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El Cementerio Civil de Madrid

Santiago Giménez Roldán
Neurólogo
Asociación Cultural Amigos del Foro de Madrid

Paseaba de la mano de mis padres, uno de los recuerdos remotos de mi infancia, carretera de Vicalvaro abajo. Frente al interminable tapial de La Almudena, un portón herrumbroso, y sobre él un letrero emborronado. Los escuché comentar en voz queda: “Es que solo lo abren para los diplomáticos”. Tardaría muchos años en comprender que allí también estaban los innombrables, heterodoxos de la doctrina oficial, muchos de ellos hombres de ciencia y también magníficos españoles [1 ]. He vuelto a pasear con melancólica tristeza entre sus tumbas, algunas quebradas ya por el tiempo y el olvido (fig. 1).

figura 1

Fig 1.Entrada al Cementerio Civil de Madrid, frente al enorme tapial de La Almudena, hoy Avenida de Daroca. A unos pasos, el Crematorio.En elarco de la entrada podía leerse tras la Guerra Civil “Cementerio Municipal”, hoy ilegible. Iglesias como tumbas

Pasar a la eternidad en proximidad de las reliquias de mártires y santos podría traer beneficios, al igual que las misas y plegarias de los vivos, acortar quizás al paso por el Purgatorio. No fue otro el origen de los enterramientos en el interior de las iglesias o en su proximidad (no sólo en España: en el Reino Unido es común encontrar aún viejos cementerios a la entrada de los templos, incluso en el centro de las ciudades). Y cuanto más cerca del presbiterio, mejor. Derechos y estipendios marcarán inevitablemente estratos sociales. No todos alcanzarían a costeárselo: será origen del dicho “no tener donde caerse muerto”. Sus cuerpos vendrían a ocupar los patios de hospitales de misericordia, aliviados de tanto en tanto por lo que se denominaban “mondas”, un término que hoy se nos antojaría como humor negro. No ha sido raro en nuestros días que obras de cimentación sacaran a la luz viejos osarios. Ha sido el caso en el actual Parlamento de Andalucía, que funcionó como hospital hasta 1972 o, sin ir más lejos, en las obras del aparcamiento frente al antiguo Hospital General de Madrid, hoy Museo Reina Sofía.

Pero el enterramiento en las iglesias origina preocupantes problemas de espacio y de salubridad. En el reinado de Carlos III (1787) se hacen recomendaciones para retornar a los antiguos cementerios alejados de las poblaciones, una propuesta por lo demás bien acogida por el Cardenal Primado de Toledo. Con todo, el gran arraigo social y religioso de los enterramientos en el interior de las iglesias dificultará que la recomendación y sus buenas razones sean llevadas a la práctica. Seguramente con métodos más eclécticos, el afán modernizador de José I Bonaparte, el “rey usurpador”, vino a imponerlos durante su corto reinado.

Fue así, junto a la Puerta de Fuencarral, en 1809, cuando e se inauguró formalmente el primer cementerio de Madrid fuera del ámbito físico de las iglesias. Un año más tarde le seguiría otro en las proximidades de la Puerta de Toledo. Promovida por sus cofrades la Sacramental de San Isidro surgió poco después [2 ]. Tardó tiempo en entrar la idea en la población, pero las grandes epidemias de cólera en nuestro país (1855 y 1865) acabarán convenciendo de las razones higienistas de los cementerios construidos lejos de la población, tal y como los conocemos hoy día.

Quedaría por resolver un grave conflicto, nada menos que definir a quien correspondía su propiedad, si a la Iglesia – tal como venía siéndolo en la práctica- o a los ayuntamientos locales.

“El corralillo”, prolegómeno de los cementerios civiles

El “corralillo”, término “entre cínico y burlón”, infame lugar al que se condenaba a apostatas o suicidas así como recién nacidos que no alcanzaron recibir un Bautismo “de necesidad”, el que todo cristiano puede imponer de apremiar un inminente peligro de muerte para el recién nacido [3]. La lista de los condenados sería ampliada con los años. Una ley canónica promulgada por Benedicto XV añadía como indignos de recibir sepultura eclesiástica “los cuerpos de quienes hubieran contraído únicamente matrimonio civil o vivieran manifiestamente amancebados”. Más tarde, en 1869, las censuras establecidas por Pio IX incluían, además, “a todos y cada uno de los que sean heréticos, apostatas o que propugnen la herejía o lean libros prohibidos y los que los retienen”. Cualquier lugar en el campo, cubierto con algunas piedras para evitar que escarbaran los perros, podría valer para los excluidos.

Sería tras la Vicalvarada, el pronunciamiento militar que llevó al bienio progresista (1854-1856) durante el reinado de Isabel II. Un decreto del 29 de abril de 1855 establecía que, en toda población con más de 600 habitantes, habría un lugar en el cementerio en el que confinar a los excluidos de recibir sepultura “en sagrado”. Sería, en la práctica, un rincón de la infamia; un tapial establecería una ostensible separación entre ambos. Convertidos en eriales y basureros, contrastarán estos despreciables rincones con la profusa ornamentación floral de nuestros camposantos, un sitio maldito al que se avergonzaría de visitar familiar alguno.

En muchos pueblos de nuestra geografía todavía pueden verse vestigios de rincones delimitados por una valla semiderruida y abrumada cardos y zarzales.

Un lugar en el Cementerio General del Sur de Madrid

Para sorpresa y escándalo de la sociedad más conservadora, estos lugares malditos comenzarán a ser también solicitados por racionalistas convencidos de lo que la ciencia demostraba con ostensible evidencia. No lo solicitarían, como podría suponerse, personas significadas por posturas abiertamente, anticlericales: también exigirán una tumba laica republicanos, librepensadores y, como tragedia personal, cristianos que se sentían contrarios a los inflexibles dogmas de la Iglesia Católica.

Tras “La Septembrina” de 1868, fue acotado en el Cementerio General del Sur, en Madrid, un espacio para quienes explícitamente hubieran solicitado un enterramiento laico (el Cementerio del Este tardaría aún años en levantarse). Sería, por así decir, el primer cementerio civil formalmente establecido distinto de los infamantes “corralillos”. Separado, eso sí, por gruesa pared que les alejara del lugar que acogía, unos metros más allá, otros menos inconformes con la norma oficial. Serán los seguidores de la doctrina krausista (tolerancia y libertad de cátedra frente al dogmatismo) como Julián Sanz del Río (1814-1869) , el primero en ser así enterrado fuera del tutelaje de la Iglesia, quienes aceptarán con más entusiasmo la idea del Cementerio Civil de Madrid. Fue el drama de muchos clérigos de la época, como el franciscano descalzo, más tarde entregado krausista, Fernando De Castro (1814-1917), alejando paulatinamente de la Iglesia Católica, incapaz de reconciliar los dogmas cristianos con las nuevas evidencias ofrecidas por la ciencia. Sus publicaciones, tenidas por heterodoxas, fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos. Como muchos krausistas, vivió angustiado el problema religioso hasta sus últimos días suspiros. Siguió celebrando Misa y pidió ser enterrado vistiendo su sotana (fig. 2).

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Fig 2. Cementerio Civil de Madrid.Lápida que cubre los restos de don Fernando de Castro (814-1874) . Franciscano descalzo y krausista convencido, sus obras fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos. El escritor Jiménez Lozano relata cómo siguió celebrando Misa y pidió ser enterrado con sus hábitos eclesiales.

El cementerio municipal de Madrid

“La Septembrina” de 1868 no sólo significó el exilio de la reina Isabel I. Un decreto del 17 de noviembre de ese mismo año autorizaba la creación de un “cementerio municipal” en Madrid. Se argumentaba su necesidad en base a “los frecuentes conflictos en épocas de intolerancia y exclusivismo”. En adelante, pues, serán los Ayuntamientos quienes ostenten la propiedad y administración de los cementerios, de todos ellos. Como se preveía, será motivo de reiteradas confrontaciones. Lo considerará la Iglesia un expolio tan grave como la desamortización, acusando a los Ayuntamientos de haber inventado un lucrativo negocio; estos, ofreciendo razones de higiene y de libertad de culto. Localidades hubo en las que, eclécticamente y para obviar conflictos de última hora, se fabricaron dos llaves para entrar en el cementerio de la villa, una para el cura párroco, la otra en manos del alcalde.

Apenas instaurada la Restauración borbónica, en 1877, el alcalde de Madrid don José Abascal propuso la creación en los desmontes de La Elipa la Necrópolis del Este bajo la invocación de Nuestra Señora de la Almudena (los madrileños lo simplificarían luego como “La Almudena”). Se preservó un espacio, considerablemente reducido hasta 1975, destinado a cementerio civil. Ambos iniciaron sus funciones casi simultáneamente, en 1884. Significativo con respecto a los criterios para rechazar enterramientos en La Almudena fue su primera inhumación. Se llamaba Maravillas Leal Martínez, tenía tan sólo veinte años y se había suicidado. Entre los restos que fueron trasladándose en años sucesivos están tres de los cuatro presidentes de la primera república española. El cementerio civil ha expandido enormemente sus terrenos tras el advenimiento de nuestro actual sistema democrático, no sólo por razones políticas sino por acoger a numerosos residentes en nuestra ciudad confesos de otras religiones.

Las infamantes tapias de los cementerios municipales, los viejos “corralitos”, han sido levantadas y derribadas una y otra vez con los traumáticos vaivenes del péndulo de nuestra reciente Historia. Memoria demasiado viva para hacer necesaria su reiteración [4].

Símbolos y epitafios

La visita al Cementerio Civil de Madrid, bordeando viejas lápidas en las que el tiempo ha dejado pátina de verdín y desleído postreros mensajes, es una lección de historia y de tolerancia. Igualados por la muerte, se ofrece una variopinta exhibición de hoces y martillos, el triangulo y la plomada masónicos, palomas de la paz, candelabros judaicos, en fin. Cruces cristianas también, muchísimas cruces (figs. 3-8).

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Fig 3.Con gran diferencia, el símbolo que predomina en el Cementerio Civil de Madrid es la cruz deJesucristo.

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Fig 4. Cementerio Civil de Madrid.Los símbolos masónicos -plomada, compás y escuadra- encabezan esta curiosa lápida costeada por la Sociedad de Albañiles “El Trabajo”.



Fig 5.El candelabro de siete brazos(“Menorá” ) es el símbolo más antiguo del judaísmo.En la Torá se mencionala existencia de un candelabro en oro en elinterior del tabernáculo. Se supone que representa a la vida.

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Fig 6. Cementerio Civil de Madrid. Mausoleo erigido en 1891a labogado y presidente de laPrimera República Españoladon Estanislao Figueras y Moragas(Barcelona, 1819; Madrid, 1882). El Partido Republicano Democrático Federal (“Partido Federal”) tuvo una amplia representación parlamentaria de regiones de lengua catalana. Fue creado tras la Revolución de 1868.

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Fig 7. Cementerio Civil de Madrid. No abundan los emblemas de partidos políticos como el que aquí se muestra.

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Fig 8.Como en los cementerios católicos, abundan también aquí el símbolo de la Paloma de la Paz.

Son también diversas las leyendas emborronadas por lluvias y soles de años, epitafios en los que se pretendía, en un gesto postrero, resumir en una frase convicciones y dudas. Filosóficas algunas, retadoras las menos. “Nada hay después de la muerte”, proclama una. “La conciencia pura, recta y sencilla es la única gloria de los hombres”, dice otra. Pequeños túmulos, sin símbolo ni nombre, permiten que cada cual imagine su mejor lema para ellas. También lenguas extranjeras, exóticas algunas (figs. 9 y 10)

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Fig 9. Un epitafio en caracteres orientales.Además de latinos, pueden encontrarse lápidas inscritas concaracteres cirílicos, hebreos yárabes.

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Fig 10.En el Cementerio Civil abundan también epitafios en muy diversas lenguas y caracteres. Esta en inglés dice “Ven hacia Mi, y Yo te daré el descanso”.

La leyenda sepulcral sobre el pequeño mausoleo de don Nicolás Salmerón, tan repetida, reza así:

Por la elevación de su pensamiento
Por la rectitud inflexible de su espíritu
Por la noble dignidad de su vida
“Dio honor y gloria a su país y a la Humanidad “(Clemenceau)
Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte

Tres médicos en el Cementerio Civil

Los anaqueles de las bibliotecas personales de médicos y boticarios del siglo XIX abundaban en obras de Víctor Hugo, Darwin y Renan. La detección perspicaz del signo físico, el tajo preciso del bisturí, la mente lúcida `para comprender la pócima capaz de atenuar tal o cual otro síntoma, había convertido a muchos médicos y boticarios en librepensadores que abrazaron la buena nueva de las ideas positivistas y la evolución, lejos de improbables y arcaicos aforismos. No siempre su ideología fue exactamente coincidente. Valgan por ello aquí breves pinceladas de tres médicos, significativos todos ellos en nuestra Historia, pero por diferentes razones: un masón, como Luis Simarro Lacabra; uno de los fundadores del Partido Socialista Obrero Español, como Jaime Vera y, finalmente, la de Pío Baroja, furibundo anticlericalista y ateo confeso.

El lema vital de Luis Simarro Lacabra (1851-1921) fue “Libertad y Justicia”. De cultura portentosa –el legado de su biblioteca, hoy Fundación Simarro, representa un auténtico tesoro-, la vida de este médico de poliédricos intereses fue de lucha constante contra la intolerancia religiosa, el caciquismo y la pena de muerte. Se le considera fundador de la Psicología Experimental en España, la primera cátedra de esta materia que hubo en nuestro país. Un hecho transcendental fue proporcionar a Ramón y Cajal el método para teñir las células nerviosas mediante el cromato de plata que habría aprendido en Paris, un punto de partida fundamental en Neurobiología. Defensor radical de cementerios fuera del control de la Iglesia Católica y Gran Maestre de la Masonería Española, no es de extrañar que sus restos reposen en el Cementerio Civil de Madrid [5] (fig. 11).

figura 11

Fig 11.Lápida mortuoria de Luis Simarro Lacabra en el Cementerio Civil de Madrid. Como reza el epitafio, su cátedra de Psicología Experimental fue adscrita, sin duda con poca lógica, a la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid (foto del autor). La lápida actual (2010), unos 30 años después, aparece visiblemente más deteriorada y casi ilegible

Es conocido que el Partido Socialista Obrero Español fue fundado por médicos y tipógrafos, Pablo Iglesias empleado en una imprenta de la calle del Limón y el salmantino Jaime Vera López (1859-1918), neuropsiquiatra del Hospital General de Madrid, entre otros (fig. 12). Su padre, amigo personal de Pi y Margall, le dio una educación basada en los principios krausistas. Al margen de su ideario político, Jaime Vera fue un médico dedicado y bondadoso; don Gregorio Marañón le recuerda cuando, ya muy anciano y casi ciego, seguían sus enfermos solicitando verle, siquiera fuera por escuchar sus palabras de consuelo y sus ponderados consejos [6]. La necrológica publicada por Blanco y Negro el 25 de agosto de 1818 se refiere a él como un intelectual, más estudioso que hombre de acción, capaz de mantener una conversación en latín y excelente clínico en el campo de las enfermedades nerviosas y mentales

figura 12

Fig 12.Una lápida recuerda al doctor Jaime Vera en un colegio de la calleBravo Murillo de Madrid (foto del autor).Aunque endistintos grabadoslo representan con “txapela”, eledoctor Vera era salmantino.

El 31 de octubre de 1956 la prensa da noticia del fallecimiento de don Pio Baroja, médico rural en algún momento de su vida [7 ] (fig. 13). Ateo confeso y solterón de paseo solitario por las frondas del Ángel Caído, se relata cómo su féretro fue sacado a hombros por Camino José Cela y Ernerst Hemingway desde su piso de la calle Ruíz de Alarcón. Su deteriorada salud no superó una fractura del cuello del fémur. Una foto en la prensa del día siguiente muestra un reducido grupo de personas agrupadas junto a su tumba, pero se soslaya toda referencia al cementerio en el que transcurría la ceremonia. Se silencian también las presiones que su sobrino Julio Caro Baroja hubo de soportar, la única familia que, junto a su hermano Pío, le quedaba al novelista. Se pretendía soslayar con ello que se cumpliera la voluntad de don Pío, un tanto “comecuras” y cascarrabias, de ser enterrado en el Cementerio Civil, su última rebeldía. Debieron de transcurrir años para que se conociese la verdad [8].

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Fig 13.Don Pió escribiendo ensu modesta mesa de trabajo, con su inseparable boina,enfundado en grueso gabán

Advertirá el paciente lector que se ha omitido toda referencia a políticos allí enterrados. No es este el lugar. Pero hay una anécdota –tendría muchas que contar- que quiero reseñar. No era verdad, como escuché decir a mis padres como recuerdo remoto de mi niñez, que el Cementerio Civil de Madrid sólo se abriera cuando fallecía un extranjero. Sobre la tumba de Pablo Iglesias siempre hubo flores frescas. Nunca se ha sabido de quien era la mano ni el modo por el que entraba.

Bibliografía

1. Menéndez Pelayo M. Heterodoxia en el siglo XIX. En: Historia de los heterodoxos españoles. Edición nacional de las obras completas de Menéndez Pelayo, vol. 41. Editor, E. Sánchez Reyes. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1948.

2. Martínez Sanz JL. El origen de los cementerios en Madrid. En: Madrid en la Sociedad del siglo XIX, vol. 2. Comunidad de Madrid, Consejería de Cultura 1986: 485-498.

3. Jiménez Lozano JJ. Los destinatarios del corralillo o la negación de sepultura eclesiástica. En: Los cementerios civiles y la heterodoxia española. Taurus Ediciones, S.A., Madrid, 1978.

4. Arbeloa VM. La Iglesia que busca la concordia (1931-1936). Ediciones Encuentro, S.A., Madrid, 2008.

5. Carpintero H, Campos JJ, Bandrés J. Luis Simarro y la Psicología científica en España. Cien años de la cátedra de Psicología Experimental en la Universidad de Madrid. Universidad Complutense, Madrid, 2002.

6. Jaime Vera (1859-1918), En: Valenciano Gayá L. El Doctor Lafora y su época. Ediciones Morata, S.A., Madrid 1977, págs. 39-41.

7. ABC (Madrid). Ayer falleció en Madrid Don Pío Baroja. Hacía meses que había perdido el conocimiento y llevaba varios días agonizando. Miércoles, 31 de octubre de 1956.

8. Pérez Ferrero H. El entierro de don Pío. ABC (Madrid) del 12 de marzo de 1972.

LAS NINFAS INDULTAN UNA FUENTE

Conchy Navarrete
Miembro de nuestra asociación

Tiene Madrid un almacén Municipal como otras ciudades, donde duermen piezas de arte de todo tipo, y donde el tiempo no existe. Bellos rostros que antaño fueron admirados, torsos que un día causaron sorpresa, o bustos aplaudidos en su inauguración, esperan arrinconados salir del olvido; fuentes secas, vacías, fuentes sin agua que nada son, también duermen un letargo sin fin.

El destino escrito en un día cualquiera de 1999, despertó a esta fuente, la indultó y las hadas del agua comenzaron a viajar por sus venas. Esta fuente recia y dura como el mismo hierro que la fundó, ese hierro que hizo el vaso que recoge el agua, la pérgola circular de ocho fuertes brazos con cabeza de pez en cada uno , suministran el agua en sentido vertical, de arriba a abajo, y remata el conjunto una piña, en su parte más alta; esta fuente peregrina que, abasteció con sus caños a los vecinos de distintos lugares de Madrid, parece tener vida eterna como el mismo agua, como eterno debió parecerle el tiempo que impaciente pasó en los almacenes Municipales a la espera de un indulto que acabara con su reclusión. Una fuente es calle, trasiego, murmullo, frescor, y vida; y esta fuente salió al indulto del tiempo, al sol que la mima, y al aire que la mece, y vive para cantar con murmullos su alegría de libertad, porque acabó su pena oscura.

La decadencia de nuestro Patrimonio artístico, hace menguar la exposición de toda belleza creada en otro tiempo, y se nos priva del placer de tener verdaderas obras de arte que duermen en un rincón de lo sin sentido, en el almacén del olvido.

La fuente indultada a la que me refiero, estuvo en la Plaza de la Encarnación, frente al convento, cerca de Palacio, asistiendo a reales ceremonias en lugar de preferencia, lo prueba un álbum de fuentes vecinalesque hay en el Museo de Historia, donde entre muchas figura la fuente de hierro a la que nos referimos ; “ que en el año 1864 siendo corregidor el D. De Sesto D. José de Osorio y Silva, y comisario del ramo de Fontanería D. Juan Bautista Peironet, se colocó esta fuente en la dicha plaza de la Encarnación”. No debió durar mucho tiempo a decir por la poca información que hay al respecto y por la fecha en concreto. Solo esta foto acredita su estancia, fueron pocos años en esta morada conventual, pero muchos en otros lugares

Continua esta fuente el camino que escribe su historia, el camino que la llevo quizás a un lejano lugar de Madrid, en aquella época, donde también llenó sus venas de agua, un lugar bello como lo fue la Quina de Miraflores o  del Condestable, más conocida  hoy como parque de la fuente del Berro, cuyo dibujo dice  ”Madrid. Aguadores de la Fuente del Berro . 1868 “. Creo que no hay duda que se trata de la misma fuente.

Es sabido que sus aguas fueron siempre apreciadas por los reyes de España, en especial por los de la Casa de Austria, aunque posteriormente los Borbones también supieron del beneficio de las mismas. Desde su primer dueño en el siglo VXII, D. Bernardino Fernández de Velasco, Duque de Frías y Conde de Haro, pasando por Felipe V, los monjes benedictinos de Montserrat, la adelantada de Costa Rica Maria Trimiño Vázquez de Coronada, todos y más, se beneficiaron de esta agua.

En 1941 pasa al Ayuntamiento este parque de la Fuente del Berro, declarándose jardín histórico, su agua continua siendo famosa.

Durante el siglo XIX, existía una propietaria que seguía teniendo la llave que daba acceso y abría el arca del agua de esta fuente del Berro, ya que aunque la finca tuvo varios propietarios, el agua siguió siendo de propiedad Real. Este año que nos indica el dibujo, fue el año que coincide con el destronamiento de Isabel II; muchos parques y jardines pasaron a propiedad Municipal. Lo más probable es que la fuente se instalará para acceso del todo Madrid a su rica agua.

Sigue esta fuente a paso peregrino, recia, austera, y firme cumpliendo la misión que le fue encomendada, apagar la sed . Pero no acaba aquí su trasiego, ya que gracias a algunos amigos que me dieron referencia de esta nueva ubicación, pude encontrar en grabados antiguos, este que muestra el lugar que ocupó desde 1895 , y que al parecer estaba frente al convento de las Capuchinas, hasta que dicho convento desapareció en los años setenta del siglo pasado, llevándose también esta fuente por delante, hasta dar con sus “ hierros “ en la cárcel-almacén de la Villa. Este convento de la Concepción de Nuestra Señora de monjas capuchinas fue fundado en 1617, en la calle Mesón de Paredes, y se trasladaron a esta plaza llamada hoy del Conde Toreno en 1627. Actualmente el lugar que ocupaba la fuente, ha sido sustituido por un edificio de apartamentos. Aquella fuente que susurró con su canto allá donde fue, será eterna, aquella fuente que nos dio su agua clara y fresca no desaparecerá, no se puede edificar sobre la memoria y el recuerdo . Su historia está escrita, en fotografías, grabados y dibujos, y permanecerá en la historia para siempre ,pero ¿quién recordara un edificio de viviendas?, pocos diría yo, sin embargo, también está en el recuerdo de muchos la cárcel del Conde de Toreno, desde donde pudo haber escuchado el sonido de las aguas de esta fuente, Miguel Hernández …


Madrid sin agua potable - La cola es la fuente de las capuchinas

Recordada hoy por el servicio prestado a tantos vecinos en su larga vida, es compensada ocupando un lugar preferente en una antigua plaza de su Madrid. Las ninfas le han regalado una nueva vida.

Hoy luce ella, la fuente de la Cebada del siglo XXI, echando su agua hacia abajo, porque la dijeron un día que el agua de altos vuelos, termina mal y ella no quiere volver “allí” al rincón del olvido. Ella fue indultada por el destino, y hoy ocupa el mismo lugar, donde hace años estuvo bella fuente que diseñó Juan Gómez de Mora, y que las manos del alarife Pedro Pedrosa y Martín Gortairy ,la realizaron allá por el 1617. Terminó demolida en 1840, al parecer por su mal estado según dicen, y como a Fuente “ muerta”, fuente puesta, otra ocupó su lugar. Esta nueva fuente fue realizada por el arquitecto de Fontanería D. Pedro Ayegüi, consistía en un pedestal y jarrón como se aprecia en este segundo dibujo, muy sencilla en opinión de Madoz.

Grabado al aguafuerte (Louis Mennier 1665) de la fuente que diseñara Juan Gómez de Mora

Esta nueva fuente fue realizada según los diseños del arquitecto de Fontanería D. Pedro Ayegüi, consistía en un pedestal y jarrón como se aprecia al fondo y a la izquierda ,en este segundo dibujo del mercado de la Cebada, que en opinión de Madoz era muy sencilla.

27/03/1840, la nueva fuente, que sustituya a la de Juan de Mora


Mercado de la Cebada

Es posible que existan más domicilios de esta andarina fuente?, pudiera ser… seguir este rastro de una fuente tan inquieta, que durante casi veinte años estuvo encerrada para hoy escuchar el fluir de su agua y su historia, me hace confiar en que otras fuentes puedan tener el mismo fin.

Esta fuente fue colocada por el Ayuntamiento en el lugar que la vemos en 1999, ofrece su canto y su frescor al pueblo de Madrid. Aunque no se sabe su autor, ni el año en que fue realizada, no se la puede negar… que tiene un bello pasado.

Su presente es incierto, me temo, pronto se procederá a la remodelación de esta plaza de la Cebada, y no sabemos que pasará con la fuente ( ella no sabe nada, para que ponerla triste ), solo disfruta de este lugar de preferencia rodeada por el Teatro de la Latina, el Café de San Millán, el convento de La Latina, edificado sobre otro anterior, el mercado que da nombre a la plaza, y todo el bullicio de los domingos por el cercano mercado del Rastro.

Habrá que estar pendientes para seguir su rastro, no podemos permitir que la lleven de nuevo a la cárcel del almacén de la Villa.

Prometido.

Libros consultados y fuentes consultadas.

Fuentes de Madrid, Agustín Francisco Martínez Carbajo y Pedro Francisco García Gutierrez.
Diccionario Isabel Gea, y el Madrid desaparecido de la misma autora.
Madrid 1898. Guía Urbana
Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Madrid. Madoz
Fuentes Publicas Monumentales del Madrid del siglo XVII, Sol Díaz Díaz
Páginas de Internet de Grabados antiguos, cuya fuente es la Ilustración Española y Americana
Alfonso Begué, revista Villa de Madrid.
Once siglos de Mercado Madrileño, Pedro Montoliu Camps
Pagina amiga de Urbanity en internet.
La Cárcel de la Plaza del Conde de Toreno, internet

 

Robo del tesoro del Delfín

Gonzalo de la Sen
Miembro de nuestra asociación

Las colecciones de nuestro Museo Nacional del Prado, son objeto de la apetencia de los amigos de lo ajeno, lo que ha llevado (y lleva a sus encargados) a una constante vigilancia de los tesoros allí depositados, vigilancia que normalmente resulta eficaz pero que en alguna ocasión los amigos de lo ajeno han ganado la partida con mejor o peor suerte.

Entre las colecciones que guarda el Museo Nacional del Prado se encuentra la muy espectacular colección de joyas conocida como “El Tesoro del Delfín”, llamada así por ser un regalo que hizo Luis XIV de Francia al Gran Delfín Luis, padre éste que fue del rey Felipe V (1) , llegando a España el tesoro, a la muerte del Delfín (acaecida en 1712), como herencia paterna recibida por el referido primer rey Borbón de España; de dichas joyas se hicieron dos grupos o lotes, uno de los cuales se conserva en el Museo del Louvre, de París, y el otro, o lo que queda de él, que es la mayor parte, está en el Museo Nacional del Prado.

La parte de alhajas que vino a España las conservó mucho tiempo el pintor D. Domingo Sauni, Conserje y aposentador del Palacio y Sitio Real de San Ildefonso, y en el reinado de Carlos III, sin duda, como estaban pasadas de moda, y de ellas no se hacía uso ni se estimaba su mérito, se destinaron por Real Orden de 1 de Septiembre de 1775, al Gabinete de Historia Natural, y allí estuvieron hasta 1813, año en que se las llevaron los franceses a París, sin tener el cuidado de embalarlas, siendo restituidas en 1815 y depositadas nuevamente en el mencionado Gabinete hasta que se llevaron al Museo (2) .

El 14 de Agosto de 1839 se entregan al director del Museo, D. José Madrazo, procediendo a limpiarse y componerse en 1866, sin poner ni quitar piedra alguna, y al año siguiente se colocan en dos escaparates ochavados, en forma de linterna –proyecto de D. Juan de Madrazo–, en la galería central del Museo; dichos escaparates o vitrinas tienen unos dos metros de altura, y están guarnecidas de cristales, con sólidos marcos que se cierran herméticamente por fuertes y complicadas cerraduras de muy difícil fractura..

En uno de los escaparates, se colocaron las piezas de orfebrería de mesa y tocados, primorosamente labradas en el siglo XVI, eran 78 de los 86 objetos inventariados en tiempo de Carlos III..

En el otro se colocaron los vasos de cristal de roca, de bellas formas que, en opinión de D. Pedro de Madrazo, solo podían ser de Valerio Vicantino, los Misseronis o Sarrachis, en este escaparate se exhibían 47 piezas..

Con fecha 20 de Septiembre de 1918, por Don José Garnelo, subdirector entonces del Museo del Prado, se presenta denuncia sobre un importante robo en el Museo del Prado, manifestando que se echaron en falta 16 ánforas y varias copas de cristal de Bohemia, y que los objetos que quedaban se habían recolocado en el escaparate convenientemente espaciados para que no se advirtiese por los encargados de la su custodia la sustracción realizada, haciendo notar que los objetos robados eran de incalculable valor, no solo intrínseco, sino también artístico e histórico..

No se sabía cuando pudo haberse cometido el robo, pero se había llevado a cabo con tal habilidad, que la vitrina no había sido desvalijada por completo, dado que solo habían desaparecido de ella las joyas mas valiosas, lo que demostraba que el ladrón o ladrones sabían del mayor y menor valor artístico de los objetos que allí se encontraban, y dado que de algunos objetos dejados se habían llevado basamentos y pedrería, dejando allí lo demás, se podía pensar que el robo se había cometido en un largo lapso de tiempo o en varias etapas; por otro lado la puerta de la vitrina tenía descorrido el pestillo de la cerradura, en la que no aparecía fractura de ningún tipo, por lo que igualmente se pensaba que los ladrones se habían tenido que valer de una llave falsa, pues la llave de la de la vitrina asaltada, como todas las del museo, estaba depositada en la caja de caudales de aquel Centro, cuya custodia corría a cargo del director del Museo, Sr. Villegas..

Según la declaración del referido D. José Garnelo, descubrió el robo el día de la denuncia, a eso de las once y media de la mañana, pues al pasar por el salón grande del edificio, fijó por casualidad la vista en una de tales vitrinas, y advirtió la falta de un camafeo; alarmado ante la desaparición del valioso objeto artístico, llamó inmediatamente al conserje, D. José García, para que le llevase las llaves que cierran la vitrina, y que se hallaba depositada en la caja de caudales del Museo; una vez poder del Señor Garnelo la llave, fue introducida la misma en la cerradura de la vitrina, y observó que ésta se encontraba abierta y que faltaban otros diversos objetos artísticos de valor considerable, ordenando en ese momento que se cerraran las puertas del Museo, procediendo a desplazarse desplazo hasta el Juzgado interponiendo la correspondiente denuncia..

El Juez de guardia, que lo era el del Distrito de la Inclusa, se trasladó inmediatamente al Mueso, previo avisar por teléfono al jefe de la brigada de Investigación criminal, acudiendo al Museo el inspector de policía Sr. Fernández Luna, que procedió inmediatamente a un minucioso registro del museo sin obtener resultado alguno; se detuvo a los treinta y ocho visitantes que en el momento de descubrirse el robo se encontraban en el museo y que no habían podido salir por haberse cerrado las puertas del museo, y por el referido inspector se procedió a interrogar a los mismos y a los empleados del museo, en tanto por otro lado se observaron en los cristales y en algunas de las joyas que no habían sido robadas, huellas de varios dedos y de una mano, si bien con tales datos no era posible en aquel momento concretar ninguna acusación, procediéndose a sellar la vitrina, y se dieron ordenes para que nadie, ni siquiera los empleados, se acercase a ella..

La prensa de la época se lanza a obtener las versiones de los empleados del Museo sobre quien y como había podido ser el autor o autores del robo (aun se dudaba de si habría sido uno o varios), así surgen versiones sobre las sospechas que tenían algunos empleados de ser un ciudadano alemán que unos dos meses antes se dedicaba, durante largas horas de la tarde y de la mañana, a sacar reproducciones de las ánforas desaparecidas, y también algún empleado supone que el robo no se ha cometido de un solo golpe, sino que sus autores han ido en distintos días, y poco a poco, haciendo desaparecer los objetos que faltan..

También se publica que unas pocas semanas antes un empleado manifestó al conserje que le parecía faltaban algunos objetos de la vitrina, y que este le dijo que era imposible, porque se revisaban casi todos los días..

Lo que aparecía fuera de toda duda era que el ladrón o ladrones conocían el valor de los objetos robados, lo que se resultaba obvio por haber aparecido desmontada un ánfora, cuyo pie estaba incrustado de brillantes y piedras preciosas, y que dado que el pie podía separarse del resto del ánfora, por estar atornillado, el ladrón lo destornilló y se lo llevó, dejando las otras piezas, que, aunque siendo de oro finísimo, no tenían tanto valor..

El conserje del museo, Don José García, declaró a la prensa que no podía explicarse como se pudo realizar el robo, siendo tal la vigilancia existente día y noche que, de no haber ocurrido tal robo, consideraba imposible tal sustracción; que durante el día, cada sala tiene su correspondiente celador, cuya única misión es vigilar cuanto en ella existe. Que por la noche, antes de marcharse los celadores, se cierran todas las puertas y ventanas, y después el conserje y otro empleado van cerrando con llave todas las ventanas que dan al exterior del edificio, retirándose los celadores de día una vez que los vigilantes de noche han ocupado sus puestos, iniciando la vigilancia y recorrido por las diferentes salas, y que cada diez minutos tienen que introducir una llave en los relojes de seguridad, y siendo el tiempo escaso apenas si les queda el suficiente para ir de extremo en extremo de las salas para cumplir su misión, por lo que la inspección es continua..

Por otro lado que la fractura de ventanas que dan al exterior también se hace imposible, porque puertas y ventanas tienen timbre de seguridad, que suena en la casa del conserje, y que debajo de la casa de éste está el cuartelillo de la Guardia Civil, que vigila la parte exterior del edificio, que impide a toda persona que se acerque a las paredes murales del Museo..

De los escaparates o vitrinas, y de las alhajas que contenían hace la siguiente descripción:
“En el escaparate que mira hacia la entrada están los objetos de orfebrería, propiamente dicha, en que se comprenden vasos, tazas, copas y copones, cofrecillos y otros recipientes en forma de tibores, perfumadores, pomos, salvillas, jarros, urnas, saleros, vinagreras, fuentes, bandejillas, conchas, platillos, barcos y huevos, ya de diáspero sanguíneo, ya de amatista o jaspe oriental, o lápiz lazuli, o ágata o jade, etc. y con preciosas guarniciones de oro y plata, cinceladas o esmaltadas, y figurando bichas, amores, sierpes y demás seres animados, con incrustaciones, ora de pedrería fina, ora de camafeos y piedras grabadas..

Algunos de estos objetos parecen primorosos ejemplares del arte de Benvenuto Cellini, de Cardosso y de Firenzuela. Acaso otros provienen del celebrado tesoro de Francisco I y Enrique II de Francia, y salieron de los talleres de aquellos famosos plateros de París, Nicolás Maiel, Guillermo Castillón y Luis Benoist. Hay en este escaparate 71 objetos: 32 en el anden inferior, 27 en el medio y 12 en el superior. En el otro escaparate, que mira al final de la galería, están las alhajas o vasos de cristal de roca, entre cuyas elegantes formas se divisan el barro, el carro, la taza, el ave, el delfín, la sierpe, el perfumador, el jarro, el canastillo, el cáliz, la bandeja, el frasco, la salvilla, el azafate y la flamenquilla.
Las roturas y desperfectos que en estas alhajas se advierten, están consignadas en el inventario bajo el cual fueron entregados, en 14 de Agosto de 1839, al director de este Museo, D. José de Madrazo, y provienen de la mala manera en que fueron llevadas a Francia en 1813, dejando sus estuches en Madrid”..

Días después se descubre que también faltan algunos objetos de la otra vitrina, que hasta ese momento se consideraba intacta, objetos que también pertenecían al tesoro del Delfín. Y se da cuenta de un detalle que demostraba claramente que entre los autores del robo había alguno gran conocedor de las joyas artísticas que formaban el “Tesoro del Delfín”, pues los pies de los objetos robados todos son de oro, y en cambio, no se han llevado ninguna de las que eran de metal o plata sobredorada..

Pocos días después el diario “LA ÉPOCA” del miércoles 25 de Septiembre de 1918, informa que “a las tres y media de la madrugada fue detenido e incomunicado en un calabozo de la Dirección un joven llamado Pedro Viallar, que esta empleado en una Compañía de seguros” y que asimismo se habrían producido otras detenciones, y que agentes de policía realizaron también determinados registros, durante la noche, en dos casas de la calle del Espíritu Santo, recuperándose parte de un adorno de uno de los jarrones”..

El jueves 26 de Septiembre de 1918, “EL PAIS, DIARIO REPUBLICANO”, informa de lo siguiente: “Un anticuario de la calle Ancha de San Bernardo, hace pocos días supo que dos amigos suyos, que se dedican a la compra y venta de antigüedades y objetos artísticos, recibieron la visita de unos sujetos desconocidos que les propusieron la venta de unas copas que les llamaron extraordinariamente la atención..

Los dos amigos del anticuario no quisieron comprar aquellos objetos en firme, y se limitaron a entregar al vendedor un recibo reservándose el examinarlos detenidamente”..

También se informa que “además dichas copas poseían algunas esmeraldas, que se comprobó procedían también del Museo del Prado”, y que los objetos hallados correspondían a los que estaban en la segunda vitrina recogiéndose fragmentos de lo robado, por lo que parecía que hubiera realizado el robo solo estaba interesado por el valor de las joyas y no por el valor artístico de la pieza en su conjunto, y que por eso estaban deshaciendo los objetos para arrancarles el oro, la plata y las piedras preciosas..

En definitiva se empieza a pensar en que el robo era de una gran vulgaridad y que había sido realizado por rateros de poca monta, así en la revista Hispano Americana Cervantes de Octubre de 1918 se dice:
“La misma vulgaridad del robo ha sido causa del ridículo que sobre España ha caído, demostrando al mundo entero la incompetencia con que aquí tratamos las cuestiones de arte; incompetencia que ha hecho posible que un ratero despreciable destroce objetos preciadísimos que eran una de las galas de nuestro simpar Museo”, diciendo mas adelante el periodista que no se explicaba como a estas fechas aún no han presentado la dimisión de sus cargos el Director y el Subdirector de la Pinacoteca..

El Sr. Lázaro Galdiano (patrono del Museo), que presentó su dimisión a tal cargo, en dos conferencias que dio en el Ateneo a raíz de ser descubierto el robo, expuso suficientes argumentos y razones para que cualquier ministro hubiese mandado a sus casas, y con la condición de que de ellas no se moviesen en todo lo que les restase de vida, a esos hombres que son los principales causantes de que el Museo del Prado haya perdido para siempre objetos de incalculable valor artístico e histórico..

Por fin “Nuevo Mundo” del 4 de Octubre de 1918, informa de lo siguiente: “Descubriose al fin quienes eran los autores materiales del estúpido robo del Museo del Prado; tan estúpido, que ha podido descubrirse porque uno de ellos fue a vender los objetos robados a un platero que le conocía, que había vivido con él en una casa de huéspedes y sabía todas las andanzas sospechosas de su mala vida. Pero si están, ya empapelados los autores materiales –unos guardas mal guardados, unos vigilantes mal vigilados–, quedan sueltos, libres e irresponsables, los autores morales del hecho. Lázaro Galdiano –a quien tanto debe la cultura española, desde que hace treinta años fundara La España Moderna y editara centenares de obras europeas, aquí desconocidas– ha expuesto en el Ateneo el cuadro espantable de la ignorancia oficial, de la desidia, del abandono y de la ineptitud de los gobernantes y los burócratas. En cualquier país donde la opinión tuviese un poco de sensibilidad, los discursos de Lázaro Galdiano y sus acusaciones serían a estas horas un affaire, un escándalo nacional. Un escritor meritísimo, Antonio G. de Linares, clama desde La Iberia, indignado y airado, porque nadie se indigna ni se aíra. Tal es la realidad. La opinión padece una mortal desesperanza. Sabe, por reiterados sucesos y sucesivas experiencias, que no pueden nada sus iras contra la confabulación del favor político y de la influencia, y no quiere tomarse la inútil molestia de indignarse. La opinión sabe que hay dos Españas, una la que está por encima de la Justicia y de la Ley; una que está exenta de toda suerte de responsabilidades; una que es inmune; una que es duchillo en el tajo del presupuesto, del poder público, del Parlamento, y contra la que no prevalecerá ninguna petición de justicia..

“El Imparcial” del martes 15 de Octubre de 1918, informa de la captura de Rafael Coba, delito en que, no obstante lo mucho que se ha sabido y las distintas manifestaciones descubiertas, están aun por esclarecer muchos detalles, no exentos de interés..

La detención se hizo en La Carolina (Jaén), que el detenido había sido guarda del Museo, y que durante el viaje a Madrid confesó a los policías que le acompañaban algo de lo que hacía con los artísticos objetos sustraído, sigue diciendo el diario:
“Rafael Coba, se encerraba en su domicilio de la calle de San Vicente, cogía el objeto, y a punta de navaja le quitaba todas las guarniciones y adornos de oro y piedras preciosas y luego, ya de madrugada, cuando por las calles de la villa apenas circulaban transeúntes, salía de su casa, y con grandes precauciones para evitar cualquier sorpresa desagradable, se dirigía a la Corredera de San Pablo, y por una boca de alcantarilla situada a espaldas del edificio donde está instalado el Tribunal de Cuentas, arrojaba los restos de vasos, jarrones, ánforas y copas que constituía “El Tesoro del Delfín”.
El ladrón utilizaba también la boca de alcantarilla que hay en la calle de la Puebla, esquina al Refugio, por donde también arrojó objetos en diferentes ocasiones. Por este procedimiento, Rafael Coba ha destrozado un verdadero tesoro artístico, que ha ido a parar a las alcantarillas matritenses.
En cuanto a la venta de adornos de oro y piedras preciosas y camafeos, se asegura que Coba ha entregado a la Policía una lista completa de los establecimientos donde vendió los objetos robados, y dicha policía ha comenzado a trabajar, y no tendría nada de extraño que algún platero que negó haber comprado camafeos sufriese algún disgusto por su falta de memoria”..

“La Época” del jueves 15 de Octubre de 1918, reproduce una carta del padre de Rafael Coba, en la que dice “que solo se propone disminuir, valiéndose de la verdad, el novelesco éxito policiaco con que la prensa madrileña ha encomiado la presentación de su hijo, y cuenta que él –Juan Coba–, con sus otros hijos, Juan y Francisco, celebró un “consejo de familia”, en el que adoptaron la determinación de presentar a Rafael a las autoridades, lo que tenían la seguridad de poder verificar, porque Rafael se había amparado en su hermano Francisco”, finalizando la carta con la narración del encuentro casual de Francisco con los policías Sres. Araque y Baez, y como estos, le dijeron el objeto de su viaje, siendo entonces Francisco quien les enteró del paradero de Rafael, y del propósito de presentarlo a la justicia, combinando y dirigiendo la presentación a Rafael de los Sres Araque y Sanz, en calidad de amigos suyos, de Villa del Rio, Abogado el uno y procurador el otro”..

“El Siglo Futuro” del miércoles, 23 de Octubre de 1918, informa de lo siguiente:
“El juez especial, Sr. Ruz, que entiende en el asunto del robo del tesoro del Delfín, se constituyó ayer mañana en el Museo del Prado, con objeto de practicar la diligencia de reconstruir el hecho, para aclarar algunos detalles del robo que todavía aparecen oscuros.
… Coba saltó por la verja que circunda al Museo, y una vez hecha esta operación, dijo que saltaba por aquel lugar, cuando la ronda de la guardia civil vigilaba la puerta delantera del Museo.
Después explicó como, una vez que había saltado por la verja, penetraba en un patio donde se están realizando unas obras, y una vez en él, se valía de una escalera que hay allí, para escalar el edificio hasta la altura del piso principal, en donde hay otra escalera de hierro, adosada a la pared, para caso de incendio, y por ella subía hasta el otro piso, y penetraba en él por una ventana.
Una vez dentro, Coba, que conoce perfectamente la disposición interior del Museo, llegaba fácilmente a la sala de las vitrinas, en donde cometía el delito.

Coba explicó también al Sr. Ruz la forma de que se valía para abrir las vitrinas y de que manera efectuaba los robos.

Cuando Coba concluyó de realizar la reconstitución del robo en el Museo del Prado pudo el juez convencerse de que efectivamente Rafael Coba es el único culpable del hecho, según el mismo afirma..

La citada escena la ejecutó sin titubeos de ninguna especie, como hombre acostumbrado a ello.
Es mas: aportó un detalle de suma importancia, pues aseguró que la cerradura de una de las vitrinas se le había roto cuando intentaba abrirla, cosa que después pudo comprobar un perito cerrajero.
Al enterarse Rafael Coba de que los periodistas deseaban hacerle una “interview”, parece ser que manifestó ayer mañana que no haría manifestación alguna si no le abonaban 125 pesetas por cada periódico..

Después dijo que penetraba en el Museo con una facilidad extraordinaria, y que lo mismo que se llevó las alhajas pudo haberse llevado un cuadro, pues todas las puertas interiores del Museo permanecían abiertas por la noche.
Que empezó a robar hace unos catorce meses, y en ese tiempo entró en el Museo siete u ocho veces, impulsado siempre por la necesidad. Por eso robaba solo el oro y las piedras, que eran de fácil venta. Termino lamentándose de que los plateros a quienes vendió lo robado abusasen de su ignorancia, pues por todo le dieron solo unas 3.000 pesetas”..

Juzgado el ladrón se le condeno a seis meses de prisión por apropiación indebida.
Lo robado se valoró en aquél entonces en unos dos millones de pesetas, teniendo en cuenta que el precio de un diario de la época era de cinco céntimos de peseta, el valor a día de hoy del tesoro robado, sacando esa proporción, sin tener en cuenta la mayor antigüedad del tesoro, sería de unos 4.800.000,00 €..

Parte del Tesoro del Delfín se encuentra expuesto en el Museo del Prado, y algunas piezas pueden verse as través de la página web del Museo.

(1)http://www.museodelprado.es/index.php?id=786

(2)EL IMPARCIAL.- SÁBADO 21 DE SEPTIEMBRE DE 1918

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