna de mejor causa “¿con que santo, eh? Así ya se puede”; palabras poco edificantes que pongo en duda salieran de la boca de tan buen cristiano. Y si no, juzguen vuestras mercedes.
Federico Rodríguez de Campomanes Angoloti
NOVEDADES




25 Marzo 2009 at 4:43 pm
Cuanta historia en estas fotos!
Gracias.