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El nombre de la calle de la Montera

Manuel Angel Martínez Prieto

Esta calle une dos de los puntos emblemáticos de la ciudad de Madrid, la Red de San Luis, a la que nos hemos referido en el número anterior de la revista y la Puerta del Sol a la que se le han dedicado multitud de libros y artículos. De lo mucho que se puede decir de ella reseñaremos exclusivamente su kilómetro cero, recientemente restaurado.

Vamos a realizar un breve repaso a la documentación que se refiere a los orígenes del nombre de la calle y lo haremos de forma cronológica.

Hay autores que se remontan al siglo XIII para decirnos que el nombre de la calle se debe a que el rey Sancho IV el Bravo se adentró en Madrid, a caballo, y a la altura de la calle de Fuencarral se le cayó su montera lo que le provocó gran enfado. Como consecuencia de ello se colocaron dos hitos de piedra en el lugar, en el primero se escribía: “Al pasar esta vereda perdió el rey la montera” y en el otro: “Como D. Sancho era Bravo caminó con gran enfado” (1). Como podemos ver la condición de pelotillero con la autoridad es muy viejo.

Consultando el libro de D. Ramón de Mesonero Romanos titulado “EL ANTIGUO MADRID. Paseos anecdóticos por las casas y calles de esta villa” publicado en 1861 y consultado por mí en una edición facsímil de Ediciones Trigo del año 2000, podemos ver que, de forma escueta, se refiere al nombre de la calle diciendo que se podría derivar de la Montería ya que era el sitio de donde partían para las grandes partidas de caza, aunque otros le atribuían el nombre por “cierta beldad que habitaba en ella en el siglo XVI y era esposa del montero del rey”.

(1) La información de este párrafo está tomada de un folleto publicado conjuntamente por la Cámara de Comercio de Madrid y la Concejalía de la Vivienda del Ayuntamiento de nuestra capital titulado “El Comercio de la Calle de La Montera”. Sin año de publicación.

Sigamos consultado otras obras. Esta vez nos vamos a dedicar al libro publicado por D. Antonio Capmani y Montpalau titulado: “ORÍGEN HISTÓRICO Y ETIMOLÓGICO DE LAS CALLES DE MADRID” publicado en 1863 y consultado en edición facsímil de Extramuros Edición del año 2008. El autor le dedica cuatro páginas a la calle y al principio de su exposición dice: “Antiguamente llegaban hasta aquí los empinados montes de Fuencarral y Hortaleza, cuya configuración asemejaba exactamente a los picos de una montera, y de aquí al desmonte de estos cerros se la denominó así modernamente, porque el nombre primitivo fué el de la Inclusa”. Ya tenemos otra teoría sobre el nombre de esta calle. Este mismo autor en el artículo dedicado a La Montera, más ade-lante, también comenta el incidente de Sancho IV el Bravo y la caída de su montera. Capmani se extiende en los antecedentes del nombre y es muy interesante lo que de ellos cuenta, pero no podemos dedicarle espacio a ello pues la extensión del artículo sería demasiado grande y lo que se pretende es exponer los mo-tivos del nombre de La Montera. Es preciso añadir que el autor también se refiere a la bella esposa del montero del rey, pero de forma muy superficial. Zanja el asunto en reglón y medio.

A. Fernández de los Ríos en su “GUÍA DE MADRID, MANUAL DEL MADRILEÑO Y DEL FORASTERO” publicado en 1876 y que he podido consultar en su edición facsímil de Ediciones La Librería del 2002 es más duro con la mujer del montero mayor, le llama coqueta y asegura que tenía revolucionado a todo Madrid. Nos cuenta que era viuda pero, sin embargo, dice que a nadie concedía el menor favor, luego entonces no era tan coqueta. Nos da más datos de la calle pero no añade nada nueva a la procedencia del nombre.

El más generoso con el estudio de esta calle es D. Pedro de Répide en su libro “LAS CALLES DE MADRID” publicado por Ediciones La Librería en 1995 y cuya edición de 2005 es la que he podido consultar. Le dedica siete páginas y media y recoge todas las versiones descritas. También nos habla sobre los nombres anteriores, al igual que Capmani. Hace mención a los versos de Narciso Sáenz Díez Sierra que nos hablan de ella:

“Que si Usiría viniera
aquí de alcalde menor
al de corte le dijera
que es mucha calle señor
la calle de La Montera

Répide nos especifica que la mujer era de un Montero de Espinosa, montero mayor de Felipe III. Respecto a la procedencia del nombre no nos dice nada nuevo.

Podemos llegar a la conclusión de que hay varias versiones y que cada uno se puede quedar con la que más le guste. Como si fuese una novela negra, en la que se dejan las conclusiones para el final y casi siempre el asesino es el mayordomo. Yo he preferido dejar para este último tramo del artículo las investigaciones de la eminente historiadora Dª María Teresa Fernández Talaya sobre la procedencia del nombre de la Montera.

Según un documentado trabajo ha llegado a la conclusión de que, hacia el año 1500 una parte de las tierras de la calle, contiguas al solar donde se edificaría posteriormente la Iglesia de San Luis, pertenecían a dos hermanos que se llamaban Juan Carlos y Francisco Lamontera, lo que resta mucho crédito, por no decir todo, a las teorías anteriores. Quien conozca los extraordinarios trabajos de Dª María Teresa llegará a la conclusión, como he llegado yo, de que la procedencia del nombre de la calle es tal cual nos lo refiere ella. Por dicho motivo es por lo que he decidido escribir este sucinto artículo en defensa de los estudios de la Dra. Fernández Talaya.

Monumentos a Cajal en Madrid o el horror a los homenajes públicos

 

Santiago Giménez Roldán
Neurólogo

 

Cajal desconfía de los abastecedores de homenajes públicos, más interesados en la foto personal y en reseña propias. Dos monumentos en Madrid, uno en el Parque de El Retiro y en el patio de entrada en la vieja Facultad de Medicina de Atocha el otro, fueron erigidos en vida del sabio. Declinó asistir a la inauguración de ninguno de ellos: le desagradaba la idea de haberse convertido en mito. “Glorificar al mito” – escribió - sirve para no imitarle; y al mismo tiempo, calmar la mala conciencia”.

Nada más pasar el zaguán del viejo San Carlos, en el patio, se encuentra “El Lápiz”. Inverosímilmente alargada, fue este el popular nombre con el que era conocida por los estudiantes de la Facultad de Medicina. La estatua por ellos mismos costeada, quizás no la mejor inspiración del chileno Lorenzo Domínguez, el artista. Un guripa, a duras penas y de malos modos, me permitió la entrada; atravesado el pórtico, se encuentra en un lateral del patio. Para mi irritación, me impidió fotografiarla. Se conserva una réplica en “El Patio de Cajal”, en el Colegio de Médicos, pero no es lo mismo; quizás mejor así, porque la original medio se desmoronó a pedazos (fig, 1).

 

 Había cumplido ochenta años y, como de costumbre, se negó a asistir al acto inaugural. Le comentaron que se había congregado una bulliciosa muchedumbre de estudiantes, expectantes ante la llegada del sabio. Y una duda sacudió su conciencia: tantas veces había repetido que, en la juventud estudiosa, estaban las esperanzas de la Patria. Garrapateó apresurado unas cuartillas y “don Paco” –Francisco Tello, su colaborador más fiel- corrió Atocha abajo para leerlas. Tras él, un gentío estudiantil fue agrupándose bajo el laboratorio, allá en el Museo Velasco. Cuando en el balcón de la biblioteca apareció la figura venerable del anciano sabio, se hizo el silencio. Testigos del momento aseguran que fue la única vez que le vieron llorar.

Se encuentra frente a la Casa de Fieras, en El Retiro madrileño. Le pareció ridícula su interpretación por el escultor Victorio Macho como prócer griego, semidesnudo (“yo nunca me he desnudado delante de un hombre”). Se negó a asistir. Lo inauguraron en solitario un 23 de abril de 1926 las “fuerzas políticas” del momento. El periódico ABC del día siguiente da a conocer “una interesante nota oficiosa”. “Según un rumor” –dice el diario-“señores que se clasifican a sí mismos de intelectuales”, pretendían, en suma, hacer una segunda inauguración menos oficialista, quizás más sincera. Y amenaza para quien se adhiera: “dormirán en la cárcel modelo alguna noche, por sabios, por ricos y por influyentes que sean”. Seguro que Cajal se sintió reconfortado por negarse a aparecer.

Después de todo, es un bello monumento: las fuentes de la vida y de la muerte reflejándose en la leve película del estanque. Un billete de banco, cuando cincuenta pesetas eran casi una fortuna, le daba merecido precio (fig. 2).

 

Bibliografía

- Anaya Munné A. Cajal en Madrid. Homenaje del Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid a Santiago Ramón y Cajal. Gráficas Tetuán, 2004: 163-188.
- Lewy ER. Así era Cajal. Colección Austral. Editorial Espasa-Calpe S.A., Madrid, 1977.

Pié de las figuras adjuntas:

Figura 1. Reproducción del monumento original, Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (figura del autor).

Figura 2. Monumento a Cajal, Parque del Retiro, según un billete de banco anterior a la Guerra Civil.

  

Elefante Pizarro

De entre los residentes en Madrid, no todos nacidos en la Villa (que los madrileños somos como los de Bilbao, nacemos donde nos da la gana, –pa chulos nosotros–), ni considerados racionales (aunque basta leer los periódicos para poner en duda la racionalidad del ser humano), hubo en el Siglo XIX uno que fue de lo mas conocido, sobre todo por los niños que le prodigaban su mas tierno cariño.

Me estoy refiriendo a un animal, por lo demás bastante corpulento, que pese a llamarse Pizarro, era una hembra de elefante asiático, que en un alarde de tolerancia nunca pareció molestarse por tan bizarro nombre, nunca intentó conquistar un Perú y casi siempre se contentó con su destino.

Este animal, se cree que nació en Sry Lanka (antiguo Ceilán), a principios del Siglo XVIII, y vino a España acompañado de otro animal de su misma especie, que respondía al también bizarro nombre de Cortés, si bien este último falleció al poco de su llegada a España, traídos por un domador conocido como Mister Millar, que los exhibía en espectáculos de luchas de animales, cosa muy habitual en la época, luchas que se realizaban en los plazas de los pueblos o en plazas de toros, dado que era muy habitual hacerle luchar con toros. Así nos encontramos crónicas como ésta (1):

Se ha verificado en la Plaza de toros de Valencia la anunciada lucha entre el celebérrimo elefante Pizarro y tres toros de Colmenar. He aquí en pocas líneas como describe Comparecencias la función un periódico local:

Al sonar, dice, el clarín que anunciaba la salida del primero de sus contrarios, dio Pizarro frente al toril, recogiendo su prolongada trompa bajo el cuello y adelantando la cabeza para recibir al toro con sus enormes colmillos. El toro, de hermosísimo aspecto, salio como una flecha, dirigiéndole valiente hacia su contrario, que lo recibió impávido en medio de la plaza. El choque fue poderoso, y el hijo del Jarama se estrello contra la colosal mole que presentaba la cabeza del paquidermo, que con reposada calma le rechazó, dejándolo algo estropeado. En vano se esforzaba el toro contra su enemigo, que no pudo sujetarle, pero que le infundió miedo a los pocos ataques, saliendo herido el cornudo lidiador, que fue muerto por la cuadrilla.

Lo mismo sucedió con el tercer toro; pero el segundo tuvo menos suerte, pues a la segunda embestida le derribo su enemigo, y, poniéndole los poderosos colmillos sobre su cuerpo, hizo un ligerísimo esfuerzo de presión, dejándolo muerto en el acto.

La cuadrilla puso algunos pares de banderillas a los dos toros que no mato el gran Pizarro, y el diestro concluyo con ellos, levantando una tempestad de silbidos, gritos e imprecaciones.

Si se repite la función, no faltará publico a este nuevo espectáculo.

Parece ser que el animal guiado de su instinto de defensa llegó a aplicarse tanto en la pelea, que llegó a clavar sus colmillos en el suelo partiéndoselos con la fuerza del impulso; pero no solo la elefanta salio lastimada de tales peleas, así en otra crónica se nos cuenta esto:(2)

“El elefante Pizarro dejará un triste recuerdo en Alicante, en cuya plaza se ha presentado a luchar con los toros; pues habiéndose contratado para la función a un torero de Alcoy llamado Clavel; a los primeros capotazos le embistió el toro, y huyendo del elefante y defendiéndose del bicho, se turbo indudablemente y le cogió la fiera, dejándole muy malparado. Llevaron al momento al torero bastante mal herido al hospital, y a la mañana siguiente dejó de existir el desgraciado.

El publico debió de quedar horrorizado de aquella sangrienta escena, que viene a ser un nuevo argumento contra las corridas de toros y luchas de fieras”.

Entre lucha y lucha Pizarro era exhibido en los entonces llamados “Campos Elíseos”, primer parque de atracciones que tuvo Madrid, y que se encontraba situado entre las hoy calles Lagasca y Castelló, en sus límites con la de Alcalá; parece que allí estaba atado por una cadena en una plaza o rotonda que para tal exhibición se había reservado en tales Campos, y entre otras habilidades parece que descorchaba botellas de vino y/o cerveza bebiendo su contenido (parece que a los de las cañitas no somos los humanos los únicos aficionados); dicen las crónicas que (3):

“El corpulento y feroz elefante incomodado de que sus amos le abandonaran por la noche, rompió las cadenas, vallas, puertas y cerrojos y salio a la plaza, sin que nada ofreciera resistencia a sus colmillos y trompa. Con el ejercicio se le despertó el apetito y después de dar unos cuantos paseos por los jardines, rompiendo árboles, farolas y otros destrozos en las plantaciones con una destreza admirable la emprendió a trompadas con la puerta de salida y como el portero no salio pronto le emprendió con su casilla, la derribo, así como puerta de salida, saliendo a la carretera de Aragón, los vecinos salieron armados de palos, pistolas y escopetas.

Se dirigió a la tahona San Jose, donde se comió una fanega(4) de pan y se bebió al menos 18 cubos de agua”.

Aunque existen otras versiones mas noveladas (5):

“Cuentan del elefante Pizarro, de aquel coloso que, amarrado con cadenas era exhibido en la corte, que durante su esclavitud, cuando pasaba por las calles de Madrid, era objeto alternativamente de injurias y agasajos. De unas tiendas le sacaban naranjas, que recogía con su enorme trompa y engullía a docenas; de otras tiendas le echaban agua sucia, o le tiraban inmundicias envueltas en papelorios. El elefante gozo un día de libertad; desmarrado, recorrió las mismas vías, arrollando y espantando a la gente; había llovido, y en medio de su alegría por su soltura, parábase y sorbía y retenía en la trompa el cieno de todos los charcos. Al pasar por las puertas de donde le habían antes echado naranjas, conservando la memoria del bien, hacia una caricia como pueden hacerla esos monstruos; pero en todas las tiendas donde le molestaron, acordándose también del mal sufrido, metía la trompa como una manga de riego y devolvía con creces el cieno y las injurias recibidas. Así es el pueblo: arrolla inconscientemente; pero respeta a sus bienhechores, y muchos de sus desmanes y violencias son respuesta tremenda de las afrentas soportadas; desquites, en el día de soltura, de las injurias sufridas en los años de esclavitud”.

Siendo recordado también por Benito Pérez Galdos, en su novela “Miau”, cuando dice: “La señora de Cucúrbitas, que a Luís le parecía, por lo gruesa y redonda, una imitación humana del elefante Pizarro, tan popular entonces entre los niños de Madrid”.

Aunque las comparaciones son odiosas, parece que también se comparaba al pobre animalito con otros tragones, veamos la noticia (6). En la calle de la Luna, ante gran número de curiosos, llevó a cabo un caballero particular, la singular hazaña de comerse 27 libras de peras de una sentada. El vendedor le había dejado comer las que quisiera y pudiera por una peseta. De modo que hizo bonito negocio con el tragón, que al fin le puso las peras a cuarto. Y aun hacia apuestas de seguir comiendo si había alguno que quisiera seguir pagándoselas.

¡Que estomago, ni el elefante Pizarro!.

También la popularidad de nuestra Pizarro se reflejó en sátiras, así la siguiente (7):

“El elefante Pizarro va a dar un paseito por las provincias de Ciudad Real y Córdoba Me han dicho que el gobierno lo sabe, y que ha dado orden para que se le vigile. Me extraña la noticia, porque eso es lo mismo que llamar a Pizarro conspirador, y yo desde que le vi entrar en la tahona y llevarse el pan, creí que era moderado”.

El caso es que a nuestra elefanta el Ayuntamiento de Madrid, le ofreció un merecido descanso en la llamada “Casa de Fieras” ubicada en el parque de “El Retiro”, donde recabó casi al final de su vida nuestra protagonista, falleciendo en 1873, según se dice a consecuencia de habérsele subido por la trompa un ratón, que se quedó atascado en ella y que dio fuerza a la teoría de que los ratones pueden perjudicarlos más de lo que se cree; algunos zoólogos sugieren que los paquidermos huyen ante la presencia de roedores no por miedo, sino por instinto: la vista de los elefantes no enfoca bien los objetos que se encuentran a corta distancia. Cuando esto sucede levantan la trompa y comienzan a pisotear el suelo, para que el intruso huya.

Una prueba decisiva de si el elefante teme real y verdaderamente al ratón se hizo en un circo. El experimento era más interesante que el de la lucha del león con el toro ó del toro con el elefante (8):

“El ratón había sido cogido en una ratonera y se le echó en la jaula del elefante á la cual se había cuidado de forrar de hoja de lata todo alrededor por la parte baja á fin de que no hubiese escape posible para el diminuto animal. Este no pesaba más de 60 gramos; el elefante pesaba más de 1.700 kilos.

Al entrar el ratón, el elefante lo vio y no le quitó ya ojo, al mismo tiempo que enderezaba el pabellón de las orejas formando con ellas un ángulo recto. El ratón dio una carrera como si fuese un juguete mecánico. El elefante contestó levantando el rabo y poniéndolo tieso como un palo. El ratón da una vuelta á la jaula buscando una salida; no hallándola, se sienta en un rincón y se atusa los bigotes en actitud meditabunda. El elefante, muy asustado, menea las orejas como si fueran abanicos. Así concluye el primer asalto.

En el segundo, el ratón acomete dando rapidísimas carreras en distintas direcciones. El elefante, notablemente agitado, recula despacio hacia su rincón, sin dejar de mirar ni un instante á su enemigo.

Cuando llega al rincón avanza de vez en cuando prudentemente la trompa, tratando de alcanzar lo más lejos posible con ella. El ratón la evita con mucha habilidad. Así se pasan algunos segundos, hasta que el ratón acomete de repente al elefante, dirigiéndose en línea recta hacia él. El coloso, aterrado, trata de darle un golpazo; pero el ratón evita el golpe y se mete entre las patas delanteras del paquidermo. Terror y confusión de éste.

Empieza el tercer asalto. Lo inaugura el elefante dando grandes patadas sobre el suelo en medio de la mayor agitación; cualquiera de ellas haría añicos al ratón, el cual, comprendiendo que no está seguro en aquel sitio, da una carrera y se pone otra vez en campo abierto. El elefante parece muy tranquilizado al ver otra vez á su enemigo y avanza heroicamente hacia él; pero á mitad del camino le acomete otra vez el miedo y se retira á un rincón, apoyando el cuarto trasero contra la pared, sin duda con objeto de evitar un ataque por la retaguardia. El ratón hace ademán de volverse a meter entre las patas del paquidermo. Este lo evita poniéndolas muy juntas y emprendiendo con la trompa un movimiento de péndulo para evitar el paso del ratón.

Asalto número cuatro. Después de un breve rato, durante el cual el elefante no sabe qué hacer, avanza nuevamente, sin duda decidido á poner término á aquella situación. El ratón retrocede alarmado y se refugia en un rincón. El elefante sigue avanzando hacia él y entonces el roedor vuelve á su táctica de meterse entre las patas del paquidermo. Este se defiende con su trompa, pero no consigue detener al ratón y éste tiene la osadía de subírsele por una de las patas delanteras. El elefante, loco de terror, sacude violentamente la pata y el ratón sale despedido por el aire. Antes de que llegue otra vez al suelo, el elefante lo coge con la trompa y con velocidad increíble lo arroja con la mayor violencia contra la pared tirándolo por encima del lomo. No se sabe si el ratón queda muerto de golpe, pues el elefante se precipita hacia él y lo pisotea durante varios minutos hasta dejarlo hecho papilla.

Con un solo pisotón habría bastado, pero el elefante no tiene misericordia, y no se muestra tranquilo hasta que ve que de su enemigo no queda entero ni el rabo.

Tal es el relato de la lucha heroica verificada hace pocas semanas entre un elefante veterano y un ratón novicio; es digna de que la cante un poeta épico. Lo malo es que aunque demuestra la superioridad del elefante sobre el ratón, no pone perfectamente en claro si real y verdaderamente los elefantes temen tanto como se dice a sus diminutos enemigos”.

Se dice que muerta Pizarro su cuerpo fue entregado al Museo de Ciencias naturales, donde tras disecarla se exhibe; no se donde andarán y si existen los restos de nuestra elefanta, pero el elefante que allí se exhibe fue cazado por el Duque de Alba en África y donado su cuerpo al museo, donde su llamativo traslado consta fotografiado y se expone en el Museo.

Nuestra Pizarro, superando a aquél de quien recibió el nombre, supo ganar no un Perú, sino el corazón de los madrileños y fundamentalmente de sus más importantes ciudadanos, los niños.

Gloria eterna a la elefanta Pizarro.

1.-LA ESPERANZA 16/08/1867

2.-LA ESPERANZA 09/09/1867

3.-LA IBERIA, 06/04/1865, citando a La Correspondencia.

4.-Una fanega castellana equivale a 43,247 kilogramos.

5.-CANUTO ESPARRAGO: novela (1903). Antonio Ledesma Hernández.

6.-LA IBERIA,-19/08/1869

7.-GIL BLAS.- PERIÓDICO POLÍTICO SATÍRICO.- 27/05/1865

8.-En Alrededor del Mundo, 13 de diciembre de 1900

Por Gonzalo de la Sen (Miembro de nuestra asociación)

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