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Trieste, Melodías de su pasado

trieste-escudo.png UN SÍMBOLO DE LA CIUDAD DE TRIESTE EN MADRID

En el mes de junio de 2007, nuestra querida amiga Pilar, nos preguntó si sabíamos qué era una especie de mástil rematado con una pica, situado en la esquina de la calle Orense con Raimundo Fernández Villaverde.

Me puse a investigar, realizando fotos del lugar, y no sólo había un mástil en la calle Orense esquina a Raimundo Fernández Villaverde, sino otro más en la esquina de Orense con la Plaza del Manuel Gómez Moreno, o sea, a los dos lados del Edificio llamado “Edificio Trieste”.

Con esa referencia, seguí buscando, a través de la Junta Municipal del Distrito de Tetuán, del Colegio de Arquitectos de Madrid (aún sin noticias), y en la ciudad cuyo nombre lleva el edificio. Por fin, aunque han transcurrido unos meses, y he recogido los frutos de mi insistencia.

He recibido toda la información de Director del Civi Musei di Storia ed Arte de Trieste (cuya traducción adjunto “Trieste. Melodías de su pasado” por Silvio Rutteri Edicciones LINT Trieste 1968) traducido por Greogorio Lanseros y que describo a continuación. Dichos mástiles, se tratan de la “Alabarda de San Sergio” considerada como arma heráldica de la ciudad de Trieste, de elegante hoja de acero, no tocada por el óxido y que se conserva en el Tesoro de la Catedral.

Trieste es una ciudad situada al norte de Italia a orillas del Mar Adriático y casi en la frontera con Eslovenia. Es la Capital de la provincia del mismo nombre, en la región llamada Fruli-Venezia Giulia.

TRIESTE
Melodías de su pasado
Silvio Rutteri

LA ALABARDA DE S. SERGIO

“En el cielo, sobre el campo de batalla del emperador romano Constantino, estaba a punto de aparecer la insignia de la Cruz, promesa segura de victoria. Las corrientes amarillentas del Tíber arrastrarían, en breve, el cuerpo del derrotado Majencio, quien en vano había pensado que el día inicial de su séptimo año de reinado sería magnífico y había sacado a sus hombres de las rocas rojas de la vía denominada Flaminia para la batalla. Al año siguiente, 1313, debía confirmarse para los cristianos, con la solemnidad de un edicto imperial, la paz de tolerancia, el fin, dentro de los confines del Imperio Romano, de la persecución plurisecular.
Tan sólo una década antes le habían cortado la cabeza, por la fé de Galileo, al último mártir de la historia de la iglesia triestina: Sergio. No era triestino, pero este joven había tenido su primer contacto con nuestro pueblo en calidad de tribuno militar transferido con sede en nuestra ciudad. Llamado de nuevo a Roma por los emperadores Diocleciano y Maximiano, que habrían de valerse de su virtud para una acción victoriosa contra los persas, oyó en su corazón una voz que presagiaba una oleada de furor contra la religión del Nazareno. Y presintió que su afiliación secreta a la nueva fe sería descubierta y que encontraría la muerte entre torturas. En el dolor del alejamiento de sus hermanos de Trieste, hizo la promesa de no olvidarlos nunca y que en el momento del fin supremo le sería concedido mostrarles un signo de su inolvidable afecto. De hecho, a la victoria sobre los enemigos le siguió una orden para perseguir a los cristianos, y el propio emperador Maximiano quiso convencerse personalmente de que era cierta la acusación hecha contra Sergio de que era un adorador de la Cruz. Obtenida la confesión, lo degradó de sus cargos, mandó que lo arrastraran por las calles ataviado, para ludibrio, con ropas femeninas, lo entregó al prefecto de la provincia del Eufrates, Antioco, para que intentase apartarlo de la apostasía y lo quebrantase mediante tortura. Pero Sergio, aunque atado al carruaje del prefecto y obligado a correr con calzado en cuyo interior había clavos afilados, ni se doblegó a reconocer a los dioses paganos ni murió bajo la atrocidad de los dolores. Pero la decapitación lo elevó a la gloria del martirio.
El signo prometido para recordar el vínculo con nuestra gente y para anunciar el fin de los tormentos fue una alabarda caída de un cielo sereno sobre el Foro de la ciudad. Así lo quiere una pía tradición, así se justifica la elegante hoja de acero, no tocada por el óxido, que se conserva en el Tesoro de la Catedral. Con una base cónica, hueca por dentro, para poder fijarse en el extremo de un asta, surge la hermosa lanza que, desde un engrosamiento inferior se va afilando en un largo afilamiento superior, en cuya base se abren dos brazos curvados con forma de cuarto creciente. La longitud de los dos arcos es distinta, porque el de la izquierda parece más reducido en cuanto a largura y anchura. El enhiesto instrumento, más que con las formas de una alabarda, guarda estrecha relación con el tridente, o sea, con el espontón provisto de dos alas, bien con forma de arco o con otra forma, utilizado por las infanterías italiana y corsa, de la cual ha derivado su nombre en italiano (corsesca). Su uso fue históricamente anterior al de la alabarda, que se empezó a usar a principios del Siglo XIV.
No obstante, el estatuto ciudadano de 1350 utiliza una definición con mayor propiedad, refiriéndose a nuestra arma con el nombre de “lanza de San Sergio”. En las páginas dedicadas a la constitución comunal, y que con gran mérito divulgó Marino de Szombathely para conocimiento público, se menciona en dos ocasiones este emblema triestino. Estaba gravado sobre la bola de hierro que los capitanes se traspasaban unos a otros durante el servicio de vigilancia en las guardias urbanas nocturnas. Adornaba, tanto por delante como por detrás, la vestimenta roja del pregonero, quien, si se daba la circunstancia de que no llevara el signo debía ser obligado a llevarlo y podía ser expuesto incluso en la picota. Este signo aparece también como adorno figurativo de la letra inicial de un capítulo. En esto se ve la más clara confirmación de que era considerada ya como el arma heráldica de la ciudad. E incluso un siglo antes de que las importantes páginas estatutarias fueran recopiladas, la alabarda aparece en el cuño de una moneda episcopal. Son los años en los que la lucha se alterna aún con un continuo de renuncias y de reconquistas entre la autoridad episcopal y la gallarda ascensión de la libre Municipalidad itálica. El obispo Volrico consiguió reconquistar, entre los derechos que su predecesor Giovanni había vendido al Municipio obligado por las condiciones financieras de la Iglesia, el derecho a poder acuñar moneda. Pero lo obtuvo parcialmente, porque las monedas de su obispado, acuñadas durante dieciséis años a partir de 1237, muestran por un lado la efigie del obispo, pero por el otro muestran el emblema del Municipio, que a veces se representa con la figura de San Justo, a veces con una estilización de murallas y torres ,y otras, por el contrario con el estandarte de la alabarda. Así pues, este Municipio, en el que a principios del siglo XII el “superintendente” ejerce las funciones del podestá, que de hecho había aparecido dieciséis años antes y que en el último lustro de ese siglo sigue aún imperando sobre cualquier derecho episcopal, se presenta ya ante el mundo bajo la enseña de San Sergio.
Si bien en el año 948 Trieste tuvo un representante del rey itálico en la persona de su obispo, esta dependencia de la ciudad para con el reino no confirió a la autoridad eclesiástica el carácter de feudo. Por ello, ya en los primeros cincuenta años del siglo XI, ayudado por el hecho de la pobreza de la Iglesia y provocado por la presencia de obispos extranjeros, va desarrollándose la formación de las organizaciones municipales. Cando las condiciones financieras de la iglesia empeoraron aún más y sometieron al obispo y a la ciudad a la dependencia del Patriarcado, en lugar de a la más inmediata del Reino Franco, el sentimiento de autonomía municipal se vio reforzado en el ánimo de los ciudadanos, de tal forma que el “superintendente” (gastaldo) cívico llegó a hablar, en 1139, en nombre del Municipio “de Tergesto”, en vez de en nombre de la autoridad episcopal. Así pues, es lícito remontarse a buscar los orígenes de la enseña ciudadana (la alabarda) hasta principios del Siglo XII, cuando los ciudadanos manifestaron sus primeros deseos en favor del reconocimiento de los derechos de un poder civil.
La lanza de S. Sergio brilló, pues, con blanco acero sobre el bermellón del escudo triangular, que representaba el que se utilizaba en la armadura del guerrero y estaba destinado a proteger la mitad de su cuerpo, sujeto sobre el hombro por medio de una cinta. Y lució cándida sobre el campo rojo de la bandera, símbolo perenne de la inocencia y de la pureza de una causa por la cual batirse hasta el derramamiento de sangre. Simbolizó así el candor del primitivo mártir cristiano y prolongó su tributo cruento. Se erigió después en expresión de justicia y de fuerza en el fervor batallador de las luchas comunales.
De aquí que el Municipio, cuando imprimió su sello en los documentos, aunque renunciara al combativo triángulo de fondo, no se olvidó de la lanza del legionario romano. Representó, dentro de aquel cerco, la robusta dovela de la ciudad amurallada y torreada; unió con un tramo de muralla una torre central más alta con otras dos laterales, dispuestas para la defensa con el almenado güelfo; en lo alto, sobre las ménsulas laterales de la torre central fijó, inclinadas al viento, dos alabardas. En el contorno, la leyenda perpetuaba los confines del Municipio ya constituido. Iban desde Sistiana, por la carretera pública a lo largo del talud de la Vena, girando en arco hasta el monte Castellier, por encima de Zaule, para descender después hasta la fluctuante extensión del mar. Por ello, la leyenda decía: “Sistilianu/publica/castilir/mare/certos/dat/michi/fines”. Dentro de los confines seguros se agitaba una llama de laboriosidad y de fervor que hizo tan variado y rico de vicisitudes el curso del Siglo XIII. Por ello dos llamas descendieron de las astas de las dos enseñas mencionadas. En dos líneas, de forma pomposa, y debajo de la plataforma torreada y plegada en ángulo en uno de sus extremos para significar su continuación, se gravó el nombre de “Tergestum”.
Una vez más, una alabarda de hierro, con sus dos alas de dimensiones distintas, como la original del Tesoro, fue fijada sobre una alta base de piedra arenisca recordando, en la forma y en las rodajas, a un melón y colocada como veleta en la torre del campanario de la Catedral. La inscripción gótica, gravada en su base para recordar la venida de Jesucristo portador de paz, basta para determinar la época del siglo XIV en la cual el significado del arma encontraba fiel reflejo en las inquietudes por la conservación de la libertad. Por ello, en ese mismo siglo, sobre la admirable madera pintada del tríptico del Convento de S. Clara, aparece de nuevo, en la parte exterior de una de las dos puertas de cierre, la figura de S. Sergio con la lanza tan querida por él. Pero el artista, que no era de aquellas tierras, no tuvo en cuenta la curvatura de las alas de la alabarda tradicional ni de su diferente longitud.
Sí que las respetaron, sin embargo, los canteros triestinos del S XIV, según puede verse en las piedras con escudos indemnes donde resulta difícil saber cuánto de su ejecución se deberá a la impericia y cuánto, por el contrario, a un amor fiel y devoto por aquél primitivo acero del cual conservó a lo largo de los siglos su celosa custodia y que fue venerado como símbolo patriótico. No solo se quiso que estuviera representado en la solemnidad del ábside central de la Catedral, pintando al fresco entre los santos que rodean a la Madonna la figura y la lanza de San Sergio, sino que lo perpetuaron también en el exterior de la fachada de la Iglesia para que sirviera de guía al ciudadano a través del acceso principal al templo supremo. Así vivió este culto por el sacro signo aquella romana, Tulia Seconda, cuyo busto fue esculpido hace doce siglos en el primer recuadro de la jamba derecha de la puerta mayor, y que, a pesar de constar su nombre, y de los pendientes colgantes de sus orejas, vio como la cambiaban de sexo. De hecho, una mano ruda cinceló una aureola en torno a la cabeza de la liberta, confió a sus dedos el trofeo alabardado y la transformó intencionadamente en un S. Sergio.
A continuación, por el contrario, las tendencias agitadoras y fantásticas del barroco abandonaron el cuarto creciente, crearon curvas enérgicas y apretadas, enroscaron las terminaciones en punta hacia el interior y las prolongaron hacia el exterior como cintas flexibles. El error de interpretación se mantuvo después en el siglo pasado, como reflejo de los diferentes gustos, y no se ha aclarado en el presente.
Sin embargo, en el arma antigua solo se refleja la austeridad del símbolo, que en la audacia de la ocasión no olvida la gentileza del corazón, donde la fuerza se alía con la elegancia en una expresión de unidad espontánea.”

alabarda-de-san-sergio2.pdf

Creo que queda claro el motivo por el cual, se flanquea el Edificio Trieste con los mástiles rojos rematados con la Alabarda de San Sergio, aunque por parte del Servicio Histórico del Colegio de Arquitectos queda pendiente contrastar este extremo.

Quiero agradecer al Director del Civi Musei di Storia ed Arte de Trieste, dott. Adriano Dugulin, que muy amablemente me facilitó toda la información, así como a mi querida amiga Matilde y a su hermano Gregorio Lanseros, autor de la traducción.

 

lanza-orense.jpglanza1.jpg

Mª Jesús Jiménez Revuelta
Marzo 2008

6 comentarios en Trieste, Melodías de su pasado

  1. Manuel Ángel Martínez Prieto
    28 Marzo 2008 at 12:28 am

    Enhorabuena María Jesús. Es un trabajo de un valor importante. No se va a encontrar ninguna explicación con tanto detalle como el descrito en este artículo. Te felicito de todo corazón.

  2. Mercedes Gómez
    28 Marzo 2008 at 9:00 pm

    Yo también te felicito, Mª Jesús, tu trabajo es perfecto y muy original.

    Espero que Pilar y sus amigos, que fueron quienes originaron tu investigación sobre la “alabarda”, queden satisfechos.

    Merche

  3. Conchy
    30 Marzo 2008 at 8:55 pm

    Mi enhorabuena sincera y mi admiración por el tesón con que has llevado esta investigación. Puedes estar orgullosa, has descubierto un trozo de historia no contada de Madrid.
    ¡ Buen trabajo amiga !

    Un beso Conchy

  4. maria dulce
    1 Abril 2008 at 3:02 am

    Estupendo artìculo, Un beso

  5. Pilar
    28 Abril 2008 at 8:26 am

    ¡ Hola !

    Pues sí, Mª Jesús, la verdad es que el artículo es una pasada, muy chulo… ya se lo he comentado a mis compis, para que vean con quiéne stratan cuando tratan con el foro, je je…
    Muchas gracias por tu esfuerzo, de corazón.
    Yo recuerdo que hace no mucho (incluso en las fotos del qdq se veía) en el lateral del edificio donde está Generali (Seguros La Estrella), delante de una de las “picas”, en la esquina de Raimundo Fernández Villaverde con Orense, ponía “Edificio Trieste”. Hace como tres años, quitaron este rótulo, pero estoy completamente segura de que lo ponía. Generali es una compañía italiana, concretamente, tiene su sede en Trieste…. ¿casualidad o causalidad?
    ¡ Muchos besotes a todos !
    :o)
    Pilar

  6. La plaza asomada sobre el mar más grande de Europa (2) | Blog de Viajes
    10 Abril 2009 at 6:13 am

    […] tocan la campana cada cuarto de hora con la alabarda (símbolo de la ciudad que también lo pueden ver en Madrid a los dos lados del Edificio Trieste, situado en la calle Orense). Fotografía: […]

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