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Calle de las Tres Cruces

De todos es sabido, o al menos intuido, que allá por la séptima centuria del mileno anterior no había televisión. Este inconcebible hecho privaba a tales antepasados nuestros de poder disfrutar de los programas hoy conocidos como Magazine o Revista, u más chulescamente “de cotilleo”, claro que nuestros antepasados se las ingeniaban para estar al día de tan importantes y trascendentales cuestiones, para lo cual inventaron los mentideros, de los que en Madrid eran los más famosos los llamados de “las Gradas de San Felipe”, “Las Losas de Palacio” o “de Representantes” y allí acudían para enterarse de los sucesos y/o para hacer circular las noticias, de forma tal que cuando alguien contaba un suceso boca a oído y el receptor lo transmitía por el mismo sistema, repetido esto varias veces, cuando pasaba de quinta ya era distinta noticia a la iniciar referida y cuando llegaba a la décima no lo conociera quien lo hubiera parido, pero bueno eso mismo nos pasa hoy con todos nuestros sistemas de comunicaciones.

No obstante tenía la ventaja de que al no haber sistemas de grabación que acreditasen quien lo dijo primero, se perdía la autoría en el paso sucesivo de boca a oído, y saber de quien lo había oído el relator y a su vez de quien lo había oído el anterior volvíase en muchas ocasiones tarea imposible.

Viene toda esta verborrea introductoria a intentar explicar un suceso del que deviene el nombre de la calle de “las tres cruces”, y parece ser que allá por el año de 1650 de nuestra era, hubo en la llamada calle de la Salud una hornacina que cobijaba una imagen de la Virgen, imagen que un mal día desapareció, y lo que al principio no pareció importante adquirió después tintes de sacrilegio al aparecer tal imagen tirada en un campo, llena de barro y lo que era más importante con aparentes signos de profanación. Este último suceso dio mucho que hablar entre los vecinos de la Villa, y entre ellos a tres amigos, llamados Don Lope de Atienza, Don Cornelio Vélez y Don Fructuoso Tellez, que se solían reunir al caer la tarde en una alojería situada en la hoy calle de Preciados a charlar en amena tertulia y a comentar los sucesos de actualidad, y comentando y comentando, tertuliando y tertuliando les pareció a estos tres que en tal suceso parecía verse la mano del propietario de un herbolario situado en la cercana calle de la Rueca, conocido por Antón Oliva, que no debía ser de sangre del todo limpia, que además convivía con dos mujeres, una vieja y otra joven (al parecer ambas más feas que el famoso Picio) que al decir de estos amigos eran sus barraganas, y como parece ser que además, según decir de algunos y sin que sepamos si con o sin fundamento, en el tal establecimiento se dispensaban, además de hierbas para procurar la salud, algunas existentes en la trastienda para hacer higas y maleficios contra las personas, mejunjes para provocar abortos o males venéreos, o incluso la locura, pues basta sumar dos y dos en la tal tertulia para que nuestros elucubradores llegaran a la conclusión de que el tal Antón Oliva y sus dos barraganas, habían tenido y mucho que ver con la desaparición y profanación de la imagen, inducidos, eso sí, por el diablo.

El caso es que de pensarlo el Lope, de propalarlo el Cornelio y de aseverarlo el Fructuoso, se fue extendiendo la noticia por los mentideros, y la Santa Inquisición que no descansa (por eso es Santa), tuvo conocimiento de que los pobladores de la Villa culpaban de tal suceso al referido Antón Olivas y sus acólitas, pusieron manos a la obra y los invitaron amablemente a confesar su crimen, dándoles gratuito alojamiento en sus dependencias para preguntarles por tan funesto suceso, y como los inquisidores inquirían a fuerza de potro, garrucha o toca, (no por castigo, no penséis mal, sino como medio de obtener la voluntaria confesión del reo), pues el caso es que al parecer los reos declararon muy contentos que habían sido ellos, junto con otras tantas señas y datos de su crimen que llenó el Notario del Secreto tantos folios que al Tribunal de la inquisición (pese a su natural tendencia al perdón) no le quedó más remedio que sentenciarles a morir quemados atados a unas cruces en un cadalso que a tal efecto se prepararía.

Dictada sentencia por el Tribunal se decidió que el lugar más adecuado para cumplir la sentencia era un descampado existente en la parte alta de la calle de la Rueca, hacia la mitad de la calle de Jacometrezo, siendo anunciada la ejecución para el 15 de Julio de tal año de Nuestro Señor Jesucristo de 1650.

Llegado el día, algo antes de la hora señalada, se congrego gran gentío para presenciar tan ejemplar y educativo castigo (no crean Vds. que en aquellos años tan devotos se iba a ver tales crímenes por morbo); bueno sin enrollarme más, a la hora prevista llegan los reos rodeados de toda la parafernalia habitual de sambenitos y corazas, y rodeados de alguaciles y familiares de la Inquisición, precedidos todos ellos por una cruz, se les sube al cadalso preparado al efecto y se les pregunta si se arrepienten de sus pecados, y oh farsantes anatemas, los tres se declaran inocentes pretendiendo dejar en mal lugar a la Santa Inquisición y pretendiendo fuera en balde el desplazamiento realizado hasta allí por los educandos contempladores de tan justo y ejemplar castigo, no tal ha de suceder debieron decir los alguaciles, la sentencia está dictada por el Tribunal del Santo Oficio y el castigo ha de cumplirse (y además están vendidas todas las localidades habrían dicho de no haber sido gratuito el espectáculo), por lo que se les ata a cada uno a su cruz y se prende fuego a la hoguera. Dicen que el tal Antón Oliva no profirió ni un ay durante su achicharramiento, manteniendo alta la cabeza como si solo del cielo esperara justicia, en tanto las dos mujeres lanzaron alaridos desgarradores (como correspondía a las expectativas de los asistentes al acto) solicitando ayuda al cielo, mientras las muy farsantes seguían proclamando su inocencia y su feligresía habitual en la cercana parroquia de San Martín.

Parece que acabado el achicharramiento de los tres quedo un olor a chamusquina en los alrededores que duró varios días, y comenzó a correrse la voz (había que dar nueva savia en los mentideros) de aparecerse en algunas noches de invierno las sombras de los tres ajusticiados y que los tales espíritus diabólicos, que no otra cosa eran, se bebían la leche que los vecinos ponían a refrescar en las ventanas y se comían los chorizos que ponían a curar.

Más como el diablo todo lo enreda y no deja cosa por revolver pasado poco tiempo de estos sucesos apareció por la Villa y Corte, procedente de Nueva España, un capitán llamado Don Diego de la Oliva, tan cruzado de cicatrices y de bandas de las Ordenes Militares Mayores de Calatrava, Alcántara y Santiago, y precedido de tal fama por sus acciones guerreras allende los mares, que fue recibido a bombo, platillo, repique de campanas y clamores populares, y agasajado por su Católica Majestad Don Felipe el Cuarto, que le prodigó tales deferencias que le permitió sentarse a su presencia para que le contase sus hazañas, y le prometió dadivas y parabienes en pago de los servicios prestados tan fatigosa y esforzadamente a la Corona.

Terminada la audiencia con tan egregio anfitrión el referido Capitán, que no era otro que el hermano del desventurado Antón Olivas, se propuso buscar a su hermano para estrecharle entre sus brazos, enterándose al pronto del achicharramiento de que su hermano y la mujer e hija de este (que no eran otras las supuestas barraganas) habían sufrido a manos de la Inquisición, subiéndosele al Capitán la cólera por tener tan cierto como su vida que su hermano, cuñada y sobrina eran gente sencilla, humilde y modesta, incapaces de hacer daño y que no hacían gala de su prosapia.

Pero como el daño estaba hecho y no había posibilidad de juntar las cenizas y resucitar a los ajusticiados hubo que calmar al Capitán con un ascenso y la concesión de la banda que le faltaba la de la Orden Militar Mayor de Montesa.

Y sin que nadie se acordara, ya sea por falta de memoria, por miedo a aparecer como compinche o por cualesquiera vaya Vd. a saber otras razones, de aquel trío que iniciara el suceso, los referidos Don Lope, Don Cornelio y Don Fructuoso, hasta tiempo después de la muerte de estos, en que alguien atando cabos acabo por indicar de donde partió la bellaquería, y entonces el Concejo de Madrid acordó que aquella calle donde fue instalado el cadalso para el suplicio de los tres inocentes fuera llamada de “las Tres Cruces”.

por Gonzalo de la Sen

4 comentarios en Calle de las Tres Cruces

  1. Maribel
    12 Junio 2008 at 12:36 pm

    Estupendo Gonzalo. Siempre se aprende algo

  2. José-Enrique
    21 Junio 2008 at 1:36 am

    Si quereis ver algunas de las fotografías que se hicieron el sábado día 14 con motivo de una visita de esa Asociación a Aranjuez, nuestro informático las ha colado en la página del Casino de Aranjuez..en http://www.aranjuez.es…mirad en Asociaciones..después en Casino de Aranjuez y pinchad en donde aparece una joven bailando “la danza del vientre” Saludos a todos los que vinieron a este Real Sitio.

  3. Jose-Enrique(Tio de Julio Real)
    21 Junio 2008 at 1:39 am

    La página a que hago mención en mi anterior comentario es http://www.aranjuez.es

  4. Teresa
    14 Mayo 2009 at 1:41 pm

    Es insgtructivo y muy ameno, espero qe escribas más noticias de este género

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