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Monumentos a Cajal en Madrid o el horror a los homenajes públicos

 

Santiago Giménez Roldán
Neurólogo

 

Cajal desconfía de los abastecedores de homenajes públicos, más interesados en la foto personal y en reseña propias. Dos monumentos en Madrid, uno en el Parque de El Retiro y en el patio de entrada en la vieja Facultad de Medicina de Atocha el otro, fueron erigidos en vida del sabio. Declinó asistir a la inauguración de ninguno de ellos: le desagradaba la idea de haberse convertido en mito. “Glorificar al mito” – escribió - sirve para no imitarle; y al mismo tiempo, calmar la mala conciencia”.

Nada más pasar el zaguán del viejo San Carlos, en el patio, se encuentra “El Lápiz”. Inverosímilmente alargada, fue este el popular nombre con el que era conocida por los estudiantes de la Facultad de Medicina. La estatua por ellos mismos costeada, quizás no la mejor inspiración del chileno Lorenzo Domínguez, el artista. Un guripa, a duras penas y de malos modos, me permitió la entrada; atravesado el pórtico, se encuentra en un lateral del patio. Para mi irritación, me impidió fotografiarla. Se conserva una réplica en “El Patio de Cajal”, en el Colegio de Médicos, pero no es lo mismo; quizás mejor así, porque la original medio se desmoronó a pedazos (fig, 1).

 

 Había cumplido ochenta años y, como de costumbre, se negó a asistir al acto inaugural. Le comentaron que se había congregado una bulliciosa muchedumbre de estudiantes, expectantes ante la llegada del sabio. Y una duda sacudió su conciencia: tantas veces había repetido que, en la juventud estudiosa, estaban las esperanzas de la Patria. Garrapateó apresurado unas cuartillas y “don Paco” –Francisco Tello, su colaborador más fiel- corrió Atocha abajo para leerlas. Tras él, un gentío estudiantil fue agrupándose bajo el laboratorio, allá en el Museo Velasco. Cuando en el balcón de la biblioteca apareció la figura venerable del anciano sabio, se hizo el silencio. Testigos del momento aseguran que fue la única vez que le vieron llorar.

Se encuentra frente a la Casa de Fieras, en El Retiro madrileño. Le pareció ridícula su interpretación por el escultor Victorio Macho como prócer griego, semidesnudo (“yo nunca me he desnudado delante de un hombre”). Se negó a asistir. Lo inauguraron en solitario un 23 de abril de 1926 las “fuerzas políticas” del momento. El periódico ABC del día siguiente da a conocer “una interesante nota oficiosa”. “Según un rumor” –dice el diario-“señores que se clasifican a sí mismos de intelectuales”, pretendían, en suma, hacer una segunda inauguración menos oficialista, quizás más sincera. Y amenaza para quien se adhiera: “dormirán en la cárcel modelo alguna noche, por sabios, por ricos y por influyentes que sean”. Seguro que Cajal se sintió reconfortado por negarse a aparecer.

Después de todo, es un bello monumento: las fuentes de la vida y de la muerte reflejándose en la leve película del estanque. Un billete de banco, cuando cincuenta pesetas eran casi una fortuna, le daba merecido precio (fig. 2).

 

Bibliografía

- Anaya Munné A. Cajal en Madrid. Homenaje del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid a Santiago Ramón y Cajal. Gráficas Tetuán, 2004: 163-188.
- Lewy ER. Así era Cajal. Colección Austral. Editorial Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1977.

Pié de las figuras adjuntas:

Figura 1. Reproducción del monumento original, Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (figura del autor).

Figura 2. Monumento a Cajal, Parque del Retiro, según un billete de banco anterior a la Guerra Civil.

  

Elefante Pizarro

De entre los residentes en Madrid, no todos nacidos en la Villa (que los madrileños somos como los de Bilbao, nacemos donde nos da la gana, –pa chulos nosotros–), ni considerados racionales (aunque basta leer los periódicos para poner en duda la racionalidad del ser humano), hubo en el Siglo XIX uno que fue de lo mas conocido, sobre todo por los niños que le prodigaban su mas tierno cariño.

Me estoy refiriendo a un animal, por lo demás bastante corpulento, que pese a llamarse Pizarro, era una hembra de elefante asiático, que en un alarde de tolerancia nunca pareció molestarse por tan bizarro nombre, nunca intentó conquistar un Perú y casi siempre se contentó con su destino.

Este animal, se cree que nació en Sry Lanka (antiguo Ceilán), a principios del Siglo XVIII, y vino a España acompañado de otro animal de su misma especie, que respondía al también bizarro nombre de Cortés, si bien este último falleció al poco de su llegada a España, traídos por un domador conocido como Mister Millar, que los exhibía en espectáculos de luchas de animales, cosa muy habitual en la época, luchas que se realizaban en los plazas de los pueblos o en plazas de toros, dado que era muy habitual hacerle luchar con toros. Así nos encontramos crónicas como ésta (1):

Se ha verificado en la Plaza de toros de Valencia la anunciada lucha entre el celebérrimo elefante Pizarro y tres toros de Colmenar. He aquí en pocas líneas como describe Comparecencias la función un periódico local:

Al sonar, dice, el clarín que anunciaba la salida del primero de sus contrarios, dio Pizarro frente al toril, recogiendo su prolongada trompa bajo el cuello y adelantando la cabeza para recibir al toro con sus enormes colmillos. El toro, de hermosísimo aspecto, salio como una flecha, dirigiéndole valiente hacia su contrario, que lo recibió impávido en medio de la plaza. El choque fue poderoso, y el hijo del Jarama se estrello contra la colosal mole que presentaba la cabeza del paquidermo, que con reposada calma le rechazó, dejándolo algo estropeado. En vano se esforzaba el toro contra su enemigo, que no pudo sujetarle, pero que le infundió miedo a los pocos ataques, saliendo herido el cornudo lidiador, que fue muerto por la cuadrilla.

Lo mismo sucedió con el tercer toro; pero el segundo tuvo menos suerte, pues a la segunda embestida le derribo su enemigo, y, poniéndole los poderosos colmillos sobre su cuerpo, hizo un ligerísimo esfuerzo de presión, dejándolo muerto en el acto.

La cuadrilla puso algunos pares de banderillas a los dos toros que no mato el gran Pizarro, y el diestro concluyo con ellos, levantando una tempestad de silbidos, gritos e imprecaciones.

Si se repite la función, no faltará publico a este nuevo espectáculo.

Parece ser que el animal guiado de su instinto de defensa llegó a aplicarse tanto en la pelea, que llegó a clavar sus colmillos en el suelo partiéndoselos con la fuerza del impulso; pero no solo la elefanta salio lastimada de tales peleas, así en otra crónica se nos cuenta esto:(2)

“El elefante Pizarro dejará un triste recuerdo en Alicante, en cuya plaza se ha presentado a luchar con los toros; pues habiéndose contratado para la función a un torero de Alcoy llamado Clavel; a los primeros capotazos le embistió el toro, y huyendo del elefante y defendiéndose del bicho, se turbo indudablemente y le cogió la fiera, dejándole muy malparado. Llevaron al momento al torero bastante mal herido al hospital, y a la mañana siguiente dejó de existir el desgraciado.

El publico debió de quedar horrorizado de aquella sangrienta escena, que viene a ser un nuevo argumento contra las corridas de toros y luchas de fieras”.

Entre lucha y lucha Pizarro era exhibido en los entonces llamados “Campos Elíseos”, primer parque de atracciones que tuvo Madrid, y que se encontraba situado entre las hoy calles Lagasca y Castelló, en sus límites con la de Alcalá; parece que allí estaba atado por una cadena en una plaza o rotonda que para tal exhibición se había reservado en tales Campos, y entre otras habilidades parece que descorchaba botellas de vino y/o cerveza bebiendo su contenido (parece que a los de las cañitas no somos los humanos los únicos aficionados); dicen las crónicas que (3):

“El corpulento y feroz elefante incomodado de que sus amos le abandonaran por la noche, rompió las cadenas, vallas, puertas y cerrojos y salio a la plaza, sin que nada ofreciera resistencia a sus colmillos y trompa. Con el ejercicio se le despertó el apetito y después de dar unos cuantos paseos por los jardines, rompiendo árboles, farolas y otros destrozos en las plantaciones con una destreza admirable la emprendió a trompadas con la puerta de salida y como el portero no salio pronto le emprendió con su casilla, la derribo, así como puerta de salida, saliendo a la carretera de Aragón, los vecinos salieron armados de palos, pistolas y escopetas.

Se dirigió a la tahona San Jose, donde se comió una fanega(4) de pan y se bebió al menos 18 cubos de agua”.

Aunque existen otras versiones mas noveladas (5):

“Cuentan del elefante Pizarro, de aquel coloso que, amarrado con cadenas era exhibido en la corte, que durante su esclavitud, cuando pasaba por las calles de Madrid, era objeto alternativamente de injurias y agasajos. De unas tiendas le sacaban naranjas, que recogía con su enorme trompa y engullía a docenas; de otras tiendas le echaban agua sucia, o le tiraban inmundicias envueltas en papelorios. El elefante gozo un día de libertad; desmarrado, recorrió las mismas vías, arrollando y espantando a la gente; había llovido, y en medio de su alegría por su soltura, parábase y sorbía y retenía en la trompa el cieno de todos los charcos. Al pasar por las puertas de donde le habían antes echado naranjas, conservando la memoria del bien, hacia una caricia como pueden hacerla esos monstruos; pero en todas las tiendas donde le molestaron, acordándose también del mal sufrido, metía la trompa como una manga de riego y devolvía con creces el cieno y las injurias recibidas. Así es el pueblo: arrolla inconscientemente; pero respeta a sus bienhechores, y muchos de sus desmanes y violencias son respuesta tremenda de las afrentas soportadas; desquites, en el día de soltura, de las injurias sufridas en los años de esclavitud”.

Siendo recordado también por Benito Pérez Galdos, en su novela “Miau”, cuando dice: “La señora de Cucúrbitas, que a Luís le parecía, por lo gruesa y redonda, una imitación humana del elefante Pizarro, tan popular entonces entre los niños de Madrid”.

Aunque las comparaciones son odiosas, parece que también se comparaba al pobre animalito con otros tragones, veamos la noticia (6). En la calle de la Luna, ante gran número de curiosos, llevó a cabo un caballero particular, la singular hazaña de comerse 27 libras de peras de una sentada. El vendedor le había dejado comer las que quisiera y pudiera por una peseta. De modo que hizo bonito negocio con el tragón, que al fin le puso las peras a cuarto. Y aun hacia apuestas de seguir comiendo si había alguno que quisiera seguir pagándoselas.

¡Que estomago, ni el elefante Pizarro!.

También la popularidad de nuestra Pizarro se reflejó en sátiras, así la siguiente (7):

“El elefante Pizarro va a dar un paseito por las provincias de Ciudad Real y Córdoba Me han dicho que el gobierno lo sabe, y que ha dado orden para que se le vigile. Me extraña la noticia, porque eso es lo mismo que llamar a Pizarro conspirador, y yo desde que le vi entrar en la tahona y llevarse el pan, creí que era moderado”.

El caso es que a nuestra elefanta el Ayuntamiento de Madrid, le ofreció un merecido descanso en la llamada “Casa de Fieras” ubicada en el parque de “El Retiro”, donde recabó casi al final de su vida nuestra protagonista, falleciendo en 1873, según se dice a consecuencia de habérsele subido por la trompa un ratón, que se quedó atascado en ella y que dio fuerza a la teoría de que los ratones pueden perjudicarlos más de lo que se cree; algunos zoólogos sugieren que los paquidermos huyen ante la presencia de roedores no por miedo, sino por instinto: la vista de los elefantes no enfoca bien los objetos que se encuentran a corta distancia. Cuando esto sucede levantan la trompa y comienzan a pisotear el suelo, para que el intruso huya.

Una prueba decisiva de si el elefante teme real y verdaderamente al ratón se hizo en un circo. El experimento era más interesante que el de la lucha del león con el toro ó del toro con el elefante (8):

“El ratón había sido cogido en una ratonera y se le echó en la jaula del elefante á la cual se había cuidado de forrar de hoja de lata todo alrededor por la parte baja á fin de que no hubiese escape posible para el diminuto animal. Este no pesaba más de 60 gramos; el elefante pesaba más de 1.700 kilos.

Al entrar el ratón, el elefante lo vio y no le quitó ya ojo, al mismo tiempo que enderezaba el pabellón de las orejas formando con ellas un ángulo recto. El ratón dio una carrera como si fuese un juguete mecánico. El elefante contestó levantando el rabo y poniéndolo tieso como un palo. El ratón da una vuelta á la jaula buscando una salida; no hallándola, se sienta en un rincón y se atusa los bigotes en actitud meditabunda. El elefante, muy asustado, menea las orejas como si fueran abanicos. Así concluye el primer asalto.

En el segundo, el ratón acomete dando rapidísimas carreras en distintas direcciones. El elefante, notablemente agitado, recula despacio hacia su rincón, sin dejar de mirar ni un instante á su enemigo.

Cuando llega al rincón avanza de vez en cuando prudentemente la trompa, tratando de alcanzar lo más lejos posible con ella. El ratón la evita con mucha habilidad. Así se pasan algunos segundos, hasta que el ratón acomete de repente al elefante, dirigiéndose en línea recta hacia él. El coloso, aterrado, trata de darle un golpazo; pero el ratón evita el golpe y se mete entre las patas delanteras del paquidermo. Terror y confusión de éste.

Empieza el tercer asalto. Lo inaugura el elefante dando grandes patadas sobre el suelo en medio de la mayor agitación; cualquiera de ellas haría añicos al ratón, el cual, comprendiendo que no está seguro en aquel sitio, da una carrera y se pone otra vez en campo abierto. El elefante parece muy tranquilizado al ver otra vez á su enemigo y avanza heroicamente hacia él; pero á mitad del camino le acomete otra vez el miedo y se retira á un rincón, apoyando el cuarto trasero contra la pared, sin duda con objeto de evitar un ataque por la retaguardia. El ratón hace ademán de volverse a meter entre las patas del paquidermo. Este lo evita poniéndolas muy juntas y emprendiendo con la trompa un movimiento de péndulo para evitar el paso del ratón.

Asalto número cuatro. Después de un breve rato, durante el cual el elefante no sabe qué hacer, avanza nuevamente, sin duda decidido á poner término á aquella situación. El ratón retrocede alarmado y se refugia en un rincón. El elefante sigue avanzando hacia él y entonces el roedor vuelve á su táctica de meterse entre las patas del paquidermo. Este se defiende con su trompa, pero no consigue detener al ratón y éste tiene la osadía de subírsele por una de las patas delanteras. El elefante, loco de terror, sacude violentamente la pata y el ratón sale despedido por el aire. Antes de que llegue otra vez al suelo, el elefante lo coge con la trompa y con velocidad increíble lo arroja con la mayor violencia contra la pared tirándolo por encima del lomo. No se sabe si el ratón queda muerto de golpe, pues el elefante se precipita hacia él y lo pisotea durante varios minutos hasta dejarlo hecho papilla.

Con un solo pisotón habría bastado, pero el elefante no tiene misericordia, y no se muestra tranquilo hasta que ve que de su enemigo no queda entero ni el rabo.

Tal es el relato de la lucha heroica verificada hace pocas semanas entre un elefante veterano y un ratón novicio; es digna de que la cante un poeta épico. Lo malo es que aunque demuestra la superioridad del elefante sobre el ratón, no pone perfectamente en claro si real y verdaderamente los elefantes temen tanto como se dice a sus diminutos enemigos”.

Se dice que muerta Pizarro su cuerpo fue entregado al Museo de Ciencias naturales, donde tras disecarla se exhibe; no se donde andarán y si existen los restos de nuestra elefanta, pero el elefante que allí se exhibe fue cazado por el Duque de Alba en África y donado su cuerpo al museo, donde su llamativo traslado consta fotografiado y se expone en el Museo.

Nuestra Pizarro, superando a aquél de quien recibió el nombre, supo ganar no un Perú, sino el corazón de los madrileños y fundamentalmente de sus más importantes ciudadanos, los niños.

Gloria eterna a la elefanta Pizarro.

1.-LA ESPERANZA 16/08/1867

2.-LA ESPERANZA 09/09/1867

3.-LA IBERIA, 06/04/1865, citando a La Correspondencia.

4.-Una fanega castellana equivale a 43,247 kilogramos.

5.-CANUTO ESPARRAGO: novela (1903). Antonio Ledesma Hernández.

6.-LA IBERIA,-19/08/1869

7.-GIL BLAS.- PERIÓDICO POLÍTICO SATÍRICO.- 27/05/1865

8.-En Alrededor del Mundo, 13 de diciembre de 1900

Por Gonzalo de la Sen (Miembro de nuestra asociación)

Artículo sobre el asesinato del Monte de Piedad

     Hay determinados sucesos que mantienen a la población expectante durante algún período de tiempo, y caen después en el olvido, mas en estos tiempos en que la ingente cantidad de información que tenemos a nuestra disposición hace olvidar rápidamente casi cualquier suceso.

     Ocurrió el viernes 2 de Julio de 1909 un crimen en las instalaciones de la Ilustre y benéfica Institución del Monte de Piedad de Madrid, motivado por una venganza que nunca llegó a saberse que fundamentos tenía.

     Fue ejecutor el sacristán de la capilla del Monte de Piedad y victima el conserje y portero mayor de las oficinas de la misma institución.

      Ocurrió poco después de las nueve y cuarto de la noche cuando llego al edificio del Monte de Piedad el conserje y portero mayor, Don Tomás Gómez Sanz, donde tenía su domicilio con entrada por la calle de San Martin, allí le salio al paso Don Juan José Navarro, entonces sacristán de la capilla del Monte de Piedad y portero de la casa número ocho de la calle de San Martín. En esta parte del edificio solo estaban las habitaciones que correspondían al entonces director del Monte de Piedad, Don José Álvarez Mariño.

     Parece ser que Juan José Navarro pidió a Tomás Gómez que fuese con él a ver unas pinturas que se habían hecho recientemente por encargo del Monte, no desconfió Tomás Gómez y se encamino con Juan José Navarro a donde éste le indicaba.

     Entraron al edificio por la puerta de la plaza de las Descalzas Reales, donde en el patio estaban los carteles realizados, las examinaron durante un rato, y cuando Tomás Gómez se iba a marchar a su casa, Juan José Navarro le dijo que le quería enseñar en los sótanos de la institución unas cosas que le sorprenderían.

     El edificio del Monte de Piedad tiene en el subsuelo un dédalo de pasillos, donde están los depósitos de los objetos entregados en garantía de los préstamos. Estos pasillos subterráneos se hallan dispuestos de modo que sea fácil su vigilancia, y hasta tienen condiciones estratégicas de defensa para caso de invasión. La oscuridad de estos pasillos favorecía el intento de asesinato y el hallarse completamente desarmado el conserje favorecía la impunidad.

     Ya en el sótano Juan José Navarro le dijo a Tomás Gómez, “te he traído aquí para que pagues tus culpas. Aquí mismo voy a darte cuatro tiros”, y uniendo la acción a las palabras le disparó a quemarropa varios tiros, que no fueron oídos.

     Pasado algún tiempo dos empleados del Monte bajaron al sótano y tras oir llamadas de auxilio encontraron a Tomás Gómez gravemente herido, en medio de un gran charco de sangre, siendo trasladado por estos a la casa de socorro del Distrito Centro.

     Los médicos de guardia reconocieron al herido y constataron que había recibido una herida por arma de fuego con orificios de entrada y de salida en el tercio inferior del antebrazo derecho, otra con orificio de entrada y de salida en el tercio superior del mismo brazo, tres heridas penetrantes de arma de fuego en el lado derecho del vientre, otra herida penetrante en el lado izquierdo del vientre, y una erosión leve en la mano derecha, siendo el estado del herido muy grave, no obstante y debido a las condiciones sanitarias de la época, una vez realizada la primera cura, fue conducido con todas las precauciones necesarias a su casa.

     Avisado el Juzgado acudió al lugar del suceso el Juez de guardia, que aquél día era el de Universidad, Don Manuel Moreno, acompañado del escribano, Sr. Moreno Pastor, y del oficial Sr. Rubio, trasladándose inmediatamente a la casa de socorro donde todavía estaba el herido, y de quien se obtuvo declaración suficiente, entre balbuceos y sincopes, para formar idea de lo sucedido..

     El autor de este crimen, Juan José Navarro, es viudo, y vive con un hijo suyo de trece años de edad, llamado Manuel, y con una mujer llamada Eloisa Viana Braojo desde hace diez años, era sacristán de la capilla del Monte de Piedad, y además portero y servidor de algunas de las dependencias del establecimiento.

     En cuanto el comisario del distrito Centro tuvo noticias de lo sucedido envió al lugar al Inspector Don Honorio Inglés, a los agentes Alfredo S. Inestrillas, Telmo Almellones y Maximino Gómez, acompañados de guardias de seguridad.

     El inspector Sr. Inglés preguntó a Manuel por su padre, respondiendo el interpelado que no estaba en casa, y que sería inútil que lo buscasen allí; no obstante los agentes procedieron a inspeccionar la vivienda, donde efectivamente no hallaron al buscado, procediendo a inspeccionar el edificio y llegados a un patio que tenía una puerta cerrada preguntaron quien tenía llave de la misma, manifestando Manuel que él no tenía llave de tal puerta ni sabía quien pudiera tenerla.

     Los agentes forzaron la puerta y se aventuraron por una serie de callejones y penetraron por un pasillo en completa oscuridad, diciéndose en el periódico de que hago uso que los adelantos de la policía madrileña no habían llegado aún a que los que tienen la misión de perseguir a los criminales lleven consigo linternas eléctricas, que eso pertenecía a las fantasías novelescas de Conan Doyle.

     El caso es que los agentes encendieron cerillas y con su parca luz se adentraron por el pasillo y procedieron a inspeccionar las habitaciones allí existentes hasta que encontraron una cuya puerta estaba cerrada, preguntado al niño sobre quien tenía llave de aquella puerta, éste con asombrosa tranquilidad dijo que él no tenía y que era inútil abrirla pues allí solo había algunas alfombras y esteras.

     A orden del Inspector Sr. Inglés, los agentes intentaron derribar la puerta, y por una mirilla existente en el centro de la puerta salieron cinco fogonazos. Los agentes cogidos por sorpresa no pudieron hacer otra cosa que refugiarse para esperar acontecimientos, aun no tenían la certeza de ser una única persona la que estaba allí escondida, llegándose a pensar que pudiera tratarse de una banda que intentaba robar los opulentos depósitos de joyas y dinero del Monte de Piedad.

     Afortunadamente los agentes no fueron alcanzados, sufriendo leves contusiones mientras se retiraban. Tras unos momentos de confusión y creyendo que el agresor había acabado sus municiones el inspector Sr. Inglés volvió a acercarse a la puerta, y volvieron a salir nuevos proyectiles. Cuando los agentes iban a derribar la puerta el encerrado dijo con fuerte y clara voz: “no os acerquéis, porque seguiré tirando. Tengo una caja de proyectiles. La emplearé toda, y cuando solo quede un cartucho será para mí”. Los agentes se acercaron a la puerta, y nuevamente les recibieron disparos, sin que se explique como ninguno resultó herido en un estrecho pasillo.

     Tras un cuarto de hora de calma, el criminal llamo a los que le cercaban y les dijo “venid, que ya me entrego”, tomando las oportunas precauciones, los guardias Fernando Pereira y Bernardo Bascuñana, se acercaron y de nuevo el encerrado hizo dos disparos, que por fortuna tampoco causaron daño. Los guardias provistos de sus armas realizaron asimismo dos disparos por la mirilla, sin que se advirtiera que habían hecho blanco.

     Volvió a asomarse a la mirilla tiempo después Juan José Navarro y pidió que se acercase un guardia porque tenía que darle un encargo, así lo hizo el guardia Don Fernando Pereira al que el criminal le dijo, “toma estos dos duros y dáselos a mi compañero Bernardo para que mande que me digan dos misas, porque voy a suicidarme”, el guardia pensando que tras esa solicitud no había trampa alguna se acerco y vio como caían por la mirilla dos monedas de cinco pesetas, se acercó a recogerlas, y de nuevo el criminal realizo tres disparos que no causaron daño alguno, el guardia realizó otros tres disparos con su revolver a través de la mirilla; se tomaron precauciones para que nadie se acercara a la puerta, esperando ver como sería el desenlace de aquello.

     Tiempo después se oyeron dos disparos en el habitáculo donde estaba encerrado el criminal, por lo que se pensó que se había suicidado, pero apenas comenzó a tomarse en cuenta esta posibilidad se vio que dentro de la habitación se encendía una luz y que la mirilla se abría y cerraba; durante media hora se vio la luz, que luego fue apagada.

     La policía intento colocar delante al hijo del criminal, previo aviso al padre, para violentar la puerta, el hijo se negó; la amante dijo que ella convencería al criminal para que se entregase, pero se vio que era inútil y que lo único que podía pasar es que hubiese mas derramamiento de sangre, al final se decidió esperar.

     Se supo que el cuarto donde estaba encerrado el criminal era el destinado a guardar las armas y municiones de los vigilantes nocturnos del Monte de Piedad, por lo que tenía a su disposición armas y munición considerables.

     También un hermano, llamado Daniel, y un amigo, llamado Linares, del encerrado intentaron convencerle, sin éxito; algunos empleados del Monte se ofrecieron a bajar e intentar convencerle de que desistiese de su actitud, lo que no fue autorizado, se desplazo hasta allí el Director del Monte, así como los señores Millán Astray y Martínez Campos, también sin éxito.

     A eso de las cinco de la mañana, y ante la falta de contestación del encerrado se procedió a derribar con picos la puerta, donde con todas las precauciones posibles entraron el amigo del encerrado, Sr. Linares y agentes de policía, a la luz del farol se divisó, acurrucado junto a un depósito de agua, a un hombre, que era Juan José Navarro, a quien se supuso dormido pues estaba arrebujado en una manta y tenía la cabeza inclinada sobre el pecho. Un guardia se abalanzó sobre él y le sujeto, temiendo una agresión, pero la frialdad del cuerpo y la inmovilidad del mismo le convencieron que era un cadáver.

     Se había disparado un tiro en el corazón, con orificio de salida por la espalda, todavía conservaba el revolver en la mano, fue sacado al patio donde se esperó la llegada del juez de guardia.

     El agredido murió, se le hizo la autopsia y fue enterrado el 4 de Julio en la Sacramental de San Lorenzo.

Bibliografia:

- El Imparcial. Diario Liberal. Sábado 3 y Lunes 5 de Julio de 1909.

- El País. Diario Republicano. Lunes 5 de Julio de 1909.

- El liberal Lunes 5 de Julio de 1909.

 
Por Gonzalo de la Sen (miembro de nuestra asociación)

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